Las palabras parecen simples hasta que intentamos entender a quién se refieren realmente. Dos de ellos han vuelto estos días al debate público: la prioridad nacional. Todos creemos entender lo que significan, pero basta una pregunta para que las cosas empiecen a complicarse: ¿a quién o qué se refiere exactamente esta “prioridad nacional”?
Hace más de un siglo, Gottlob Frege, un filósofo del lenguaje alemán, propuso una distinción que es fundamental para comprender el significado. Por un lado, está el “sentido” -la información que nos permite comprender la palabra- y, por otro, la “referencia” -las personas, objetos o situaciones concretas a las que se aplica-.
Pensemos en expresiones como el español, la gente de aquí o la nuestra. Todos me resultan familiares. Ahora bien, si tuviéramos que especificar quiénes forman parte de estos grupos, las respuestas no serían tan claras ni tan consistentes.
Algo similar ocurre con la prioridad nacional. La cuestión no es qué significa la palabra nacional, sino quién está incluido o excluido en ella.
Jurídicamente hablando, la respuesta no deja lugar a dudas: a quién pertenece esa nacionalidad. Pero casos concretos plantean interrogantes: ¿personas naturalizadas? ¿Personas con doble ciudadanía? ¿minorías históricas? Si la categoría está legalmente definida, todos sus miembros tienen el mismo estatus, derechos y obligaciones. Lo malo es que nuestras categorías mentales rara vez siguen códigos legales. Nos guiamos por experiencias, conexiones emocionales y relaciones sociales.
Fruta del aguacate e identidad
La psicóloga estadounidense Eleanor Roche demostró que nuestras categorías mentales se organizan en torno a los ejemplos más representativos: los prototipos. Si pensamos en frutas, probablemente pensemos en la manzana antes que en el limón y en el limón antes que en el aguacate. Aunque todos cumplen con la definición botánica de fruta, no ocupan el mismo lugar en nuestra mente. Pensamos que las manzanas son más “afrutadas” porque equiparamos la dulzura con lo que define la categoría.
Algo parecido ocurre con etiquetas como ciudadano, español o nacional. Sus límites legales parecen claros, pero nuestros criterios son experienciales, emocionales y culturales. Cada uno construye su propia “escala prototipo”.
Por ley, una persona naturalizada es un “nacional”, al igual que alguien cuyos antepasados han estado en el país durante generaciones. Sin embargo, para algunos, ese individuo es el “aguacate” de la categoría: está dentro de los límites legales, pero lejos de su prototipo mental. De ahí expresiones como buen español, auténtico español, verdadero español… Su poder no reside en lo que dicen explícitamente, sino en lo que implican y en lo que dejan indefinido: su referencia.
“Naciobolengos” o el arte de la estimación de raíces
Pero las referencias no existen en el vacío. Para entenderlos necesitamos otra pieza necesaria: el contexto. Como sugirió Del Hymes en su modelo HABLAR, las palabras no viajan solas: su significado depende de quién las dice, para qué y en qué situación.
La prioridad nacional siempre tiene referencias específicas; Lo que cambia es tu DISCURSO. En boca de una organización humanitaria no significa lo mismo que en el discurso de determinados partidos políticos.
En el marco humanitario, la prioridad nacional gira en torno al bienestar y la vulnerabilidad. Busca alinear los recursos con las necesidades del país y se interpreta de manera inclusiva: “nacional” incluye a todos los que habitan ese territorio.
Por otro lado, cuando entra en la discusión parlamentaria, los objetivos viran hacia la rentabilidad electoral y la demarcación identitaria. Su interpretación se vuelve más restrictiva y favorece una lectura de autoprotección frente a una supuesta amenaza externa. La prioridad deja de depender de la nacionalidad legal y se acerca al prototipo de “los de casa”. Es decir, quienes tienen una nacionalidad de origen -naciobolengos- o quienes superan una prueba discrecional de arraigo.
Aquí es donde radica la fuerza del término prioridad nacional: representa una frontera natural cuyos límites nunca están completamente determinados. Y cuando la referencia cambia, la exclusión se vuelve elástica.
Borrando la memoria léxica
Cuando un término aparece por primera vez en el ámbito público, llama la atención. Se debate, se cuestiona e incluso se rechaza. Sin embargo, a medida que otros actores políticos lo incorporan a su discurso y los medios lo reproducen, los ciudadanos eventualmente se acostumbran.
Los lingüistas llaman a este proceso “convencionalización”. El uso se expande y las expresiones eventualmente parecen tan naturales que olvidamos que en algún momento nos parecieron extrañas o chirriantes. Es uno de los impulsores que mantiene vivas las lenguas, pero cuando se aplica al debate político, tiene un efecto secundario anestésico: borra nuestra memoria léxica.
Cada expresión conlleva un uso previo, asociaciones ideológicas y contextos específicos. Las palabras tienen memoria, aunque a veces nos olvidemos de escucharlas. Y cuando eso sucede, dejamos de preguntar quién trazó sus fronteras.
Las consecuencias de este borrado léxico no siempre son evidentes. Un ejemplo reciente lo encontramos en la propuesta de la Comunidad de Madrid de vincular determinadas ayudas al transporte público a la matriculación. Parece lógico: dar preferencia a quienes mantienen una relación administrativa más estrecha con la comunidad, frente a “los de casa”. No lo parece si miramos quiénes están del otro lado: estudiantes, trabajadores clandestinos (por diversos motivos) y personas que viven en el extranjero pero pasan buena parte de su vida en Madrid.
Eso es lo que son los límites elásticos; A veces están tan reducidos que, sin darnos cuenta, uno descubre que ya no están donde pensaban que estaban.
verdadera pregunta
Las expresiones de moda en el laboratorio político cambian constantemente. Hubo un tiempo en el que el debate giraba en torno a los brotes verdes o las siglas MENA. Hoy, la etiqueta que ocupa las tertulias y discursos institucionales es una prioridad nacional.
En unos meses habrá otro. Pasan las modas léxicas; lo que queda son las categorías mentales que construyeron. Por lo tanto, como ciudadanos, es importante prestar atención no sólo a lo que significa el término, sino también a quién incluye, a quién excluye y, sobre todo, quién tiene el poder de traspasar sus límites.
Una vez que se acepta que ciertas personas merecen prioridad porque pertenecen a una categoría fija, la discusión termina centrándose en decidir quién puede ser un miembro legítimo de ese club de prioridad. Y esa respuesta, como lo demuestran la historia y la ciencia del lenguaje, rara vez permanece estable.
Pero el verdadero desafío democrático no es decidir quién merece prioridad, sino construir sociedades en las que los derechos y las oportunidades no dependan de la proximidad a un prototipo tan cambiante como arbitrario. Porque nunca es una cuestión urgente quién es hoy la prioridad nacional. La cuestión clave es quién tendrá el poder de decidir mañana que usted ha quedado fuera.
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