Pedro Sánchez defiende firmemente que Ucrania debe elegir su futuro, pero desde marzo de 2022 apoya el plan de Marruecos para negar la autodeterminación al pueblo saharaui. Motivo: España necesita Rabat para la migración y la seguridad. El costo: se pierde credibilidad cuando se aplica el derecho internacional de manera selectiva.
La diferencia se ve claramente en la muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz, líder del Frente Polisario e hijo del líder histórico saharaui, en un ataque con drones registrado el 7 de junio, que el Polisario atribuye a Marruecos.
El episodio ocurrió justo cuando el enviado del Secretario General de la ONU para el Sáhara, Staffan de Mistura, visitaba los campos de refugiados de Tinduf, Argelia. El contraste es simbólico: mientras el mundo negocia, la guerra sigue activa.
Villa de Smara, en los campamentos de Tinduf. Jordi Navas. El papel de España
Para España, este tema no es un problema ajeno. Fue autoridad administrativa del territorio hasta febrero de 1976 y su salida dejó el proceso a la espera de elegir su futuro. Por ello, cada movimiento de Madrid en el Sahara tiene un peso político, jurídico y moral que no se puede comparar con otros países europeos. España no habla de una crisis lejana: habla en gran medida de su propia responsabilidad histórica.
Entonces, ¿por qué Sánchez decidió cambiar la posición tradicional española? La respuesta no está en un solo factor, sino en una combinación de varios.
La primera es la relación estratégica con Marruecos. Rabat es un socio clave de España en el control migratorio, la cooperación policial y la lucha contra el terrorismo, así como en cuestiones comerciales y energéticas. En la práctica, la normalización de las relaciones con Marruecos se convirtió en una prioridad para el ejecutivo tras la crisis diplomática de 2021, cuando las autoridades marroquíes permitieron la entrada masiva de más de 10.000 personas a través de la frontera de Ceuta en represalia por la hospitalización del líder del Polisario Brahim Gali en España.
Un plan realista, pero jurídicamente cuestionable
El cambio se hizo oficial en marzo de 2022, con una carta enviada por Sánchez al rey Mohammed VI. En él, el presidente español consideraba el plan de autonomía marroquí “la base más seria, creíble y realista” para resolver el conflicto. Con esa decisión, Madrid buscaba restablecer las relaciones bilaterales, que consideraba cruciales para la estabilidad de Ceuta, Melilla, Canarias y la frontera sur en general. Desde la lógica del poder, la decisión es comprensible. Desde la lógica jurídica, es mucho más discutible.
Aquí es donde aparece la contradicción. España invoca el derecho internacional para condenar la ocupación rusa de territorios ucranianos y exigir respeto a la población civil en otros conflictos. Pero en el Sahara acepta una solución que, propuesta por Marruecos, no permite a los saharauis ejercer su derecho a la autodeterminación; el mismo derecho que la Resolución 690 del Consejo de Seguridad de la ONU, aprobada en 1991, ya reconoció al pueblo saharaui y que motivó la creación de la MINURSO, la misión de la ONU encargada de organizar el referéndum que nunca llegó a celebrarse.
En otras palabras, el principio se defiende firmemente en algunos escenarios y se relativiza en otros.
Esta diferencia debilita la credibilidad exterior de España. No porque todos los conflictos sean idénticos, sino porque el lenguaje de los principios pierde su fuerza cuando se aplica selectivamente. Y esa selectividad no pasa desapercibida. Argelia, que apoya al Polisario, lo entiende. Muchos países africanos y latinoamericanos lo perciben así. Y esto también lo entienden quienes dentro de España todavía ven en el Sáhara una deuda histórica no resuelta.
Además, el momento actual añade otro elemento incómodo: España quiere aparecer como un país que ayuda a llegar a un acuerdo, pero su posición le aleja de ser visto como neutral. Madrid ha acogido relevantes reuniones sobre el conflicto, incluso promovidas con el apoyo de Estados Unidos y la ONU en febrero de 2026, pero al mismo tiempo una de las partes -el Polisario- sabe que el gobierno español ya ha tomado como prioridad la propuesta marroquí. Esto limita su margen como interlocutor creíble.

Una mujer saharaui observa el horizonte desde un tanque abandonado en Tifariti (Sáhara Occidental). Jordi Navas. Guerra tecnológica y asimétrica
A todo esto se suma el cambio en la naturaleza misma del conflicto. La muerte de Lahbib Mohamed Abdelaziz en un ataque con drones nos recuerda que el Sahara también ha entrado en una guerra tecnológica y asimétrica. Marruecos tiene los drones Bairaktar de Turquía, el Wing Loong de China y tecnología israelí, mientras que el Polisario no tiene contramedidas efectivas. Esta desigualdad refuerza la tentación internacional de simplemente aceptar una solución que consolide el control actual: el de Marruecos, y relegar la autodeterminación a un nivel retórico.
En octubre de 2025, el Consejo de Seguridad de la ONU respaldó por primera vez el plan marroquí como base para las negociaciones, añadiendo un nuevo peso internacional a la posición de España.
Cuando el derecho internacional sirve como comodín
Pero ese es exactamente el meollo del problema. Si la comunidad internacional, y España en particular, acepta que la estabilidad vale más que el derecho, el mensaje es claro: el derecho internacional se aplica cuando conviene y se deja de lado cuando estorba. El caso saharaui se convierte así en algo más que un conflicto olvidado: se convierte en un espejo incómodo de la política exterior española.
La pregunta, por tanto, no es sólo por qué Sánchez cambió de actitud. La pregunta básica es qué precio está dispuesta a pagar España por esa decisión: en coherencia, en credibilidad y en memoria histórica. Porque una cosa es buscar una relación útil con Marruecos, y otra asumir que la utilidad justifica renunciar a un principio que en otros escenarios se presenta como irrenunciable. Si el derecho internacional es verdaderamente válido, debe aplicarse incluso cuando sea difícil. Si no, no vale la pena.
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