¿Los libros que leemos nos definen?: identidad del lector e identidad personal

ANASTACIO ALEGRIA
9 Lectura mínima

En cuanto a gustos lectores, nada está fijo. Si leemos, probablemente hablemos de lo que leemos (y de lo que no leemos). Esto parece transmitir lo que nos interesa y, muchas veces, asumimos que representa quiénes somos.

Además, en determinados contextos, la presión social nos obliga a dar nuestra opinión. Entrar en conversaciones culturales públicas sobre literatura requiere tomar partido. Ponemos nuestra ideología, creencias y pensamientos sobre la mesa. Y, lamentablemente, este puede ser un terreno fértil para que florezcan los prejuicios.

Por ejemplo, estoy leyendo un libro sobre la Guerra Civil Española. Mucha gente puede pensar que de esta manera comparto su ideología porque estoy de acuerdo con la forma en que el autor entiende este conflicto. Pero… ¿y si lo hago porque quiero conocer otro punto de vista? ¿Para poder corregirlo, refutarlo o incluso incorporarlo al mío?

Dos identidades

¿Entonces “somos lo que leemos”? Lo difícil es definir la idea misma de “quiénes somos”. Y ahí radica la confusión: en equiparar “interés” con “ideología” y en entender que “identidad” es sinónimo de lo que pensamos, no tanto de lo que podríamos pensar.

Definir qué es la identidad es complejo. En términos generales, es un concepto que hace referencia a la perspectiva que tenemos de nosotros mismos como humanos. Es decir: nuestros valores, gustos, sentimientos, actitudes individuales y sociales.

La identidad del lector se deriva de esto. Se puede definir como la forma en que nos vemos a nosotros mismos como lectores: qué ideas y sentimientos nos produce la lectura, y qué valores y beneficios le atribuimos. Y se basa necesariamente en nuestra práctica. ¿Qué nos gusta leer y qué no? ¿Son esos libros aceptados en nuestros círculos sociales? ¿Qué parte de esa identidad es privada y qué parte proyectamos hacia los demás?

Debemos recordar que leer es un acto consciente: para hacerlo debemos estar dispuestos a coger un libro y dedicarle una parte de nuestras horas. En términos prácticos, leemos en qué nos interesa dedicar nuestro limitado tiempo libre.

Sin embargo, leer no es sólo eso. Implica una curiosidad que determina lo que queremos aprender, incluso si el tema o enfoque no se corresponde con nuestras ideas previas. En ese caso, podemos decir que tenemos predisposición a coger ese libro, no sólo en un sentido práctico sino también intelectual.

¿Leer Chávez: La demonización de la clase trabajadora significa algo más que el hecho de que el lector siente curiosidad por leerlo? estorninos_images/Shutterstock

Asimismo, lo que leemos está cada vez más limitado por nuestro entorno mediático. Creemos que lo que encontraremos en él mostrará lo que piensan los demás, cómo reaccionan, cómo se comportan. Pero las redes sociales funcionan más como una “cámara de eco” masiva e incontrolada que como un medio para acceder a conocimientos diversos y múltiples. Esto nos encierra en un bucle continuo de autoafirmación. Los medios que consumimos también consolidan nuestras ideas, no dándonos la oportunidad de obtener otros puntos de vista. La “cámara de eco” reemplaza a la “burbuja del conocimiento”: no ignoramos inadvertidamente otras voces, sino que las excluimos activamente.

Conviene, por tanto, reflexionar sobre si nuestro entorno refleja identidades auténticas o “fachadas”. ¿Es más importante determinar “qué leemos” o “para qué leemos”?

El autor no es nadie sin destinatario

A partir de la década de 1960, autores como Roland Barthes y Michel Foucault defendieron la “muerte del autor”. Según ellos, una obra literaria tiene el significado que le atribuimos los lectores, no el original que le dio el escritor. De hecho, el escritor Umberto Eco aseguró que cada obra tiene un “lector ejemplar”. El autor escribe condicionado a quién leerá su texto y podrá comprenderlo: la literatura se basa principalmente en interpretaciones externas.

Un hombre con chaqueta firma un libro sentado frente a una mesa.

Umberto Eco firma un ejemplar de El cementerio de Praga… ¿quizás a su lector ideal? Tatjana Todorović/Wikimedia Commons, CC BI

Hoy en día, esta opinión está algo “suavizada”. Es cierto que el valor de una obra literaria depende mucho de cómo se reciba. Pero también que el autor pueda escribir con una intención personal, y no sólo limitado por el contexto y las expectativas. No tan “muerto” como parecía.

La estética de la recepción parte de estas ideas para ampliarlas. Como lectores, relacionamos los textos que leemos con otros que ya conocemos. Así, nuestra identidad de lector establece un “horizonte” de expectativas. El contenido del texto se relacionará con ellos y determinará cómo lo entenderemos y analizaremos. No somos agentes “pasivos”, que recibimos sólo lo que el autor nos dice. Por el contrario, somos miembros “activos” de la conversación literaria.

¿Y eso qué tiene que ver con la identidad? Mucho, en realidad. Porque las expectativas previas nos empujan a querer leer lo que nos interesa. ¿Pero sólo nos interesa lo que coincide con nuestro punto de vista o nuestro “horizonte” es más amplio?

Aquí se unen dos perspectivas. En primer lugar, cuantos más puntos de vista adquirimos, más complejas serán las conexiones que podremos establecer entre ellos. Y segundo, que esto forma parte de nuestra identidad de lector, basada no tanto en lo que queremos leer sino en lo que queremos leer. La confusión de estas definiciones limita en gran medida la riqueza de esta forma de abordar el conocimiento.

La única conformidad de la que partimos es la de la lectura como acto, no de lo que podemos o no podemos tener con el contenido de lo que leemos.

Cómo entrenar nuestra identidad de lector

Las cámaras de eco son preocupantes en diferentes ámbitos: política, prensa, entorno familiar. Pero también, y especialmente, en educación. Por este motivo, el objetivo es promover la capacidad de los estudiantes para decidir de forma independiente qué leer, guiándolos a compartir sus experiencias lectoras.

El objetivo es desarrollar una identidad lectora desde niños: la lectura en el tiempo libre debe combinarse con el análisis de otros textos para que, después de trabajar con lo que nos interesa, podamos ampliar nuestros intereses a nuevos libros.

Y eso también se aplica al público adulto. Varios estudios afirman que las actitudes y los valores se estabilizan entre los 18 y los 25 años. Pero eso no significa que el malestar cultural se esté estancando. Al contrario, puede sostenerse en el tiempo si permanecemos abiertos a otras opiniones, aunque no las incorporemos.

Compartir y desafiar ideas enriquece el aprendizaje, ya sea para niños o adultos. Seremos capaces de lograr pocos avances si nuestra propia actitud no es crítica, si nos anclamos en una visión única de los temas que estamos discutiendo, si adoptamos culturalmente posiciones extranjeras en lugar de establecidas. En definitiva, si nuestra identidad de lector sólo coincide con una concepción limitada de nuestra identidad personal.

Por eso es bueno educar con predisposición a aprender lo nuevo, para mantener una curiosidad intelectual que debe mantener un hábito práctico de lectura.

file 20250604 56 dvfg0q.png?ixlib=rb 4.1

¿Te gustaría recibir más artículos como este? Suscríbete a Suplemento Cultural y recibe noticias culturales y una selección de los mejores artículos sobre historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por la editora de Arte + Humanidades Claudia Lorenzo.


Descubre más desde USA TODAY NEWS INDEPENDENT PRESS US

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Comparte este artículo
Deja un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

es_ESSpanish

Descubre más desde USA TODAY NEWS INDEPENDENT PRESS US

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo