De vender innovación a vender resultados: el nuevo modelo de negocio de los gigantes de la inteligencia artificial

ANASTACIO ALEGRIA
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Durante los últimos dos años, hemos hablado mucho sobre productividad. La productividad de desarrolladores, abogados, médicos, consultores, financieros, profesores e incluso estudiantes. La promesa era simple: dame una herramienta de inteligencia artificial y haré más cosas en menos tiempo.

Es cierto que un empleado con acceso a un buen modelo generativo puede escribir más rápido, resumir mejor, programar con ayuda o preparar informes en menos tiempo. Sin embargo, muchas empresas están descubriendo una verdad incómoda: mejorar la productividad individual no siempre mejora la eficacia organizacional.

Utilizar mucha inteligencia artificial no supone más beneficios para la empresa

Una empresa puede tener cientos de empleados utilizando inteligencia artificial todos los días y aún así no cambiar sus procesos. Puede pagar por licencias, API (acrónimo de Interfaz de programación de aplicaciones: un conjunto de reglas que permiten que diferentes aplicaciones de software se comuniquen entre sí) y proyectos piloto sin saber todavía lo que está obteniendo. Puede haber mucha actividad y muchas manifestaciones… pero poco impacto en el resultado final.

Aquí es donde comienza el cambio. Los grandes laboratorios de IA entienden que el negocio no consiste sólo en vender modelos, sino también en asegurarse de que produzcan valor dentro de las empresas.

En este contexto, por otro lado, la IA generativa tiene una característica poderosa pero desigual: mejora las habilidades de quienes saben cómo usarla. Sin embargo, para alguien sin criterio, método o contexto, puede convertirse en ruido, adicción o falsa productividad.

El mismo efecto se traslada a las empresas. La suscripción no transforma la organización. Tener un chatbot no mejora automáticamente la experiencia del usuario. Para que esto suceda se requiere conocimiento del negocio, integración de procesos, rediseño organizacional, medición de impacto y capacidad de ejecución.

Por este motivo, el modelo de negocio de grandes plataformas como OpenAI está empezando a cambiar. La primera fase de la IA generativa se basó en los cargos de acceso: suscripción mensual, precio por usuario, precio por token: un modelo de precios utilizado en inteligencia artificial y modelos de lenguaje (como GPT-4, Claude o Llama), donde se paga de forma exacta y variable por la cantidad de texto procesado. Tenía sentido: la tecnología era nueva y las empresas querían experimentar. La pregunta era: “¿Qué podemos hacer con esto?”

Ahora la pregunta es otra: “¿qué problema de negocio resuelve y cuánto valor genera?” La empresa no quiere pagar sólo para gastar tokens, los componentes textuales básicos procesados ​​por modelos de lenguaje. Quiere pagar para reducir costes, aumentar ingresos, acelerar procesos, mejorar el servicio o reducir errores. No busca un “modelo lingüístico avanzado”, sino una solución de selección que reduzca el tiempo de revisión, un sistema de atención al cliente 24 horas al día, 7 días a la semana o un asistente que prepare propuestas comerciales personalizadas.

La unidad económica ya no es un símbolo, sino un resultado

En las oficinas actuales, la inteligencia artificial ya no es algo casual y se ha convertido en una parte cotidiana del trabajo. Incluso si el costo por token disminuye, el costo total puede aumentar con consultas más complejas y más automatización. Por otro lado, muchas empresas quieren invertir en inteligencia artificial, pero no siempre saben cómo convertir esa inversión en un retorno. Además, cada vez hay más modelos, herramientas y proveedores para elegir. Lo que ayer parecía inusual, mañana puede ser una funcionalidad estándar.

En este escenario, los sistemas de IA generativa se están convirtiendo progresivamente en una mercancía: una parte esencial, pero cada vez menos distinta en sí misma. Su valor agregado ya no está solo en la inteligencia del modelo, sino en su capacidad de insertarse en la realidad operativa de la organización: sus datos, procesos, limitaciones legales, sistemas heredados, cultura y métricas.

El valor sale del laboratorio y entra al mundo real

Por estos motivos, el proveedor de tecnología comienza a transformarse en un socio operativo. El primero vende acceso a la herramienta. El segundo está dedicado al resultado final: habla de tiempo de respuesta, costos operativos, satisfacción del cliente, reducción de errores, cumplimiento normativo y retorno de la inversión.

Este salto acerca a los gigantes tecnológicos al campo de la consultoría empresarial, porque la adopción empresarial de la IA ya no es un problema puramente técnico, sino una cuestión de transformación organizacional. Requiere identificar casos de uso, priorizarlos, integrarlos, medirlos, gestionarlos y escalarlos. Es necesario saber dónde la IA crea valor y dónde es sólo una apariencia de modernidad.

Y eso no es fácil. La IA en una demostración suele ser limpia, pero en la empresa suele ser desordenada. Los datos no están donde deberían estar. Los sistemas no siempre se comunican entre sí. Los procesos tienen excepciones. La regulación impone restricciones. El éxito depende no sólo del buen desempeño del modelo, sino también del funcionamiento de todo el sistema.

La lógica del producto también está cambiando. Un producto de IA se puede vender a muchas empresas con poca variación. Pero una solución que transforme el proceso debe adaptarse al sector, al tamaño de la empresa, a su madurez digital, a sus datos y a sus objetivos. Cuanto más específica sea la solución, mayor será el valor percibido.

Este cambio afecta también a los perfiles profesionales. Además de los desarrolladores, se destacará a quienes convierten modelos en soluciones reales: personas capaces de dialogar con el equipo técnico y el director de operaciones, diseñar el flujo, medir el resultado y adaptar el sistema a las necesidades del cliente.

Soluciones tangibles para empresas

La gran paradoja es que los laboratorios de IA han creado tecnología horizontal pero necesitan capturar valor vertical. Un modelo de aprendizaje automático se puede utilizar para casi cualquier cosa. Pero la empresa realmente paga cuando “casi todo” se convierte en “esa cosa específica que mejora mi negocio”.

Si la IA generativa empezó vendiéndose como una herramienta para hacer más cosas más rápido, su madurez empresarial dependerá de una promesa mucho más exigente: hacer que las organizaciones funcionen mejor.

Quizás es por eso que el futuro de los laboratorios de IA no se parece tanto al de una empresa de software tradicional, sino más bien a una combinación compleja de infraestructura, consultoría, integración y operaciones. OpenAI y Anthropic ya han iniciado esta transformación. En esta transición de proveedor de tecnología a socio operativo, puede nacer un verdadero modelo de negocio de IA.


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