En las últimas semanas, familias y profesores han vuelto a denunciar temperaturas insoportables en los centros educativos españoles. Algunas aulas superan ampliamente los 30 grados, y en los casos más extremos se registraron clases por encima de los 40. Asociaciones de madres y padres exigieron medidas urgentes: más sombra, climatización y reformas estructurales para que los centros pudieran funcionar incluso en épocas de mucho calor.
La situación es fácil de entender: niños tratando de concentrarse en aulas convertidas en invernaderos, profesores enseñando con las ventanas abiertas que sólo dejan entrar aire caliente y familias preguntándose si estudiar en esas condiciones es razonable. Pero el problema no se limita a instalar o no un aire acondicionado. La cuestión básica es cómo adaptar las escuelas diseñadas para una realidad climática diferente al escenario de olas de calor más frecuentes, más intensas y más tempranas.
Aprender en un aula calurosa cuesta más
El calor en las aulas no es sólo una molestia. Cuando la temperatura sube demasiado, mantenerse concentrado, resolver problemas o seguir explicaciones requiere más esfuerzo.
Las últimas investigaciones al respecto apuntan en la misma dirección. Un estudio realizado en Estados Unidos, con más de 3.000 alumnos de quinto grado en 140 aulas, observó mejores puntuaciones en matemáticas en las aulas donde el aire se renovaba con más frecuencia. El mismo trabajo encontró que, en el rango analizado de 20 a 25 °C, cada grado de temperatura más baja se asociaba con mejores resultados académicos. Otro artículo, basado en 18 estudios previos, concluyó que el rendimiento en pruebas cognitivas y tareas escolares podría mejorar significativamente cuando la temperatura en el aula bajaba de 30°C a 20°C.
Estos datos no deben leerse como una receta universal, sino como una advertencia clara. Un aula sobrecalentada puede convertirse en una barrera silenciosa para la concentración, el bienestar y la igualdad de oportunidades.
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Límite de aire acondicionado
El aire acondicionado puede ser necesario en determinados momentos, especialmente durante episodios extremos o en zonas vulnerables. Sin embargo, ser la única solución tiene sus inconvenientes. Aumenta el consumo de electricidad, eleva los costos operativos y desplaza parte del calor extraído de las aulas al exterior. Además, no todas las escuelas tienen la misma capacidad económica o técnica para instalar, utilizar y mantener estos sistemas.
Este debate también llega en un momento crucial para la construcción. La actualización del Código Técnico de la Edificación, ligada a la Directiva europea de Eficiencia Energética, pretende avanzar hacia edificios cero emisiones en 2050 y refuerza la idea básica: antes de más climatización, hay que reducir la demanda energética de los edificios. En un sector que ya representa alrededor del 40% del consumo mundial de energía, adaptar las escuelas a la calefacción no puede consistir simplemente en consumir más electricidad.
Primero, evitar que el aula se sobrecaliente
Una estrategia eficaz contra el calor comienza con una idea sencilla: evitar que el aula se sobrecaliente. Esto se consigue mediante decisiones de diseño pasivas: orientar bien el edificio, proteger las ventanas del sol, mejorar la ventilación, incorporar sombra y vegetación y utilizar cubiertas o fachadas que absorban menos radiación. Estos factores pueden marcar una gran diferencia.
Un estudio de escuelas primarias en Inglaterra estimó que las aulas orientadas al sureste pueden acumular de cuatro a seis veces más horas de sobrecalentamiento que las orientadas al norte. En una escuela de Chennai, India, el uso de mantas reflectantes redujo la temperatura interior entre 3 y 4 °C. Y otros trabajos realizados en parques educativos han descubierto que la vegetación puede reducir el calor que las personas perciben debido a la radiación ambiental entre 5 y 7 °C.
Por tanto, los toldos, las persianas exteriores, las marquesinas, los techos ventilados, las terrazas con sombra, los árboles, la ventilación cruzada, las fachadas luminosas o los materiales reflectantes no son simples mejoras estéticas. Son formas de reducir la radiación solar directa, limitar el aporte de calor y facilitar la refrigeración del edificio cuando la temperatura exterior lo permite.
La lógica es simple. Cuanto menos calor reciba el aula desde el exterior, menos energía se necesitará posteriormente para establecer unas condiciones confortables.
El aislamiento es clave, pero no suficiente
Tradicionalmente, la construcción ha respondido al frío y al calor mejorando el aislamiento de tejados, fachadas y ventanas para limitar el intercambio de calor entre el interior y el exterior. Pero esa protección no siempre es suficiente. Incluso en un edificio bien aislado, un aula puede acumular calor durante la jornada escolar debido a la radiación solar, la presencia de alumnos y profesores, la iluminación y el equipamiento.
En este contexto, los materiales de cambio de fase pueden jugar un papel decisivo. No generan frío como un aire acondicionado, sino que almacenan temporalmente parte del calor acumulado para retrasar el aumento de temperatura. Integrados en techos, paneles, placas de yeso o escayola, absorben el calor durante las horas críticas y lo liberan más tarde, cuando el aula está vacía o puede ventilarse mejor.
Esta capacidad permite retrasar y mitigar los picos de temperatura interna. Algunos estudios muestran reducciones de varios grados y, en determinados casos, descensos de hasta 6 °C, aunque el resultado depende del clima, la instalación, la cantidad de material y su combinación con ventilación, aislamiento y protección solar. La clave no es sólo un mejor aislamiento, sino también hacer que el edificio responda mejor al calor.
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Las escuelas se han preparado para el clima venidero
Adaptar las aulas al calor extremo no es sólo una cuestión de comodidad: tiene que ver con la salud, la equidad y la calidad de la educación. Una escuela preparada para el clima que se avecina no debe limitarse a corregir el calor una vez ya ha entrado en las aulas, sino anticiparse a él desde el diseño del edificio.
En esta transformación, los materiales de cambio de fase, aquellos capaces de almacenar o ceder energía en forma de calor latente cuando cambia el estado sólido-líquido o viceversa, pueden jugar un papel silencioso pero decisivo. No siempre veremos cómo funcionan, porque se pueden integrar en paredes, techos o paneles. Pero precisamente ahí es donde reside su interés: ayudan a estabilizar la temperatura interna durante las horas críticas y reducen la dependencia de soluciones que consumen más energía.
La verdadera innovación no es sólo una mayor refrigeración, sino diseñar aulas que protejan mejor a quienes aprenden y enseñan en ellas. Porque una escuela que no puede soportar el calor extremo es, además de un edificio incómodo, un espacio que limita el bienestar, la concentración y las posibilidades de quienes lo habitan.
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