“Alexa, cuéntame un chiste”: ¿cómo afecta la interacción con la inteligencia artificial a los niños pequeños?

ANASTACIO ALEGRIA
8 Lectura mínima

Los niños tienen una curiosidad innata y durante el día se hacen muchas preguntas: ¿por qué los peces no tienen pelo? ¿Por qué si corto una flor se marchita a los pocos minutos? Su necesidad de comprender el mundo y desarrollar el lenguaje, y con él las propias ideas, les lleva a un sinfín de interlocutores.

Habitualmente los principales destinatarios de este deseo explicativo son el padre, la madre o el profesor. Sin embargo, en los hogares actuales, es posible que desde pequeños se les dirija a una interfaz digital como Siri o Alexa. Para muchos niños y niñas hablar con sistemas de inteligencia artificial está empezando a formar parte de su día a día: pedir canciones, hacer preguntas, pedir ayuda con los deberes o simplemente charlar.

Definitivamente, la escena ya no es extraña. Es interesante preguntarse qué sucede cuando estas interacciones se vuelven comunes. ¿Afectan la forma en que los niños aprenden a comunicarse? ¿Estás cambiando tu idioma? ¿Reduce tus capacidades cognitivas?

Contexto en la adquisición del lenguaje

Debemos recordar que aprender a hablar nunca fue sólo aprender palabras. Los niños adquieren el lenguaje en el contexto de las relaciones humanas, construyendo vínculos emocionales con los demás. Aprenden a turnarse, interpretar silencios, comprender situaciones o comprender cuando alguien está cansado, enojado o distraído. También descubren que las conversaciones no tienen por qué ser “perfectas” porque hay interrupciones, malentendidos y explicaciones improvisadas.

A diferencia de los humanos, las máquinas funcionan de manera diferente. Pensemos en nuestras interacciones en plataformas como ChatGPT o Gemini. ¿Alguna vez hemos perdido la paciencia al interactuar con estos asistentes virtuales? En parte, esto se debe a la propia dinámica de estas interacciones, marcadas por una lógica muy distinta a la conversación humana. Si algo caracteriza a estas herramientas es su rapidez de respuesta y su infinita paciencia en la interacción. Y cambia el tipo de experiencia comunicativa.

Cuando la casa también responde

En muchos hogares ya se está observando un fenómeno interesante: algunos niños (y también adultos) adaptan su forma de hablar para que los asistentes virtuales les entiendan mejor. Simplifican frases y utilizan comandos más directos: “pon fotos”, “abre YouTube”, “cuéntame un chiste”. Es más bien un lenguaje instrumental, destinado a lograr resultados inmediatos.

Esto no significa necesariamente que los niños se vuelvan menos amables o menos empáticos, pero puede afectar las expectativas que desarrollan sobre la conversación. Las interacciones humanas son más lentas y ambiguas y requieren paciencia, atención y negociación. Por otro lado, muchos sistemas de chat están diseñados para ofrecer respuestas rápidas y fluidas, o incluso generar algún tipo de empatía virtual con el usuario.

Amabilidad e IA

Llegados a este punto nos detenemos en una pregunta aparentemente menor pero muy reveladora: ¿deberíamos enseñar a los niños a decir “por favor” a Alexa? Más allá de la bondad hacia la máquina, el debate gira en torno a los hábitos comunicativos que los menores internalizan cuando interactúan con las tecnologías a las que siempre se adhieren en el día a día. Esto plantea una pregunta fundamental que las familias y los educadores deben plantearse: ¿qué idea de “habla” construyen los niños en este contexto?

Con estas dudas no está de más perder de vista las posibilidades que ofrecen estos sistemas. Muchos niños se sienten más libres para hacer preguntas cuando no tienen miedo de ser juzgados. El asistente conversacional puede repetir la explicación tantas veces como sea necesario, ajustar el nivel de dificultad o servir de apoyo en el aprendizaje de nuevos idiomas o conceptos.

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Estas herramientas funcionan como un espacio seguro para el ensayo y error sin la presión social que a veces acompaña a la interacción. Y no ocurre sólo en la infancia. Todos hemos recurrido en algún momento a la inteligencia artificial para resolver preguntas cotidianas que quizás no hubiéramos formulado en voz alta: desde “Alexa, ¿cómo puedo recuperar mi contraseña?” Dudas aún más desagradables que preferimos no comentar.

Responder no es entender.

Los sistemas actuales definitivamente generan respuestas convincentes, pero no entienden el mundo como lo hacen los humanos. No tienen experiencias, emociones ni intenciones propias, aunque a veces lo parezca. Y los niños pequeños (al igual que los adultos) tienden a atribuir cualidades humanas a aquello con lo que interactúan. Si hablas de algo, es fácil asumir que tú también “entiendes” o “sabes”.

Sin embargo, hay mucha información “tácita” en la conversación humana. Un adulto detecta cuando un niño hace una pregunta por curiosidad, miedo o simplemente porque necesita atención. Esta dimensión pragmática (gestos, tono, mirada, sentidos) es crucial para el desarrollo de un niño pequeño y es difícil de replicar en una máquina, que puede ofrecer la respuesta correcta sin captar nada.

Leer más: Por qué la inteligencia artificial no puede reemplazar el lenguaje humano

Cambiando el entorno comunicativo

Cuando los niños y las niñas crecen rodeados de cierto tipo de intercambio de idiomas, una conversación que responde rápidamente y satisface cada solicitud, la inteligencia artificial modela hábitos, expectativas y formas de interacción. Esto puede hacer que los niños y niñas esperen que las respuestas sean siempre rápidas, claras y sin esfuerzo, como si cada conversación tuviera que resolverse de inmediato.

El papel de la familia y de los adultos que conviven con los más pequeños se vuelve crucial, porque son ellos quienes median en el uso diario de estas herramientas, tanto en casa como en la escuela, quienes interpretan sus límites y ayudan a que estas nuevas formas de conversación encajen en el aprendizaje general.

Comprender lo que nos separa de las máquinas

Si un niño habla con Alex y le pide que responda preguntas o cuente un chiste, no tiene por qué ser perjudicial para el desarrollo de su lenguaje. Pero es recomendable seguir estos diálogos para que comprendan que se trata de una máquina que reacciona y no de una persona.

Necesitamos enseñar a los niños y niñas qué nos diferencia de las máquinas, cómo debemos interactuar con ellas y para qué está bien usarlas, monitoreando diariamente estas interacciones, comentando lo que sucede en ellas y ayudándoles a interpretar sus límites.

Porque pueden ser útiles como apoyo, pero en ningún caso deben sustituir el discurso entre iguales, que sigue siendo el núcleo de nuestra forma de estar en el mundo.


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