Enseñar medicina a través del arte: la escultura anatómica en una universidad española

ANASTACIO ALEGRIA
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Imagínese una persona que siente como si tuviera un bulto en el costado. Ella acude frenéticamente al médico, y cuando éste la palpa, le dice: “No es un bulto, es una costilla flotante. Es divertido contar la anécdota después de cenar (y bromear sobre la posible hipocondría de la persona) porque al especialista le resultó fácil detectar el problema y tranquilizar al paciente. Sin embargo, esta sabiduría, que damos por sentada, se adquiere con el tiempo. Al fin y al cabo, esperamos que los médicos que nos diagnostican, tratan y operan hayan adquirido un profundo conocimiento del ser humano. cuerpo y sus enfermedades.

Pero no siempre fue fácil acceder a ese aprendizaje. ¿Cómo surgió esa experiencia antes de Internet, el vídeo e incluso la fotografía en color? En cierto sentido… con el arte.

Escultores para la formación de médicos

Junto a las disecciones, los modelos anatómicos jugaron un papel fundamental en la enseñanza de la medicina: reproducían con gran fidelidad -en tres dimensiones, en color y en tamaño natural- el cuerpo humano y sus patologías.

Anfiteatro y colección de modelos anatómicos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid, postal, fotografía de Hauser y Menet, c. 1916. Fundación Joaquín Días/Wikimedia Commons, CC BI-SA

Durante los siglos XVIII y XIX, era común que las instituciones médicas recolectaran colecciones anatómicas para museos educativos. En España, esta práctica se formalizó mediante un Real Decreto de 1862, que obligó a siete universidades –ocho desde 1876– a crear lugares públicos para los escultores anatómicos y sus ayudantes, encargados de producir estas obras.

Sin embargo, aunque fueron los únicos escultores con un puesto estable en la universidad durante más de un siglo, su obra fue poco apreciada y hoy casi olvidada.

Los museos anatómicos creados en España en el siglo XVIII, asociados a los Reales Colegios de Cirugía, se inspiraron en modelos italianos como La Specola de Florencia, con sus famosas figuras de cera de Clemente Susini. Estas piezas privilegiaban la anatomía del cuerpo muchas veces idealizado y, en el caso de las Venus anatómicas, con una dimensión erótica dirigida al espectador masculino.

Venus anatómica.

Venus anatómica de Clemente Susini, cera, 1780-1782. Museo Palazzo Poggi, Bolonia/Wikimedia Commons, CC BI

Con el fortalecimiento de las facultades de medicina y sus museos, este enfoque ha cambiado ligeramente. A mediados del siglo XIX se consolidaron los conceptos binarios de subjetividad y objetividad y este último se convirtió en el ideal de la práctica médica; el realismo se convirtió en su principal aliado. En este contexto, la escultura anatómica se orientó hacia la representación directa de las enfermedades, abarcando desde las patologías más comunes hasta las más excepcionales. Al mismo tiempo, la cera fue progresivamente sustituida por el yeso, que resultaba más económico y resistente.

Profesionales entre el arte y la medicina

El acceso al puesto de escultor anatómico requería una doble formación, artística y anatómica, y conocimientos mixtos de bellas artes y medicina. Era difícil mantener un perfil en un puesto poco reconocido y mal remunerado. Como lamentó el Dr. Ángel Pulido en 1883, quien lo ocupó “dejó de ser pintor, escultor y médico, para convertirse en un ser híbrido, mezcla de todos a la vez” sin el prestigio de ninguno de los dos.

Además, la incertidumbre del mundo del arte llevó a muchos escultores a trabajar en facultades de medicina. Muchos de ellos se han distinguido en el ámbito del arte, con premios en exposiciones nacionales de bellas artes, obras adquiridas por el Estado y presencia en museos como el Prado o el Museo Nacional de Arte de Cataluña, además de encargos para monumentos públicos. Sus nombres aparecen en archivos universitarios y, ocasionalmente, en las firmas de obras supervivientes.

Así, el archivo de la Universidad Complutense de Madrid revela la presencia en la facultad madrileña de escultores de renombre como Maximino Sala, Miguel de la Cruz, José Ortels o José Pérez (“Peresejo”). A ellos se suman artistas asociados a Santiago de Compostela, como Juan Sanmartín y Francisco Asorey, o a Granada, con Francisco Morales. El caso más destacable es el de Barcelona, ​​donde trabajaron Juan Samso, Rosendo Nobas, Torquato Tasso, Dionisio Renart y Enrique Monjo.

Sin embargo, este aspecto anatómico apenas aparece en sus biografías, por considerarse marginal al arte “real”. Es el caso de Samso, activo en la Facultad de Barcelona entre 1863 y 1878, que compaginó la producción de modelos anatómicos -tumores, malformaciones y partos- con una exitosa participación en exposiciones nacionales.

Nobas, su sucesor, creó la Cuadriga del Alba, un gran monumento público bañado en oro, al tiempo que realizaba series en yeso pintado que mostraban antes, durante y después de las operaciones quirúrgicas. También dejó un testimonio único de la intersección del arte y la medicina en la tumba de mármol del anatomista Jaime Fareras Framis. En él aparece con un realismo abrumador un esqueleto envuelto en un sudario.

Una escultura de un esqueleto cubierto con tela.

Escultura de la Tumba del Dr. Jaime Farreras Framis realizada por Rosendo Nobas en mármol hacia 1887. Cementerio de Montjuic, Barcelona/Wikimedia Commons, CC BI-SA Un legado olvidado

Basta mirar los inventarios de los museos anatómicos del siglo XIX para ver que la mayoría de las piezas se perdieron por extravío, deterioro o destrucción. Aunque el patrimonio conservado permaneció en gran parte en manos de la universidad, la mayoría de estos museos fueron desmantelados. Entre todos ellos destaca el Museo de Anatomía Javier Puerta como un caso destacable de supervivencia.

En Barcelona, ​​las piezas conservadas acabaron en el Museo de Historia de la Medicina de Cataluña, donde todavía son casi inaccesibles al público. El inminente cierre del Museo Modelo de Dermatología Olavida pone de relieve la fragilidad de este patrimonio.

Se trata, sin embargo, de un legado imprescindible para comprender cómo se concebía el cuerpo y la enfermedad en el siglo XIX. Y también, y no menos importante, completar la historia de la escultura en España.

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