Cuando el transhumanismo se convierte en eugenesia: el caso de Jeffrey Epstein

ANASTACIO ALEGRIA
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El 30 de enero de 2026, el Departamento de Justicia de Estados Unidos aprobó la publicación de un enorme archivo: 3,5 millones de páginas, 180.000 fotografías y 2.000 vídeos que, según la ONU (2026), “contienen pruebas inquietantes y creíbles de tráfico sexual masivo y esclavitud, desaparición de hombres y niñas, desaparición de hombres y niñas, asesinato”.

Estos crímenes, añade la agencia, fueron cometidos en el contexto del suprematismo, la misoginia extrema, la comercialización y la deshumanización sistemática. Los archivos mencionan figuras destacadas de la elite occidental (políticos, empresarios, científicos, celebridades) y sugieren la existencia de una red de cómplices que subraya la naturaleza estructural y el peso institucional del evento.

Fascinado por el transhumanismo

Más allá de los titulares escandalosos, sin embargo, emerge un componente ideológico menos explorado pero decisivo: el profundo compromiso de Epstein con el pensamiento transhumanista y la investigación científica dirigida a la “mejora del hombre”.

Foto policial de Jeffrey Epstein (2006). Wikimedia Commons, CC BI

Este escenario nos coloca frente a una pregunta inevitable: ¿puede una determinada manera de entender al ser humano contribuir a la erosión o eliminación de las fronteras morales que lo protegen? Más específicamente, ¿hasta qué punto la visión transhumanista del mundo de Epstein podría haber funcionado como marco legitimador de su comportamiento?

Según un artículo del New York Times de 2019, Epstein ha mostrado durante años una fascinación recurrente por el transhumanismo, entendido como un intento de mejorar la especie humana “a través de tecnologías como la ingeniería genética o la inteligencia artificial”. No se trataba de una curiosidad superficial: invirtió millones de dólares en investigaciones sobre dinámica evolutiva, cognición como computación, diseño conductual, tecnología de rejuvenecimiento y superlongevidad, e interfaces hombre-máquina.

Entre 1998 y 2008, el magnate pedófilo donó más de 9 millones de dólares a la Universidad de Harvard, incluidos fondos clave para el Programa de Dinámica Evolutiva, según un informe reciente publicado en la revista Nature. También donó, entre 2002 y 2017, más de 7,5 millones de dólares al MIT Media Lab –que investiga en muchas áreas muy diferentes, una de las cuales es cómo extender la vida humana– y apoyó a organizaciones como Humanity+ (anteriormente la Asociación Transhumanista Mundial) e investigadores asociados con el movimiento transhumanista.

A diferencia de la filantropía que apuntaba a buscar estatus, reconocimiento social o ampliar el prestigio personal, Epstein hacía sus donaciones de manera muy discreta y, en ocasiones, de forma completamente anónima.

Sus aportaciones, lejos de ser dispersas, se concentraron en campos científicos convergentes y con un inequívoco perfil transhumanista. A esta estrategia de financiación se suman algunos proyectos personales que nos permiten ver con mayor claridad su visión del ser humano.

La raza humana superior

De hecho, Epstein expresó su intención de utilizar su rancho de Nuevo México (una mansión de 3.000 acres) como base para experimentos genéticos, incluido un plan para fecundar a veinte mujeres simultáneamente y “plantar la raza humana” con su ADN. Creía que tenía una genética privilegiada y superior, como revela el citado artículo del New York Times.

También estaba interesado en la creación del Repositorio de Germinal Choice, ganador del Premio Nobel, y en la criónica (congelar cuerpos o cerebros humanos a temperaturas extremadamente bajas inmediatamente después de una muerte legal, con la esperanza de que la tecnología futura los reanime), como forma de recuperar y prolongar la vida después de la muerte.

Asimismo, según el psicólogo Steven Pinker, Epstein criticó los esfuerzos para combatir el hambre y mejorar la atención médica para los pobres, argumentando que aumentaban el riesgo de superpoblación. Esta visión revela una transición peligrosa hacia la subordinación de la vida humana a criterios de eficiencia técnico-instrumental.

El ser humano como objeto.

La cuestión, por supuesto, no es que el transhumanismo conduzca necesariamente a una conducta criminal. Se trata de una corriente heterogénea con propuestas que van desde posiciones moderadas hasta planteamientos muy radicales. Sin embargo, en sus versiones más extremas, introduce la idea potencialmente problemática de que el ser humano, entendido como objeto de mejora, está sujeto a diseño, modificación y, por tanto, manipulación.

Cuando esta lógica se lleva hasta sus consecuencias extremas, el riesgo no es sólo técnico, sino también antropológico y ético. La mejora biotecnológica puede, en última instancia, funcionar como un criterio dominante que condicione la forma en que percibimos y tratamos a los demás.

Desde esta perspectiva, el otro ya no es visto como un fin en sí mismo –dotado de dignidad inherente– sino como una herramienta u objeto técnico-artificial, maleable y, en última instancia, desechable.

Este tipo de racionalidad, centrada en el cálculo, la eficiencia y el control, fue analizada críticamente por pensadores como Aldous Huxley, Max Horkheimer, Theodore W. Adorno y Herbert Marcuse. Estos autores creen que cuando se absolutiza este modelo de racionalidad instrumental o técnica, puede acabar legitimando la subordinación de unas personas a los intereses de otras y conducir a una ideología tecnocrática y totalitaria que no tiene en cuenta los costes humanos.

Los peligros de la eugenesia

Sin embargo, situar los hechos en este contexto ideológico no excluye la necesidad de actuar con cautela. Es fundamental no caer en el reduccionismo, porque un caso como el de Epstein difícilmente puede explicarse por una única causa. Factores políticos, psicológicos, sociales o biográficos podrían haber jugado un papel decisivo en la configuración de su comportamiento.

Sin embargo, reconocer esta complejidad no nos impide señalar que ciertos estados de ánimo pueden contribuir a imaginar –e incluso justificar– ciertas prácticas. Las denuncias contra Epstein y sus cómplices describen no sólo crímenes aislados de carácter sexual, sino también la existencia de una estructura organizada en la que mujeres y niñas eran tratadas como recursos reemplazables, sujetos a una lógica de uso, selección y rechazo.

Sin establecer un vínculo causal directo, la inquietante convergencia entre esta práctica y la concepción del ser humano como objeto de “mejora” invita, como mínimo, a una reflexión crítica.

El fenómeno de Epstein deja, en este sentido, una advertencia: cuando la racionalidad instrumental se impone como criterio dominante para determinar el valor y el destino de las personas, se abre el camino hacia su cosificación y, en consecuencia, la legitimación de prácticas que atentan contra su dignidad.


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