Conversación didáctica: mejores parques infantiles, vacaciones más largas

ANASTACIO ALEGRIA
4 Lectura mínima

Una de las cosas que más miedo me da hoy es pegarle a la pelota. Teniendo en cuenta que, aparte de en la playa o en la clase de pilates, no he visto ninguna pelota de cerca en el último año, imagino que el trauma viene de la infancia y del riesgo que corríamos los niños y niñas que jugábamos en el patio del colegio al borde del campo de fútbol.

Mi colegio era público y se construyó en los años 70, en una zona residencial de las afueras de Madrid, pero en aquellos años a nadie se le ocurrió reservar en los planos un lugar para un árbol o para que, además del campo de fútbol (y de baloncesto en la parte “senior”), hubiera sitio para otros juegos. El patio era un espacio cuadrado de cemento, con paredes de ladrillo y sin compromisos estéticos. Dos canchas de baloncesto y porterías de fútbol, ​​junto a las rejas de las ventanas bajas, eran los únicos lugares disponibles para dar rienda suelta a nuestra necesidad natural de colgarnos, pararnos boca abajo o girar.

¿Y qué tiene que ver todo esto?, te preguntas. Lo realmente importante es lo que aprendimos en las aulas, ¿no? Pues no, no del todo. ¿No sabías que el recreo se considera “tiempo lectivo” en muchas comunidades autónomas de España? Es decir, tiempo de estudiar. Y como explica Sylvie Pérez Lima, psicóloga educativa e investigadora de la Universitat Oberta de Catalunya, no se trata de un aprendizaje secundario en absoluto. En el patio de recreo, durante el “descanso”, se aprenden muchas cosas y, lo que es más importante, se podrían aprender muchas más. Para lograrlo, hay que entender el papel del docente de una manera más activa y reflexiva: los escolares deben tener espacio para la espontaneidad y el juego libre, pero los adultos deben facilitar, organizar y gestionar este juego no tanto para evitar conflictos o conductas disruptivas, sino para utilizarlos pedagógicamente.

De ahí la necesidad de que el espacio sea interesante, no sólo agradable. Las expertas Cristina Varela Casal, María Begonha Paz García y Afrika Martínez Barreiro, de la Universidad de Vigo, sugieren varias formas de transformar el patio en un lugar más agradable.

No se trata sólo de grandes proyectos: un mural colectivo, un jardín modesto, distinguir superficies por color, reservar espacio para momentos más lentos que invitan a sentarse y conversar… cada escuela tiene diferentes posibilidades, y sus alumnos son los que mejor saben qué se puede hacer y qué les falta.

Cuando esta transformación se hace de manera colaborativa, teniendo en cuenta a estudiantes y docentes, y además puede expresarse plásticamente, la experiencia tiene otra ventaja: crea comunidad. Los alumnos se sienten más unidos con su escuela, se sienten más propios. Esto ayuda a reducir el acoso y el ausentismo. Porque no hay nada más motivador que la sensación de que no vas al colegio porque no te queda otra opción, sino porque es tu lugar, y tienes un lugar en él.


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