“El monstruo viene a verme” al colegio: tres cuentos para un mejor aprendizaje

ANASTACIO ALEGRIA
8 Lectura mínima

¿Qué tiene que ver un monstruo hecho de tejo con aprender a estudiar? Más de lo que parece. El monstruo viene a verme, película del director español J.A. Bayona, basada en la novela homónima de Patrick Ness, quien también escribió el guión. Esta historia no es sólo un éxito crítico: está presente activamente en las aulas.

Portada del libro de Patrick Ness con prólogo de JA Bayonne. CC-BI

El Ministerio de Educación de Chile lo incluye en su currículo nacional como lectura recomendada para séptimo grado. En España, la obra ha sido adaptada al teatro y forma parte de la programación oficial de los centros de secundaria en el curso escolar 2025-2026. En varios centros educativos españoles la lectura se realiza en el aula con guías didácticas especiales.

Que una obra literaria pase así del texto a la película, y de allí al aula, no es casualidad: hay algo en esta historia que los profesores reconocen como valioso pedagógicamente. Juntos, el libro y la película ofrecen un retrato preciso de las competencias emocionales en situaciones de angustia y por qué estas competencias son fundamentales para el aprendizaje significativo.

Las emociones no obstaculizan el aprendizaje, lo permiten

Durante décadas, la educación trató las emociones como un obstáculo: algo que había que controlar para poder aprender bien. Hoy sabemos que es al revés.

Las investigaciones en psicología educativa muestran que las competencias emocionales, como la capacidad de escuchar, la empatía, la autorregulación o la autocompasión, no son habilidades blandas secundarias. Son condiciones necesarias para un aprendizaje profundo y duradero.

Connor, el protagonista del libro y la película, aprende esto de la manera más difícil: sigue a su madre a través de una enfermedad terminal, mientras lidia con el abuso y la ausencia de su padre. A las 00:07 el monstruo del tejo empieza a visitarlo para contarle tres historias. Cada uno de ellos activa una competencia emocional diferente.

La primera historia: la empatía como herramienta para el pensamiento crítico

La primera historia de monstruos presenta un reino donde nada es lo que parece. El príncipe que se presenta como víctima no es así. La Bruja Malvada tampoco está a la altura de su papel.

Connor se siente decepcionado y confundido. Pero ese malestar emocional es exactamente lo que te obliga a mirar más profundamente, a suspender el juicio y a darte cuenta de que la realidad es más compleja de lo que parece.

Es empatía cognitiva, la capacidad de ponerse en el lugar de otra persona, incluso cuando nos cueste entender a esa otra persona. Y esta es también la base del pensamiento crítico: no podemos analizar bien lo que nos negamos a comprender.

En el aula, esta competencia se convierte en algo concreto: un alumno que desarrolla la empatía cognitiva puede leer un texto con el que no está de acuerdo sin rechazarlo inmediatamente. Puedes escuchar una perspectiva diferente sin cerrarte y aferrarte a la incomodidad de no saber antes de juzgar. Esta capacidad de espera activa es, en el fondo, lo que separa a quienes aprenden de quienes se limitan a confirmar lo que ya creen.

Otra historia: autorregulación emocional, no represión

Otra historia lleva a Connor a destruir la habitación de su abuela en un ataque de ira. Lo sorprendente no es el estallido, sino lo que sigue: no hay castigo externo. Sólo la emoción misma, con todo su peso.

Aquí está la lección. La autorregulación emocional no significa no sentir. Significa atravesar la emoción con conciencia, sin destruirte innecesariamente a ti mismo ni a los demás.

La investigadora Susan David llama a esto agilidad emocional. Consiste en la capacidad de atravesar emociones difíciles con intención, en lugar de dejarse llevar por ellas o reprimirlas. Quien desarrolla esta competencia aprende más porque puede soportar el malestar que siempre conlleva el verdadero aprendizaje.

Aplicado al aprendizaje, esto significa que un estudiante con autorregulación emocional puede abordar un tema difícil sin congelarse, aceptar críticas sin derrumbarse o tolerar la frustración de no comprender algo de inmediato sin darse por vencido. No porque no sienta esas emociones, sino porque ha aprendido a no dejar que ellas lo dominen. Esa diferencia entre reaccionar y reaccionar es una de las habilidades más valiosas que cualquier persona en formación puede desarrollar.

La tercera historia: la autocompasión como condición para aprender de los errores

La tercera historia es la más corta y poderosa. El hombre quería ser visto. Cuando finalmente lo ven, descubre que ser visto no es lo mismo que ser comprendido.

Connor descubre que detrás de su ira se esconde una inmensa tristeza. Y detrás de esa tristeza, la verdad que ha estado evitando enfrentar: quiere que termine el sufrimiento de su madre, incluso si eso significa perderla.

Nombrar esa verdad sin juzgarte por sentirla es un acto de autocompasión. Y la autocompasión es una competencia fundamental para el aprendizaje, porque aprender implica cometer errores, y cometer errores duele. Sin autocompasión, un error se convierte en vergüenza, y la vergüenza paraliza.

En un contexto educativo, la falta de autocompasión tiene consecuencias muy concretas: alumnos que no participan por miedo a cometer errores, que se rinden cuando no obtienen resultados rápidos o que interiorizan los errores como signo de incompetencia. La autocompasión no es autocomplacencia; Es la condición que te permite levantarte de un error con curiosidad en lugar de vergüenza y seguir aprendiendo.

¿Qué nos queda?

No tenemos que afrontar la muerte de un ser querido para desarrollar estas habilidades. Pero necesitamos espacios, dentro y fuera del aula, donde sea posible sentir, nombrar y trabajar a través de las emociones sin que se vea como una debilidad.

La empatía, la autorregulación y la autocompasión no se aprenden memorizando definiciones. Se desarrollan en la experiencia, en la conexión, en el acompañamiento. Y también, en ocasiones, frente a un libro o una pantalla, si estamos dispuestos a no apartar la mirada.

Como el monstruo le dice a Connor: las historias más importantes son las que nos resultan más difíciles de contar. Lo mismo se aplica a las emociones que nos resultan más difíciles de sentir. Y también por el aprendizaje que más nos transforma.


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