En 2011, Nokia atravesaba una crisis existencial. Su director ejecutivo, Steven Elop, comparó la empresa con una plataforma en llamas. La empresa tenía recursos, talento y opciones más estratégicas. Sin embargo, estaba condenado.
¿Porque? Porque intentó ser flexible en todas direcciones al mismo tiempo: desarrolló varios sistemas operativos al mismo tiempo, mantuvo líneas de productos contradictorias y firmó alianzas incompatibles entre sí. Mientras Nokia consideraba alternativas, Apple y Samsung avanzaban rápidamente en una dirección.
La intuición dominante en la gestión es clara: en entornos turbulentos, las empresas deben ser flexibles. Sin embargo, un estudio reciente de 399 empresas tecnológicas europeas muestra algo contradictorio: una flexibilidad mal calibrada puede destruir el rendimiento que se supone debe proteger. El problema no es si se debe ser flexible, sino qué tipo de flexibilidad necesita cada entorno.
Dos tipos de flexibilidad
La investigación estratégica distingue dos dimensiones fundamentales de la flexibilidad organizacional de una empresa:
Velocidad: qué tan rápido puede responder y realizar cambios. Dell es un ejemplo clásico: ajusta su cadena de suministro casi en tiempo real para adaptarse a la demanda.
Diversidad: cuántas alternativas estratégicas puedes mantener o generar simultáneamente. IBM ilustra esta dimensión con su amplia cartera, que incluye desde computación en la nube hasta ciberseguridad y consultoría.
Ambas habilidades son valiosas. Es un error suponer que conviene maximizar ambos siempre y al mismo tiempo.
Dos tipos de turbulencia
Parte de la confusión proviene de tratar la turbulencia como un fenómeno único. En realidad, los entornos empresariales pueden ser turbulentos de dos maneras diferentes:
Dinamismo (velocidad del cambio): nuevos competidores, tecnologías que se vuelven obsoletas en unos meses, las preferencias de los clientes que cambian rápidamente obligan a las empresas a reaccionar. El problema es la velocidad a la que pueden hacerlo. Un ejemplo de estas turbulencias puede ser la evolución de las redes sociales o la aparición de los smartphones para las empresas del sector.
Complejidad: se refiere a la cantidad de factores interdependientes que afectan cada decisión. Múltiples regulaciones, ecosistemas de socios, cadenas de suministro globales y numerosas partes interesadas. Aquí encajan sectores como el farmacéutico o el energético.
Nuestro estudio muestra un patrón claro: si la velocidad mejora el rendimiento en entornos dinámicos pero lo empeora en entornos complejos, la diversidad mejora el rendimiento en entornos complejos pero lo empeora en entornos dinámicos. Las diferencias no son triviales: pueden representar varios puntos porcentuales del rendimiento de los activos.
¿Por qué se penaliza la diversidad cuando el mercado cambia tan rápido?
Mantener múltiples opciones estratégicas consume tres recursos escasos:
Atención directiva. La capacidad cognitiva de los equipos de liderazgo es limitada. Mientras más iniciativas concurrentes, menos enfoque y peor ejecución en cada una.
Tiempo de construcción. Desarrollar alternativas sostenibles requiere inversión, aprendizaje y desarrollo de capacidades. En mercados que cambian semanalmente, el tiempo dedicado a la opción B puede cerrar la ventana para la opción A.
Costos de coordinación. Cada iniciativa adicional multiplica la complejidad interna: conflictos entre unidades, competencia por recursos y pérdida de claridad estratégica.
En entornos dinámicos, el costo de la dispersión supera el beneficio del Plan B. En estos contextos, el enfoque y la velocidad suelen producir mejores resultados.
La trampa de la velocidad en la complejidad
También es común el error inverso: acelerar la toma de decisiones en entornos complejos. Cuando existen múltiples interdependencias, decidir demasiado rápido aumenta el riesgo de consecuencias no deseadas. Una decisión aparentemente correcta puede generar efectos en cadena: incumplimiento regulatorio, cuellos de botella o conflictos organizacionales.
Imaginemos una empresa farmacéutica reduciendo los ciclos de validación para ganar velocidad. Opera en un sistema de reguladores que interactúan de varios países, ensayos clínicos distribuidos, cadenas de suministro especializadas y acuerdos de propiedad intelectual. Velocidad sin integración no es agilidad: es imprudencia. En entornos complejos, la prioridad no es correr más rápido, sino construir respuestas diferentes y fortalecer los mecanismos de coordinación e integración.
Cómo diagnosticar el medio ambiente.
La pregunta clave no es “¿deberíamos ser flexibles?”, sino “¿qué tipo de flexibilidad se adapta a nuestro entorno?”. Un diagnóstico inicial puede comenzar con cuatro preguntas:
¿Con qué frecuencia cambian las tecnologías, los precios y las tendencias competitivas? (dinamismo).
¿Cuántos actores y dependencias afectan cada decisión importante? (Complejidad).
¿Cuánto cuesta internamente abrir una opción estratégica adicional?
¿Existen mecanismos sólidos de coordinación entre unidades?
En general, dependiendo del tipo de ambiente, las reglas a seguir son las siguientes:
En un entorno dinámico y relativamente simple: priorizar la velocidad y limitar las iniciativas concurrentes.
En un entorno complejo y relativamente estable: invertir en diversidad y fortalecer la integración.
En un entorno dinámico y complejo: desarrollar modularidad (para que las opciones no interfieran entre sí) y mecanismos de coordinación sólidos.
En un entorno estable y simple: la eficiencia operativa puede generar más valor que la flexibilidad.
Evidencia detrás del argumento
Analizamos 399 empresas europeas de producción de tecnología y servicios TI en 14 países. La flexibilidad estratégica se midió en dos dimensiones a través de encuestas a directores operativos. Las características del entorno fueron evaluadas por los directores ejecutivos. Posteriormente, el desempeño financiero se mide por el rendimiento de los activos, lo que refuerza el orden temporal y reduce el riesgo de correlaciones ficticias.
Como toda investigación organizacional, los resultados muestran asociaciones consistentes y teóricamente plausibles, pero no representan una prescripción mecanicista universal. Aún así, la evidencia es lo suficientemente fuerte como para cuestionar una noción ampliamente difundida: que más flexibilidad siempre es mejor.
Diagnóstico antes de la prescripción.
Las empresas de alto rendimiento no maximizan la flexibilidad en todas sus formas. Adaptan sus habilidades a las demandas dominantes de su entorno. La lección es simple, aunque desagradable: en estrategia organizacional, “depende” no es una artimaña académica. Esa es una forma rigurosa de decir que primero se debe comprender un problema específico antes de implementar una solución. Como en medicina, el diagnóstico precede a la prescripción. Y a veces el tratamiento incorrecto puede ser peor que nada.
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