Saber nadar no es suficiente para evitar ahogarse

ANASTACIO ALEGRIA
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Cuando leas este artículo, miles de personas estarán nadando, practicando deportes, mejorando su salud o trabajando en el agua (mar, piscina, río o embalse). La gran mayoría regresará a casa sin incidentes. Desafortunadamente, algunas personas no lo hacen o esto traerá consecuencias graves y duraderas.

Cada año se repiten las mismas secuencias: nadadores que sabían nadar desaparecen en el mar, menores que pierden la vida nadando sin la debida supervisión, personas que se adentran en aguas aparentemente tranquilas de las que no pueden salir, o familiares que intentan salvar a sus seres queridos (incluso mascotas) y también se convierten en víctimas porque no estaban preparados para ello. El ahogamiento es una de las principales causas de muerte y morbilidad grave y permanente por lesiones no intencionales en el mundo.

¿Por qué se ahogan las personas que saben nadar? Seguimos asociando la seguridad en el agua casi exclusivamente con la capacidad de mantenerse a flote, pero estos no son conceptos equivalentes.

Evolución en el aprendizaje de la natación

Durante la mayor parte del siglo XX, el objetivo de aprender a nadar como la mera capacidad de no hundirse tenía mucho sentido. Aprender a flotar, respirar y moverse en el agua ha sido un gran avance para millones de personas, ya que estas habilidades proporcionan la primera capa de protección contra el ahogamiento.

Sin embargo, muchos ahogamientos (mortales y no mortales) les ocurren a personas que saben nadar, incluso a grandes nadadores. En muchos casos, lo que falla no es la falta de competencia en natación, sino la capacidad de identificar y comprender el riesgo real y las decisiones a tomar.

Saber nadar ya no es suficiente

Existe una diferencia significativa entre saber nadar (moverse por el agua sin depender del suelo y sin material de flotación) y estar preparado para desenvolverse con seguridad en cualquier entorno acuático. El denominador común de piscinas familiares, playas con olas, ríos con corrientes o embalses de fondo impredecible es que todos estos espacios tienen agua, pero presentan riesgos completamente diferentes. La técnica de natación puede ser similar, pero las decisiones y habilidades necesarias para nadar con seguridad en cada escenario no son las mismas.

Diversos estudios demuestran que muchas personas que saben nadar sobreestiman sus capacidades o subestiman los riesgos reales del agua. El exceso de confianza, la presión social de los pares o una respuesta emocional a una emergencia pueden alterar la percepción del riesgo y fomentar decisiones apresuradas, desafortunadas y fatales.

En los últimos años la educación tradicional en natación ha evolucionado hacia un concepto mucho más amplio: la competición acuática. Este enfoque integra la motricidad con la conciencia ambiental, la identificación de peligros, la regulación emocional y la toma de decisiones responsable y adaptada a la realidad individual.

Educación que puede salvar vidas

Cuando se analizan los datos sobre accidentes y ahogamientos a nivel nacional, surgen patrones sorprendentemente similares. Entrar en piscinas sin socorristas, ignorar banderas y señales de seguridad, nadar después de consumir alcohol u otras sustancias, comportamientos imprudentes, sobreestimar las propias capacidades y subestimar las condiciones ambientales o rescatar a otras personas sin la preparación adecuada son situaciones que se repiten una y otra vez. No es infrecuente la falta de supervisión en el baño de las personas más vulnerables a ahogarse (menores, ancianos y personas con discapacidad). Salvo excepciones, el factor habitual no suele ser la falta de capacidad física, sino una mala toma de decisiones.

Esta realidad nos obliga a reconsiderar la forma de educar a la población. Si enseñamos educación vial para conducir o caminar por las calles, hábitos saludables para prevenir enfermedades o primeros auxilios para responder a emergencias, ¿por qué no educarlos también para vivir de forma segura en el entorno al que estarán expuestas millones de personas a lo largo de su vida?

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Precisamente desde esta perspectiva nació el concepto de alfabetización hídrica, es decir, educación preventiva sobre el agua en el ámbito escolar. Comienza con una idea sencilla: la prevención de ahogamiento comienza mucho antes de entrar al agua. Comienza cuando la población de jóvenes y niños comienza a comprender el medio acuático, reconocer sus límites y tomar decisiones responsables.

La escuela representa un entorno privilegiado para el desarrollo de esta cultura preventiva. Así como educa para la salud, la economía, la sostenibilidad o la convivencia, también puede ayudar a toda la población a relacionarse con el agua de forma segura (disfrutar, hacer deporte, trabajar, mejorar la salud, etc.) a lo largo de su vida.

Siete decisiones que pueden evitar ahogarse

Además de la importancia de elegir una piscina vigilada por socorristas y servicios de emergencia, la seguridad también depende de las decisiones diarias que cada persona toma antes y durante el baño.

No confundas saber nadar con ser inmune a ahogarte. La técnica de nado no elimina los riesgos de corrientes, oleaje intenso, cambios bruscos de profundidad, pérdida del conocimiento o problemas con la fauna acuática. Evite nadar o bucear solo, no alejarse de la orilla y realizar actividades y deportes acuáticos con equipo de seguridad (chalecos salvavidas, flotadores, etc.).

Antes de entrar al agua, evalúa el entorno y piensa de manera realista si podrás salir. Las condiciones del agua, las características ambientales, las corrientes, el clima o la profundidad pueden dificultar o imposibilitar la salida.

Tinas en un pozo en las murallas de Navacepeda de Tormes, en el cauce del río Barbelido. Ángel L/Shutterstock

Siga las normas de seguridad. Las banderas, marcas y recomendaciones o advertencias del personal de rescate deben entenderse como herramientas preventivas que pueden salvarle la vida a usted y a su familia.

Ayuda sin poner en peligro nuestra vida. Si la persona se está ahogando, deberá llamar al personal de rescate. Si está solo, ayúdelo a salir del agua con un dispositivo de recuperación o flotación que pueda llevar o arrojar a la persona que se está ahogando. Elige siempre piscinas supervisadas por socorristas, ya que los rescates son maniobras muy peligrosas que deben ser realizadas por profesionales.

Vigilar continuamente a las personas más vulnerables ante el ahogamiento (menores de edad, personas mayores y personas con discapacidad). El ahogamiento de estas personas puede ocurrir tranquilamente en piscinas familiares que no cuentan con cerco perimetral. En primer lugar, durante una comida o una siesta y en unos segundos; sin que nadie se dé cuenta. Otro problema de las piscinas es la obstrucción. Instale barras anti-pellizco en el tanque inferior y proporcione acceso directo a la tapa del filtro. En estos casos, la rapidez de actuación es vital.

No sucumbas a la presión de tus compañeros y no te expongas a riesgos innecesarios. Si cree que aceptar un desafío sugerido por un grupo puede poner en riesgo su seguridad, no lo acepte. A veces esta decisión marca la diferencia entre la vida y la muerte.

Nunca entre al agua bajo la influencia del alcohol u otras sustancias. El alcohol, las drogas y ciertos medicamentos pueden condicionar la percepción de la realidad, cambiar el comportamiento y perjudicar la capacidad de responder adecuadamente ante una situación complicada e inesperada.

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Cada ahogamiento representa una tragedia personal y familiar, pero también una oportunidad para pensar en cómo debemos educar a nuestra sociedad. Durante el siglo XX aprendimos a movernos en el agua. El gran desafío del siglo XXI es comprender, respetar y convivir con seguridad en este entorno.

Porque la mejor prevención contra el ahogamiento no empieza cuando alguien cae al agua. Comienza mucho antes, cuando educamos a las personas para que vivan en, sobre y alrededor del agua.


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