¿Qué es exactamente un régimen político? Más allá de la democracia y el autoritarismo

ANASTACIO ALEGRIA
8 Lectura mínima

Desde la década de 1970, los estudios sobre los regímenes políticos se han enfrentado a una pregunta planteada por Aristóteles hace más de 2.000 años: ¿cómo entendemos y clasificamos las formas de gobierno? En 1975, la Comisión Trilateral encargó a los científicos Michael J. Crozier, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki la preparación de uno de los informes más controvertidos de la década: La crisis de la democracia. Informe sobre la gobernanza de las democracias.

En este informe, los autores cuestionan si la democracia está atravesando una crisis estructural, articulando su diagnóstico en torno al problema de las exigencias excesivas al gobierno.

La noción de sobrecarga indicaba que la expansión del activismo, la creciente movilización social y la ampliación de los derechos y expectativas civiles estaban llevando a las democracias y su capacidad para procesar todas las demandas de participación y redistribución hacia una crisis de poder. Esto reflejaría la controvertida idea de que la democracia se ha vuelto algo ingobernable.

Esta preocupación práctica reveló un problema conceptual más profundo: ¿qué entendemos por régimen político y cómo lo definimos? Desde la década de 1970, han surgido dos enfoques principales para la clasificación de los regímenes políticos.

El primero, categóricamente, los concibe desde una lógica binaria: democracia versus autoritarismo.

El segundo enfoque, de carácter continuo, se basa en la premisa de que estos polos no son absolutos y que los regímenes políticos se distribuyen a lo largo de un amplio espectro de matices intermedios.

Diferentes categorías de democracia

De esta concepción continua surgieron innumerables categorías intermedias. Las democracias pueden ser antiliberales, electorales o representativas; mientras que los autoritarismos adquirieron características sultanistas, competitivas o no competitivas. Algunos expertos han denominado este fenómeno de ampliación de calificativos cada vez más descriptivos como una auténtica “Babilonia terminológica” de los regímenes políticos, en alusión a la creciente dispersión conceptual.

La evolución de estos tipos se puede ver en ejemplos modernos. Según la clasificación de regímenes mundiales, España aparece en 2024 como una “democracia liberal”, categoría que comparte con Australia, Japón o Sudáfrica. Sin embargo, si recurrimos al Índice de Democracia de The Economist (Informe EIU 2024, 2025), España aparece como una “democracia plena”, con una puntuación superior a 8 en 2023. La diferencia entre democracia “plena” y democracia “liberal” no hace categorías equivalentes para un parámetro que corresponde a normas diferentes.

Este marco conceptual introduce un sesgo que es difícil de notar: cuando clasificamos regímenes políticos, tendemos a juzgarlos según los estándares normativos de la democracia o el autoritarismo, en lugar de atender a la lógica interna del concepto en sí. Incluso categorías más nuevas, como los “modos híbridos”, repiten este patrón.

De ahí surgen las preguntas clave: ¿”democracia liberal” significa lo mismo en España, a pesar de sus diferencias sociohistóricas y constitucionales? ¿Es la autocracia de Chad comparable a la autocracia de Indonesia, a pesar de que sus estructuras de gobierno, fundamentos culturales y prácticas estatales difieren profundamente? La respuesta depende en última instancia del filtro conceptual utilizado. El problema se agudiza aún más si consideramos que pocos estudios definen explícitamente qué es un régimen político.

Varios autores revisaron 196 artículos publicados desde 1996 y encontraron que sólo 18 ofrecían una definición clara, aunque este concepto debería preceder a cualquier taxonomía de democracia o autoritarismo. Sin un marco conceptual sólido, se corre el riesgo de analizar democracias y autoritarismos sin una comprensión adecuada de la categoría más amplia que los contiene.

Además, las variables históricamente privilegiadas para medir la democracia y el autoritarismo –la existencia de elecciones y su nivel de competitividad– tienden a universalizarse como criterios de evaluación. Esto borra las particularidades sociohistóricas de los regímenes cuya lógica política se articula en torno a otros factores no capturados por estas métricas.

¿Es Ruanda una autocracia electoral?

Por ejemplo, Singapur se clasifica como una “democracia iliberal” o un “autoritarismo competitivo”, según la tipología utilizada. Ruanda, por su parte, aparece como una “autocracia electoral” en la clasificación de regímenes del mundo. Cabe preguntarse si esta designación refleja adecuadamente la persistencia de la violencia estructural, el peso político del legado del genocidio de 1994 o su conocido enfoque de “seguridad” (enfoque securocrático), es decir, que prioriza la seguridad sobre la libertad y la igualdad.

De manera similar, Japón está catalogado como una “democracia plena”, aunque el Partido Liberal Democrático gobernó de 1955 a 1993, casi siempre con un gobierno de mayoría absoluta con breves cambios en las últimas décadas. Esta dinámica hegemónica sólo se refleja parcialmente en indicadores centrados en la competitividad electoral.

No sorprende que esta “modalidad inexorable de lo visible” enfatice que nuestra percepción del mundo está inevitablemente condicionada por los sentidos, como ya habían predicho Aristóteles, Tomás de Aquino y David Hume.

De manera similar, al clasificar los regímenes políticos, las categorías conceptuales que utilizamos –lo que clasificamos como democracia o autoritarismo– funcionan como filtros que determinan qué aspectos consideramos relevantes y cuáles quedan fuera de nuestro campo analítico. Por tanto, la ciencia política corre el riesgo de proyectar sobre la realidad categorías que a veces, en lugar de describirla con precisión, la simplifican o incluso la distorsionan.

Necesitamos una definición más clara

En el contexto de una crisis democrática global y una creciente heterogeneidad entre las formas de gobierno, las limitaciones de nuestras categorías analíticas se vuelven aún más evidentes.

Por lo tanto, se necesita un marco conceptual más matizado y multidimensional, capaz de abarcar la complejidad interna de los sistemas políticos, su historicidad y la lógica que estructura su funcionamiento.

Definir claramente lo que entendemos por “régimen político” es el primer paso hacia la construcción de clasificaciones conceptualmente consistentes y empíricamente rigurosas.

La historia de los regímenes políticos desde 1970 no se reduce a una serie de transiciones entre democracia y autoritarismo; Es, sobre todo, una historia de transformación conceptual: el esfuerzo de la ciencia política por desarrollar categorías capaces de captar la complejidad de la gobernanza contemporánea.

Reconocer la naturaleza histórica, normativa y contingente de estas categorías es esencial para comprender la política del mundo actual con mayor precisión analítica y rigor teórico.


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