Por qué nos fascinan los eclipses: qué sucede en el cerebro cuando miramos al cielo

ANASTACIO ALEGRIA
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¿Alguna vez te has sentido hipnotizado por algo? Si nos fijamos en el origen de la palabra, es posible que la respuesta sea sí. “Fascinación” proviene del latín fascinare, que significa hechizar o hechizar. Y describe bien esa sensación donde algo capta nuestra atención de forma casi abrumadora, como si no pudiéramos controlarlo.

Los eclipses son un ejemplo particularmente claro. A lo largo de la historia, han despertado una mezcla de asombro, preocupación y curiosidad que es difícil de ignorar. Aunque es difícil saber con certeza qué pensaban nuestros antepasados, hay indicios de que observaban el cielo de forma sistemática desde la antigüedad. Un ejemplo son los petroglifos de Loughcroe, Irlanda, que datan alrededor del 3340 a. C., donde algunos investigadores han sugerido posibles representaciones de un eclipse solar.

En muchas culturas antiguas no se interpretaban como acontecimientos naturales, sino como signos de desequilibrio cósmico, augurios enviados por los dioses. Mientras que en la tradición china, por ejemplo, se consideraba que el dragón devoraba el sol, algunas culturas americanas lo atribuían a jaguares u otras criaturas. Estas interpretaciones, a menudo asociadas con el miedo, provocaron la necesidad de predecir cuándo sucederían. Y esa necesidad tuvo consecuencias profundas: favoreció la observación sistemática del cielo y el registro de patrones, las semillas de lo que eventualmente se convertiría en astronomía y matemáticas.

Hoy sabemos exactamente en qué consiste un eclipse, pero ¿por qué todavía nos fascina? La respuesta, una vez más, está en el sistema nervioso.

Cuando millones de personas se reúnen para verlo, no sólo miran al cielo, sino que también activan algunos de los circuitos más antiguos y profundos del cerebro humano: la fascinación. Esta mezcla de curiosidad, sorpresa y emoción no es una moda cultural, sino un fenómeno biológico con fundamentos bien estudiados.

Olvido de uno mismo: una red neuronal predeterminada

Uno de los modelos neurobiológicos más aceptados describe la fascinación como una respuesta a una “brecha de información”: percibimos que hay algo relevante que desconocemos, lo que genera una especie de tensión cognitiva que queremos resolver. Este marco teórico, propuesto por el psicólogo George Lowenstein y respaldado por estudios neurocientíficos posteriores, sugiere que la búsqueda del conocimiento actúa como un poderoso motor interno.

El eclipse encaja perfectamente en este mecanismo. Sabemos lo suficiente para predecirlo, pero su rareza, complejidad y espectacularidad crean incertidumbre. Es difícil no mirar.

Cuando algo nos fascina, como el momento en que la Luna comienza a tapar al Sol, se activan regiones como la corteza cingulada anterior y la ínsula anterior, implicadas en detectar lo inesperado y dirigir nuestra atención hacia ello.

Paralelamente, disminuye la actividad de la llamada red neuronal por defecto, asociada a procesos autorreferenciales como la rumia o el pensamiento egocéntrico. Este cambio en el equilibrio del cerebro ayuda a explicar el sentimiento común durante las experiencias intensas: el de “olvidarse de uno mismo” y centrarse completamente en lo que está sucediendo.

Un sistema que premia el aprendizaje

A medida que avanza el eclipse, entra en juego otro mecanismo clave: el sistema de recompensa del cerebro. Regiones como el cuerpo estriado y el núcleo accumbens liberan dopamina, un neurotransmisor esencial para la motivación y el placer. Aquí está sucediendo algo interesante: el cerebro no sólo responde a recompensas materiales, sino también a información. En otras palabras, aprender o resolver lo desconocido es intrínsecamente gratificante.

La fascinación, además, no termina con la emoción del momento. Durante un estado de gran curiosidad, el hipocampo, una estructura necesaria para la memoria, se activa en coordinación con el sistema dopaminérgico. Diversos estudios han demostrado que esto mejora la consolidación de la memoria: con el tiempo, recordamos claramente dónde estábamos cuando vimos el eclipse. El cerebro marca ese momento como relevante.

Estas experiencias intensas también pueden ir acompañadas de reacciones fisiológicas, como escalofríos o piel de gallina, que resultan de la interacción entre los sistemas nervioso emocional y autónomo; los mismos mecanismos que se activan cuando escuchamos música o contemplamos una obra de arte.

Al final, todo es parte del mismo proceso: la incertidumbre genera curiosidad; la resolución activa el sistema de recompensas; y todo esto fortalece la memoria. Un eclipse, en este sentido, no es sólo un fenómeno astronómico, sino también un estímulo especialmente eficaz para activar estos circuitos.

¿No “sientes nada”?

Ahora bien, no todo el mundo vive esta fascinación con la misma intensidad. Los estudios basados ​​en neuroimagen indican que algunas personas, debido a la organización del cerebro, son menos propensas a este tipo de experiencias.

En determinadas condiciones, como la depresión o la enfermedad de Parkinson, donde la sensibilidad a la recompensa suele ser menor, la capacidad de experimentar interés o asombro puede verse afectada. Esto podría estar relacionado con disfunciones en los circuitos de recompensa (estriado) y de integración emocional (núcleo accumbens).

De hecho, las personas con una gran necesidad de cierre cognitivo (preferencia por respuestas definitivas y aversión a la ambigüedad) experimentan menos asombro. El eclipse, con su naturaleza efímera e impredecible, podría causar más malestar que fascinación a estas personas.

Lejos de ser un simple lujo emocional, la fascinación, como motor de la curiosidad, puede entenderse como un mecanismo adaptativo que nos empuja a explorar, aprender y comprender nuestro entorno. Desde esta perspectiva, el eclipse no es sólo un espectáculo visual, sino un estímulo que activa un sistema diseñado para convertir la sorpresa en conocimiento.


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