Leopoldo Calvo-Sotelo: 644 días de gobierno de un presidente desconocido

ANASTACIO ALEGRIA
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Nadie cuestiona que el carisma de Adolfo Suárez fue crucial para iniciar la transición a la democracia en España, como tampoco se considera la importancia del liderazgo de Felipe González para acometer la modernización del país en los años siguientes.

Sin embargo, la duda surge cuando preguntamos por la aportación de Léopold Calvo-Sottel, un presidente casi desconocido que ocupó el palacio de Montclo entre aquellos dos grandes líderes.

Hasta hace poco, la historiografía ha tendido a considerar el periodo Calvo-Sotelo como una adenda a los últimos gobiernos centristas o un prólogo de los socialistas que les sucedieron, pero investigaciones recientes apoyan la idea de que se trata de un momento histórico con perfiles bien definidos y identidad propia.

Un monárquico convencido

Calvo-Sotelo nació hace cien años en Madrid (14 de abril de 1926), aunque pasó su infancia en Galicia. Ingeniero de caminos y empresario, católico acérrimo, fue un monárquico seguidor de Juan de Borbón, el abuelo de Felipe VI, que se incorporó al mundo de la política en el primer gobierno de Juan Carlos I en 1975.

Desde entonces ha ocupado los cargos de los ministerios de Comercio, Obras Públicas, Relaciones con Europa y vicepresidente de Asuntos Económicos. También fue uno de los fundadores de la Unión de Centro Democrático (UCD), y llegó a encabezar el gobierno durante 644 días, entre febrero de 1981 y diciembre de 1982.

Por biografía, por estado de ánimo, por convicción y por sus acciones, pertenece a la generación que lideró el proceso de transición de la dictadura franquista a la democracia basado en el consenso, la moderación y la reconciliación nacional.

El desafío: consolidar la democracia

Calvo-Sotelo llegó al poder seguramente en el peor momento tras la muerte del dictador Francisco Franco. Adolfo Suárez dimitió, la UCD lo designó como su sucesor, y en plena sesión de investidura se produjo un intento de golpe de Estado el 23 de febrero de 1981.

La entrada en el Congreso del teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Teher extendió la impresión de que la democracia española estaba en juego y que de una forma u otra condicionó todo lo que sucedió después.

Así, ante la magia de Suárez, capaz de reordenar el edificio y mantener los grifos funcionando (como definió su trabajo en un célebre discurso), la misión del ingeniero Calvo-Sotel sería conseguir que las nuevas estructuras pudieran soportar las tensiones y permanecer en pie, incluido el impacto de un terremoto de golpe de Estado.

De esta manera, la consolidación de la democracia pasó a ser el centro de su mandato. Para ello tuvo que afrontar los problemas no resueltos de la fase anterior y buscar soluciones para otros nuevos.

Con este objetivo básico se adoptaron numerosas iniciativas políticas, algunas de las cuales pueden considerarse esenciales para la configuración de España tal y como la conocemos hoy. Con todo ello, se encontraban ante la necesidad de buscar un acuerdo, cuando fuera posible, con el PSOE, principal partido de la oposición.

Medidas: luces y sombras.

En esos meses se avanzó decisivamente en nuestra inclusión en la Comunidad Económica Europea, cerrando importantes capítulos de negociaciones, y en 1982 España entró en la OTAN, organización militar que aglutina a las democracias occidentales, pese a la existencia de una fuerte movilización de la izquierda en su contra. Así terminó el aislamiento secular de España durante la era moderna.

En política interior se aprobó la ley de divorcio, que mejoró definitivamente la secularización de la sociedad española. Calvo-Sotelo racionalizó y ordenó el proceso autonómico generalizando el modelo (se aprobaron nada menos que 12 Estatutos de Autonomía) y homogeneizando las competencias y la arquitectura institucional de las distintas comunidades.

España se convirtió en un Estado fuertemente descentralizado en lo que resultó ser la mayor operación de distribución territorial del poder desde la creación de las provincias en el siglo XIX por los liberales.

También se dio un golpe de Estado y se estableció la supremacía del gobierno civil sobre el militar mediante un recurso ante el Tribunal Supremo contra la sentencia del 23-F, que cerró la intervención de los militares en la política tan característica de nuestra historia.

En otras áreas, los logros fueron menos decisivos. Se intentó contener la crisis económica mediante un acuerdo entre patronal y sindicatos (ANE) y se sentaron las bases para la reconversión de la industria, aunque el paro siguió aumentando y la inflación no se controló.

Los constantes ataques de la organización terrorista ETA siguen siendo la mayor amenaza para la desestabilización del nuevo régimen. El gobierno combatió el terrorismo mejorando la fuerza policial, facilitando la disolución de ETA político-militar, deslegitimando el discurso nacionalista violento e intentando lograr la cooperación internacional.

También hubo proyectos fallidos. Por ejemplo, se intentó aprobar la Ley de Autonomía Universitaria (LEY), que modernizaría la educación superior, pero por diversas razones no se logró. Tras arduas negociaciones con el Reino Unido, la puerta de Gibraltar estuvo a punto de abrirse, pero el estallido de la Guerra de las Malvinas frustró la iniciativa.

Derrota en 1982

El final de la presidencia de Calvo-Sotel estuvo determinado por la crisis interna de la UCD, el personalismo debilitado y la deserción. El fracaso en la creación de un partido sólido y coherente ya fue decisivo para la marcha de Adolfo Suárez, y ni siquiera Calvo-Sotelo consiguió mejorar la situación.

Tras varias derrotas en las elecciones autonómicas y tras conocer que Suárez estaba creando otro partido, el Centro Democrático y Social, Calvo-Sotelo decidió adelantarse a las elecciones generales. El resultado fue una mayoría absoluta histórica para el PSOE y la virtual desaparición del partido centrista que lideró la transición.

En octubre de 1982, la democracia ya estaba lo suficientemente establecida como para que el cambio político se desarrollara con total normalidad. Al final, ese sería el mayor legado de los 644 días de Leopoldo Calvo-Sotel.


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