Los relojes inteligentes todavía no miden bien la presión arterial

ANASTACIO ALEGRIA
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Los relojes inteligentes o smartwatches se han convertido en herramientas habituales para controlar algunos aspectos de nuestra salud, y su uso está muy extendido y aceptado. Muchos usuarios los utilizan para medir pasos, frecuencia cardíaca, calidad del sueño e incluso, en los modelos más modernos, la presión arterial e incluso un electrocardiograma. Esto es interesante porque la hipertensión afecta a millones de personas en todo el mundo y es un factor de riesgo cardiovascular. ¿Pero esta atractiva promesa tiene respaldo científico?

La evidencia actual exige precaución. Un artículo reciente analizó si estos dispositivos realmente pueden reemplazar a los monitores de presión arterial clínicamente validados. La conclusión es clara: todavía no.

Los dispositivos tradicionales para medir la presión arterial son los que se utilizan en los consultorios médicos y en el propio hogar. Su trabajo se basa en métodos oscilométricos con manguito de presión. Si alguna vez ha usado uno, notará que el manguito se infla y detiene temporalmente la circulación. Luego se desinfla y el dispositivo mide la presión a medida que la sangre vuelve a fluir.

Es importante destacar que estos dispositivos deben someterse a estrictos protocolos de validación internacional antes de que puedan utilizarse con fines clínicos. Por ejemplo, según lo establecido por la Sociedad Europea de Hipertensión o la norma ISO 81060-2.

Nuestros relojes, en cambio, no miden la presión arterial directamente. Lo estiman basándose en señales indirectas, como la luz que atraviesa la piel o el tiempo que tarda una onda de pulso en viajar a través de las arterias. Estas señales se introducen en algoritmos matemáticos que intentan inferir valores de presión sistólica y diastólica.

Baja precisión y alta variabilidad.

El análisis, publicado en la revista Experimental Physiology en 2025, analizó el reloj que, a priori, podría ser el más eficiente. Su sistema se basa en una minibomba que se infla para realizar la medición, a diferencia de otros modelos y marcas. Sin embargo, los autores demostraron que existen varias limitaciones importantes de los relojes inteligentes a la hora de medir la presión arterial.

La primera es la precisión. Los errores medios pueden parecer pequeños cuando se analizan en grupos, pero a nivel individual pueden ser clínicamente relevantes. Se ha observado que diferencias de tan sólo unos pocos milímetros de mercurio pueden cambiar la clasificación diagnóstica de una persona.

Otra es la variabilidad entre los individuos. Factores como la edad, la rigidez arterial, el grosor de la piel y el nivel de actividad física afectan significativamente las estimaciones. Por tanto, un algoritmo que funciona aceptablemente en un grupo puede fallar en otros.

Además, muchos relojes inteligentes requieren una calibración inicial con un tensiómetro convencional. El problema es que esta calibración pierde relevancia con el tiempo, a medida que cambian las condiciones fisiológicas del usuario. Esto reduce aún más la confiabilidad de las mediciones a largo plazo.

Tecnología que no está exenta de riesgos

Más allá de las limitaciones técnicas, el artículo de 2025 advierte de los riesgos clínicos asociados al uso indiscriminado de estos dispositivos.

Por un lado, falsos negativos: personas con hipertensión real que reciben valores aparentemente normales y retrasan la consulta médica o el inicio del tratamiento. Y por otro lado, los falsos positivos: usuarios sanos que creen tener la presión arterial alta, lo que puede provocar ansiedad, consultas innecesarias o incluso tratamientos inadecuados.

Las guías clínicas nos recuerdan que pequeños errores de medición pueden tener consecuencias importantes en la toma de decisiones terapéuticas. Por ello, los investigadores insisten en que estas horas no deben utilizarse para diagnóstico ni para ajustar tratamientos antihipertensivos.

¿Significa esto que los relojes inteligentes son inútiles?

No necesariamente. Los relojes inteligentes pueden tener un valor complementario, siempre que se comprendan sus limitaciones. Pueden ayudar a detectar tendencias generales, aumentar la conciencia sobre la salud cardiovascular o motivar a las personas a consultar a profesionales de la salud.

También están interesados ​​en estudios de población y programas de salud digital. En estos casos, el objetivo no es el diagnóstico individual, sino el análisis de grandes patrones. Por tanto, la recogida de grandes cantidades de datos puede resultar útil para los investigadores, a pesar de las limitaciones explicadas. El problema surge cuando se confunde una herramienta de seguimiento indicativo con un instrumento médico validado.

La tecnología avanza rápidamente. Es probable que en el futuro existan dispositivos sin brazalete que midan la presión arterial con suficiente precisión. Pero hoy en día, la evidencia científica muestra que los relojes inteligentes no cumplen con los estándares necesarios para reemplazar a los monitores de presión arterial validados.

Para los ciudadanos, el mensaje es sencillo: si quieres conocer de forma fiable tu presión arterial, debes acudir a un profesional sanitario o utilizar un dispositivo validado. Para los profesionales de la salud, el desafío es monitorear a los pacientes en el uso crítico de estas tecnologías. Es importante evitar tanto el alarmismo como las falsas expectativas.

La salud digital ofrece grandes oportunidades, pero, como nos recuerda la ciencia, en medicina no basta con medir algo: hay que medirlo bien.


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