Diez años sin Umberto Eco: ‘El nombre de la rosa’ en la cima del posmodernismo

ANASTACIO ALEGRIA
7 Lectura mínima

La hipermodernidad así analizada por Gilles Lipowecki aún no ha aparecido. Los síntomas de una cultura globalizada fueron vistos como fenómenos extraños dignos de ser analizados en los reflexivos laboratorios de la universidad. En ese momento apareció el bestseller célibe El nombre de la rosa (1980). Su autor, el intelectual italiano Umberto Eco, rompió fácilmente las suposiciones y prejuicios que rodeaban a la literatura de masas.

¿Qué pasa si culpamos al posmodernismo?

La “Nueva Era Oscura”, como la llamó y temió el filósofo George Steiner en su libro En el castillo de Barba Azul, todavía estaba muy lejos para el posmoderno escéptico y democratizador. Sin embargo, se produjeron cambios significativos en el magma de la sociedad que respetaba la cultura televisiva y aprendió a diluir las fronteras entre la alta y la baja cultura. Fuimos testigos del auge de la cultura pop.

Como buen intelectual indomable que demostró con el tiempo, se presentó por primera vez al mundo con el perfil de un novelista de mediana edad. Pero se oponen a la etiqueta “apocalíptica” de pompa y circunstancia aristocráticas, así como a la etiqueta “integrada” de vitalismo desarraigado. En realidad, ambos nombres enmascaraban fetiches aptos para “polémicas estériles” u “operaciones mercantiles” y así lo dejó claro en su ensayo Apocalíptico e integrado (1964).

Portada de Apocalypticos iintegrados. BOLSILLO

Ese nuevo escritor fue Umberto Eco, que entró en el género con “el deseo de envenenar a un monje”. Y, dicho sea de paso, aprovechó la oportunidad para iniciar el posmodernismo literario. Corrían los años ochenta del cada vez más lejano siglo XX, cuando la aparición de El nombre de la rosa desmintió sin querer las voces apocalípticas de la comunidad académica alertando sobre la “literatura del agotamiento”. Con ese lema sólo quedaba esperar la muerte de la novela.

Curiosamente, El nombre de la rosa no fue diseñado por cinismo o pesimismo. Tampoco de otro “ismo” que signifique aburrimiento o duda personal sobre el futuro del género. Más bien lo hace por deseo de divertirse a sí mismo y a sus lectores, como revela su autor en Apostillas al nombre de la rosa (1985). Una motivación que le da un aura verdadera, que proviene de la generosidad, de alguien que escribe para todos, no sólo para unos pocos o sus iguales.

Vive para contarlo y no mueras de éxito.

Sea como fuere, la novela en cuestión ha vendido 50 millones de copias hasta la fecha. Su éxito y alcance han sido comparados con los de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.

Es el ganador del mayor premio literario italiano, el Strega, análogo a nuestro Premio Nacional de Literatura. Pero El nombre de la rosa fue más allá. Logró revivir la descolorida novela histórica europea.

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Portada de El nombre de la rosa (1980). BOLSILLO

Entonces surge la pregunta: ¿Cómo se le ocurrió la fórmula secreta? Destaca una especial mezcla de realidad y ficción que parece ser un precedente de la posverdad popularizada en los años 20 del siglo XXI.

Luego nos dejó seducir el protagonista medieval de inspiración sherlockiana. De modo que aquella intriga novelística marcó un punto de inflexión que parecía imposible. Por un lado, se ganó el aplauso de un público infravalorado por las suaves tramas de ficción. Por otro lado, evaporó el cliché esencial que todavía atormenta a todos los best sellers: la dudosa calidad asociada al consumo rápido.

El nombre de la rosa se convirtió en vendedor durante mucho tiempo. Tuvo la suerte de tener una película protagonizada por el memorable Sean Connery. Sin embargo, su inesperado éxito requirió anotaciones posteriores conocidas como Apostillas al nombre de la rosa. Umberto Eco explicó que les escribió para “evitar la muerte, para que no tengan que responder nuevas preguntas”, según informó el periodista Igor Reyes-Ortiz en el diario El País.

Pero este pequeño volumen reflexivo y cuidadoso también contenía una reflexión sobre el posmodernismo. El mismo del que surgió este imparable fenómeno literario y que el escritor definió de una forma que recordaba a los diálogos de cualquier personaje del Woody Allen de los noventa:

“Pienso en la actitud posmoderna como la actitud de alguien que ama a una mujer muy culta y que sabe que no puede decir ‘te amo desesperadamente’, porque sabe que ella sabe (y que ella sabe que él sabe) que esa frase ya ha sido escrita por Liala. Sin embargo, hay una solución. Él podrá decir: Como diría Liala, te amo desesperadamente.

El mundo todavía necesita Eco

Umberto Eco no se detuvo. Continuó escribiendo. Quizás porque “el hombre es por naturaleza un animal que cuenta historias”. Por ello, tenemos que leerlo en otras novelas posteriores: El péndulo de Foucault (1998), Número cero (2015) o el que fue su libro póstumo De la locura a la locura. Crónicas del futuro que nos espera (2016).

Mientras las grandes historias parecen fragmentarse y el futuro de la novela está en juego, consideremos un regreso a nuestro semiótico favorito. Esos libros que apuestan por una escapada reconfortante, placentera e inteligente. De hecho, siempre por encima del perecedero ego mediático, Eco pidió en su testamento que por favor no se le rindiera homenaje diez años después de su muerte.

No hace falta decir que esto no es una confesión. Sólo un recordatorio oportuno de cuánto podemos seguir ganando para sus lectores.


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