¿Qué pasa cuando hay un dolor constante en una de las partes más íntimas del cuerpo y nadie sabe decirnos por qué? ¿Qué pasa cuando la causa de ese dolor no aparece en las pruebas, sino que condiciona las decisiones cotidianas?
Esto es lo que viven miles de mujeres con vulvodinia, un trastorno aún poco conocido, infradiagnosticado y muchas veces minimizado.
Un problema común e invisible
Aunque desde hace años se considera una enfermedad rara, hoy sabemos que entre el 10% y el 28% de las mujeres en edad reproductiva la padecen, especialmente las jóvenes. Aun así, sigue siendo un problema de salud invisible.
La vulvodinia se define como un dolor crónico en la vulva, que dura más de tres meses y sin una causa orgánica claramente reconocible. Puede manifestarse como hormigueo, ardor, escozor o sensibilidad extrema al tacto. En muchos casos ocurre o se intensifica durante las relaciones sexuales, convirtiendo algo cotidiano en una fuente constante de miedo y sufrimiento.
En realidad, no existe un único desencadenante. En su aparición influyen factores musculares (como la hipertonicidad del suelo pélvico), neuropáticos (por lesión del sistema nervioso), inflamatorios, hormonales, genéticos y psicológicos. Por lo tanto, ningún tratamiento por sí solo suele ser suficiente.
Los mejores resultados se consiguen con un enfoque interdisciplinar que combina educación para la salud, fisioterapia del suelo pélvico, tratamiento farmacológico individualizado, estrategias de autoayuda y apoyo psicológico. Este enfoque mejora claramente la funcionalidad, el bienestar emocional y la calidad de vida.
Cuando el diagnóstico llega tarde… o no llega
Sin embargo, los beneficios de esa estrategia suelen llegar tarde, si es que llegan. Uno de los mayores problemas de la vulvodinia es que no existe una prueba específica que la confirme: el diagnóstico se realiza excluyendo otras patologías. Esto lleva a que muchas mujeres pasen años entrando y saliendo de consultas sin una respuesta clara.
Durante este período, las pacientes son tratadas repetidamente por candidiasis, infecciones urinarias o vaginismo, sin que el dolor desaparezca. Cada intento fallido refuerza la peligrosa idea: “no hay nada”, “todo está bien”, “tal vez sea psicológico”.
Pero además, estos tratamientos pueden incluso intensificar los síntomas: el ciclo del dolor se identifica con la acción de fármacos como los antimicóticos, aplicados por vía oral y local, que afectan la flora y la sensibilidad de la vagina.
Cuanto más tiempo pasa sin explicación, más dura el dolor y mayor el impacto emocional. Además, puede haber un sesgo de género: el dolor de las mujeres suele ser banalizado o atribuido a causas menstruales o emocionales, lo que contribuye a agravar el problema.
Una de las recomendaciones más clásicas es el uso de lubricante antes o durante las relaciones sexuales, lo que asocia el dolor con la sequedad o la propia relación sexual.
Dolor que condiciona la vida cotidiana
La evidencia científica es clara: la vulvodinia reduce significativamente la calidad de vida. Una revisión reciente realizada por nuestro equipo de investigación y publicada en el Journal of Clinical Medicine encontró que las mujeres con vulvodinia tienen peores resultados físicos, psicológicos y sociales.
A nivel físico, el dolor persistente interfiere con actividades básicas como estar sentado durante largos periodos, caminar, hacer ejercicio o usar ropa ajustada. Muchos enfermos cambian de postura o evitan determinadas situaciones por miedo a que el dolor empeore. Vivir en “modo alerta” acaba desgastando el organismo.
A esto se suma la dispareunia (dolor durante las relaciones sexuales), uno de los síntomas más comunes que hace que muchas mujeres eviten las relaciones sexuales. No se trata sólo del dolor en sí, sino también de la anticipación: el miedo a su reaparición condiciona la intimidad y la relación con el propio cuerpo. Esto puede provocar malentendidos, distanciamiento emocional y conflictos en la pareja.
También es interesante que otras mujeres -después de años (en promedio cuatro) sin un diagnóstico claro- logran normalizarlo y continúan manteniendo relaciones sexuales a pesar del malestar.
Ansiedad, frustración y baja autoestima.
En general, el impacto psicológico de la vulvodinia es profundo. Los estudios muestran altas tasas de ansiedad, depresión y estrés crónico. El dolor constante es agotador, agotador y crea una sensación constante de perder el control sobre el cuerpo.
Muchas mujeres describen sentimientos de culpa, vergüenza o frustración. La falta de respuestas claras y tratamientos eficaces favorece la aparición de ansiedad anticipatoria: el miedo al dolor puede crear un ciclo difícil de romper. Es importante considerar este sufrimiento emocional, porque sería consecuencia directa de un diagnóstico insuficiente y desconocimiento del problema.
En cambio, quienes no han cumplido su deseo de tener hijos muestran un estado de ansiedad y frustración aún mayor. Vienen a dejar de lado el placer de la relación con su pareja, centrándose en cómo lograr el embarazo. Sería interesante saber qué porcentaje de mujeres recurren a técnicas de reproducción asistida ante la imposibilidad de concebir una relación sexual placentera. Y todo ello como consecuencia de un diagnóstico tardío.
Hacer visible lo que se ha mantenido en silencio durante años
La vulvodinia existe y duele. Condiciona la vida de miles de mujeres. Reconocer esto es el primer paso para reducir el sufrimiento innecesario y prolongado. Formar a los profesionales sanitarios, escuchar a los pacientes y frenar la normalización del dolor de las mujeres no es opcional: es responsabilidad colectiva de los equipos sanitarios.
Visibilizar la vulvodinia no sólo mejoraría el diagnóstico: también ayudaría a las mujeres a legitimar su dolor y afrontar la posibilidad real de recuperar su bienestar físico, emocional y afectivo.
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