En el pasillo de la escuela secundaria, dos estudiantes discuten en voz baja. En segundos, hay miradas, comentarios, risas nerviosas y, casi sin darnos cuenta, el conflicto ya no es sólo entre dos personas: es un conflicto grupal. El profesor llega tarde y toma una decisión rápida: separar, castigar. “Hablaremos de ello”. Funciona… a corto plazo. Pero el mismo patrón reaparece semanas después, con distintos nombres y la misma dinámica.
¿Qué pasaría si, en lugar de tratar los conflictos escolares o de instituto como específicos, los entendiéramos como señales grupales que requieren respuestas grupales? No como reuniones interminables o terapia de grupo, sino utilizando algo que las aulas ya tienen: la inteligencia colectiva.
Del ‘yo contra ti’ al ‘nosotros con esto’
Anita Woolley y su grupo de investigación en el MIT definieron la inteligencia colectiva como aquella que se produce entre un gran grupo de personas al resolver un problema complejo. Dicho así, suena casi obvio… hasta que pensamos en cómo solemos resolver los conflictos en la escuela: el adulto decide, el alumno escucha.
Sin embargo, sabemos que hay grupos a los que les va mejor que la suma de sus miembros: no porque tengan “genios”, sino por su forma de organizarse. Las investigaciones sobre la inteligencia colectiva en equipos muestran que factores como la sensibilidad social y la distribución equilibrada del habla son importantes. En el aula esto se traduce en algo muy concreto: crear las condiciones para que hablar y escuchar no sean un privilegio, sino la norma.
Aquí surge una idea clave: el conflicto también es información. Nos dice algo sobre el clima del grupo, sus normas (explícitas e implícitas), jerarquías, exclusiones y necesidades tácitas. Si simplemente “apagamos el fuego”, perdemos la oportunidad de aprender del humo. Pero para aprender sin asfixia necesitamos estructura, tanto en el contexto del aula de secundaria como en el contexto universitario.
¿Qué prácticas existen ya… y qué les falta?
Llevamos años aplicando la mediación entre pares y prácticas restaurativas. Estos son enfoques valiosos, pero a menudo chocan con las realidades logísticas del aula: el tiempo y los prejuicios sociales. En una reunión cara a cara, suele ganar el más popular, el más elocuente o el más aterrador. Se produce un “efecto rebaño”, donde la opinión minoritaria es silenciada debido a la presión social.
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La inteligencia colectiva requiere que el diseño esté dirigido hacia un cambio positivo. Necesitamos estructuras que garanticen el anonimato cuando sea necesario, que distribuyan la palabra por igual y separe el hecho de la interpretación. A veces una hoja anónima y un buen protocolo cambian la “topología” de la interacción. Y si hay dispositivos, herramientas gratuitas o centros de IA, mejor aún: pero no es necesario.
La siguiente sugerencia no depende de la plataforma específica. Es un protocolo de participación que se puede implementar con papel y pizarra, con herramientas gratuitas o, si está disponible, con el apoyo de IA.
Prevenir: un ‘termómetro’ con sensores sociales
Antes de que estalle el conflicto, debemos leer la atmósfera. En lugar de preguntar al resto de la clase en general: “¿Cómo estás?”, podemos utilizar de forma rutinaria un ritual breve y anónimo a través de una breve actividad semanal de 5 minutos. Los estudiantes responden una “pregunta principal” emocional o social de forma anónima.
La pregunta no pide un reconocimiento personal, sino tomar el “pulso” del grupo. Se recomienda utilizar opciones sencillas y repetibles, como, por ejemplo: “Hoy, ¿cómo está el grupo? (Tranquilo/tenso/cansado/impaciente/apagado)” o también: “Esta semana, en clase, me sentí… (encendido/escuchado/ignorado/incómodo/normal)”.
Vale aclarar que estas preguntas no sustituyen a una entrevista individual ni sirven para detectar casos graves de acoso. Funcionan como un termómetro: no dan diagnósticos, pero indican quién merece más atención.
Hay diferentes formas de obtener respuestas a estas preguntas: utilizando tarjetas anónimas en una caja y contando simplemente en la pizarra, por ejemplo, las tres emociones más recurrentes; o mediante el uso de herramientas digitales como Mentimeter o formularios anónimos. Si existe una herramienta institucional de IA, puede resumir las tendencias sin identificar a nadie (por ejemplo: “hay muchas menciones de burlas navideñas/sentirse aislado”). No se trata de “seguir” a los alumnos, sino de dirigir la acción docente.
Intervenir: deliberación estructurada y asistida
Cuando surge un conflicto, el objetivo es separar los hechos de la interpretación y encontrar soluciones. Aquí es donde la interacción cara a cara suele fallar debido a la carga emocional. La solución no es “hablar más”, sino hablar mejor, con un mandato que proteja a todos tratando primero los hechos de forma despersonalizada.
En este caso, puedes pedirle a cada involucrado que escriba “lo que pasó” en tres líneas, sin adjetivos; La maestra baraja y lee sin nombres. Una regla general importante podría ser escribir únicamente sobre “comportamientos observables (lo que vi/oí/hice)” sin etiquetas ni nombres.
Otra opción es preparar un formulario anónimo para participantes y testigos (si se trata de un conflicto grupal). Finalmente, la IA puede devolver un resumen neutral centrado en los hechos visibles, eliminando insultos y juicios mediante un comando dirigido a analizar las respuestas en función del objetivo que el profesor le propone a la IA, en este caso, sugerencias con soluciones. Siempre con una visión general de la docencia y sin dar datos sensibles a herramientas no autorizadas.
Soluciones colectivas y anónimas
Después, trabajaremos con un aluvión de soluciones sin prejuicios hacia la autoridad, pidiendo al grupo que proponga soluciones en paralelo: o cada estudiante propone una medida en una tarjeta sin nombre, o con sugerencias en formato digital, simultáneamente (sin ver las respuestas de los demás).
Finalmente, el consenso se logra con ideas, no con personas. El profesor o el grupo agrupa sugerencias similares en cuatro, cinco o seis bloques. Luego votas de forma anónima sobre las ideas, no sobre quién las sugirió. Esto democratiza la resolución: una buena idea de un estudiante tímido tiene el mismo peso que la de un líder popular.
3. Aprende: memoria grupal
Después de resolver el conflicto, el grupo debe aprender. No se trata de acumular incidentes, sino de construir una memoria colectiva preguntándose: ¿Qué norma falló? ¿Qué necesitamos cambiar en nuestra “constitución de aula”?
Podemos hacer un “registro de aula” en una cartulina donde escribamos la norma, cuál fue la solución acordada y cuál podría ser una señal de alerta que permita detectar el problema a tiempo. Además, haga un registro digital anónimo de patrones (no de personas): el tipo de conflicto, la resolución acordada y lo que funcionó.
Una herramienta de inteligencia artificial puede sugerir habilidades de entrenamiento (escuchar, cambiar, provocar y limitar) basándose en descripciones anónimas. Esto transforma la “disciplina” en un proceso de mejora continua basado en evidencia.
Un verdadero ejemplo
Por ejemplo, en un grupo de estudiantes de segundo grado (entre 12 y 13 años), el conflicto parecía limitarse a dos estudiantes que discutían con frecuencia. La intervención inicial fue separarlos, pero el problema surgió una y otra vez. Cuando se analizó desde una perspectiva grupal, surgieron otros elementos: mensajes reenviados, comentarios de terceros y una sensación general de “tener que adoptar una postura”.
En las respuestas anónimas, varios estudiantes describieron el mismo patrón: el grupo observó, opinó y agudizó el conflicto, aunque nadie se sintió responsable. El problema ya no era sólo la relación entre dos personas, sino la dinámica colectiva de tomar partido.
Las sugerencias que surgieron del grupo apuntaron a algo diferente a la norma: reducir los comentarios sobre los conflictos ajenos, no reenviar mensajes privados y buscar ayuda antes de que las tensiones escalen. El aprendizaje no consistió en descubrir quién inició el conflicto o quién tenía la culpa, sino en comprender cómo un grupo puede intensificar (o desactivar) el conflicto.
Riesgos (y cómo no arruinarlo)
Si bien las dinámicas de la inteligencia colectiva no son mágicas, es importante darse cuenta de que estas intervenciones no reemplazan los protocolos de acoso ni la obligación de intervenir cuando existe un riesgo. Asimismo, si hay intimidación, los involucrados son muy populares o impopulares, o hay miedo, el grupo puede “votar” por una solución injusta al conflicto, donde la persona o grupo que sufrió el problema aún lo tiene.
Por ello, y aunque la dinámica puede ser muy positiva, el docente debe garantizar la seguridad del alumnado y distinguir entre hechos que pueden resolverse adecuadamente mediante la inteligencia grupal y otros en los que debemos actuar en base a una normativa, como, por ejemplo, cuando se descubre un caso de ciberbullying.
Asimismo, hay que tener especial cuidado con el nivel de exposición con el que cada alumno se siente cómodo: no todo se hace en círculo, hay situaciones que requieren privacidad, protección o intervención especializada.
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También es importante evitar una falsa neutralidad y dejar claro que “escuchar a todos” no significa igualar daño y defensa. La mediación no es neutral.
En casos con carga emocional, o en algunos grupos, es posible que sea necesario trabajar en las habilidades de regulación y empatía antes de discutir casos complejos.
El aula como comunidad autocorrectora
La gestión de conflictos no se trata de añadir otra actividad: es una decisión diaria sobre el tipo de ciudadanía que formamos. Si la respuesta habitual de la escuela es “te castigo y te rechazo”, aprendemos que la convivencia consiste en evitar a los demás. Si, por el contrario, la respuesta es “nos organizamos para arreglar y aprender”, aprendemos algo más difícil y valioso: que los grupos pueden ser inteligentes… incluso cuando están enojados.
Y lo mejor: no necesitas una plataforma costosa para empezar. Se necesita un protocolo que proteja la voz de quienes menos hablan, enfríe las emociones ante las decisiones y convierta cada conflicto en un aprendizaje colectivo. Diseñar inteligencia colectiva en el aula no es una innovación para la moda: es una consideración de cómo aprendemos a vivir juntos.
Una versión de este artículo fue publicada en la revista Telos Fundación Telefónica.
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