Una infancia rota aumenta el riesgo de que se repita la violencia

ANASTACIO ALEGRIA
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La violencia no surge de la nada. Se desarrolla lentamente, a menudo silenciosamente, en hogares donde el miedo y la indiferencia reemplazan al afecto. Comprender cómo nace esta violencia es uno de los grandes dilemas de la humanidad: ¿somos violentos por naturaleza o nuestro entorno nos vuelve mortales? La ciencia sugiere que ambas fuerzas se combinan.

Un estudio realizado en Nueva Zelanda hace unos años, conocido como Proyecto Dunedin, siguió a más de mil personas desde 1972. Los investigadores observaron cómo la salud, la personalidad y las experiencias familiares marcaban el desarrollo de cada individuo. Sus resultados fueron claros: cuando una personalidad impulsiva o agresiva crece en un entorno nocivo, aumenta el riesgo de comportamiento violento y antisocial.

Algunos niños nacen con un temperamento difícil, es decir, se frustran rápidamente, reaccionan con ira o les resulta difícil pensar antes de actuar. Otros, sin embargo, muestran más empatía y autocontrol. El medio ambiente puede marcar la diferencia. Si un niño con un carácter complicado crece en un hogar violento o negligente, la probabilidad de que esa violencia se reproduzca aumenta muchas veces. Los expertos llaman a esto la “ecuación de la víctima”: una mezcla de vulnerabilidad y trauma que puede convertirse en violencia si no se trata a tiempo.

¿Qué pasa si hay adultos fríos e impredecibles?

La teoría del apego también ayuda a comprender esta relación. Cuando los cuidadores se comportan de manera estable, sensible y amorosa, el niño puede desarrollar un apego seguro. Esta base emocional facilita la empatía, la autorregulación y la confianza en los demás. Por el contrario, cuando los adultos son impredecibles, fríos o tratan mal al niño, es más probable que se forme un apego inseguro o incluso desorganizado. En estas situaciones aumenta la impulsividad, la agresividad, las dificultades para conectar emocionalmente con los demás y la probabilidad de conductas antisociales.

No todos los niños se convierten en víctimas de la violencia. El famoso asesino en serie y delincuente sexual estadounidense Jeffrey Dahmer, por ejemplo, creció en un hogar abandonado y solitario, pero su hermano no desarrolló un comportamiento violento. El asesino en serie Ted Bundy también vivió una infancia llena de secretos y confusión, pero sus hermanos tomaron caminos diferentes. Estos casos muestran que el entorno no determina por sí solo el destino. La clave es cómo se combinan la vulnerabilidad individual y las experiencias negativas tempranas.

Aun así, muchos de los criminales más violentos de la historia tienen una cosa en común: una infancia marcada por el abuso y la falta de protección. En muchos casos, el trauma no tratado se convierte con el tiempo en patrones de control, agresión y deshumanización. Gracias a los avances en el análisis del comportamiento, ahora es posible comprender cómo ciertos factores biográficos predicen la escalada hacia un comportamiento violento.

Asesinos en serie y abuso infantil

Aunque no existe un perfil único de asesino en serie, la mayoría ha sufrido algún tipo de abuso infantil. Se estima que la mitad experimentó abuso psicológico, más de un tercio experimentó abuso físico y uno de cada cuatro experimentó abuso sexual. Estas heridas no sólo dejan cicatrices emocionales: también cambian la forma en que una persona piensa, siente dolor y reacciona ante los demás. Con el tiempo, pueden crear visiones del mundo hostiles y reacciones agresivas aprendidas.

El análisis secuencial del comportamiento, una técnica utilizada para estudiar patrones delictivos, ha mostrado relaciones sorprendentes. El tipo de abuso en la infancia tiende a influir en el tipo de delito cometido en la edad adulta. Por ejemplo, quienes han sido víctimas de abuso sexual suelen reproducir crímenes o mutilaciones con carga sexual. El maltrato psicológico está asociado a asesinatos caracterizados por una violencia excesiva. Físicamente, con escenas dominadas por la rabia. Cuando una persona ha sufrido múltiples tipos de abuso, las motivaciones sexuales o controladoras emergen con más fuerza.

El caso del asesino Edward Gein, recientemente revivido en una serie documental, muestra esta conexión entre trauma y crimen de forma extrema. Gein creció con un padre abusivo y una madre fanática religiosa que lo convenció de que lo sagrado era pecado. Vivió aislado, sin afecto, y desarrolló con ella una relación enfermiza: la temía y la adoraba al mismo tiempo. Cuando murió su madre, su obsesión se convirtió en violencia. Mató mujeres para intentar “reconstruirlas” con la piel de sus víctimas, en un retorcido intento de recuperar la única conexión emocional que había conocido.

Vulnerabilidad y trauma

Otros casos de asesinos en serie muestran historias similares. Aileen Wuornos, prostituta desde su adolescencia, sufrió abusos cuando era niña. Andrei Chikatilo, en la Unión Soviética, fue víctima de violencia sexual y hambre. Pedro Alonso López, conocido como el “Monstruo de los Andes”, creció entre golpes y abandono. Todos repiten la misma fórmula: la vulnerabilidad, el trauma y la falta de tratamiento conducen a formas de violencia extrema.

La evidencia es clara. El abuso infantil no condena a nadie a cometer un delito, pero aumenta el riesgo de que la violencia se repita. Cuando el dolor no se trata, se transmite. Esto es lo que los investigadores llaman el “ciclo de violencia”, un fenómeno en el que las heridas infantiles pueden reencarnarse en nuevas víctimas.

Comprender esta ecuación, donde la vulnerabilidad se encuentra con el trauma y el apego dañado, no busca justificar los crímenes. Haz todo lo posible para prevenirlos. Porque detrás de muchos actos de violencia hay una historia de dolor no resuelto. Y romper ese ciclo comienza mucho antes del delito, comienza en la niñez.


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