Toneladas de frutas y verduras pudriéndose en los campos, otro síntoma de un modelo agrícola insostenible

ANASTACIO ALEGRIA
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España es un país extremadamente seco, es decir, que tiene unas condiciones climáticas caracterizadas por una importante falta de humedad. Para ser más precisos, el 67% del territorio tiene un índice de aridez -la relación entre precipitación y evapotranspiración de las plantas- inferior a 0,65, lo que se clasifica como tierra seca o zonas áridas. En este contexto, la demanda de recursos hídricos, lejos de limitarse a su disponibilidad, no ha dejado de crecer en los últimos cincuenta años.

Este es el principal motivo de la escasez de agua y la base de numerosos conflictos hídricos, y sitúa a España como uno de los países con mayor estrés hídrico (29º de 164). Esta escasez ya no es de naturaleza natural y se define como una brecha entre la oferta disponible y la demanda expresada de agua dulce en un área determinada, de acuerdo con los marcos institucionales existentes (incluidos los mecanismos de precios de los recursos y las tarifas de suministro), así como las condiciones infraestructurales, que siempre implican una dimensión humana en la reducción de la disponibilidad natural de agua.

Numerosas infraestructuras de captación, acumulación y distribución de agua, así como la modernización del sistema de riego, responden al mantra de que en España no se desperdicia ni una sola gota de agua. Todos los caudales que van a parar al mar a veces se perciben como residuos y cada vez que llueve en los mares es una lástima que no haya más embalses para acumular toda esa agua.

Estrés hídrico en España. Instituto de Recursos Mundiales, Acueducto (2024), CC BI-SA Miles de toneladas de frutas y verduras sin salida comercial

El supuesto fervor por acaparar cada gota de agua y convertirla en riqueza choca con la imagen demencial de campos cubiertos de frutas y verduras pudriéndose al sol. Los bajos precios en origen que existen en determinadas épocas del año hacen que no merezca la pena que los agricultores inviertan más recursos en la recolección del cultivo. Así, cada año, después de enormes esfuerzos en regar, fertilizar y cuidar miles de hectáreas de cultivos, el producto final ni siquiera entra en los círculos comerciales.

A partir de los datos recogidos quincenalmente por el Fondo Español de Garantía Agraria (FEGA) y los coeficientes de uso de agua y emisiones de CO₂, por tipo de cultivo y comunidad autónoma, estimamos estos residuos para el periodo 2018-2024.

Durante este periodo se descartaron 483.624 toneladas de productos excedentes, lo que equivale a una huella hídrica de casi 36 hm³ al año y una huella de carbono de 36.694 toneladas de CO₂ equivalente (t CO₂-eq) al año. Estos residuos no están destinados directamente a la basura. Parte de los alimentos desechados (32,9%) se utiliza para alimentar a los animales, la otra se dona a bancos de alimentos (55,4%) y, finalmente, el 11,7% se destruye.

El tomate es el cultivo con mayor cantidad de residuos, seguido de la naranja y el caqui. En términos de huella hídrica, el cultivo de mayor impacto es la ciruela, con 3.759 mil m³ anuales⁻¹. Le siguen los dátiles y las naranjas. En términos de huella de carbono anual, vuelve a destacar claramente el tomate, que alcanza las 3.100 t CO₂-eq al año⁻¹. Les siguen los melones (2.356 t CO2-eq por año⁻¹) y las nectarinas (2.209 t CO₂-eq por año⁻¹).

A nivel regional, el mayor volumen de descartes se registró en la Región de Murcia, con 20,2 kt toneladas anuales, y un total de 141,4 kt en el periodo 2018-2024. Le siguen Andalucía (17,9 kt anuales⁻¹ y 125,9 kt acumulados) y la Comunidad Valenciana (16,7 kt anuales⁻¹ y 119,6 kt).

En términos de huella hídrica, los mayores residuos corresponden a la Comunidad Valenciana, con 8,78 hm³ al año⁻¹ y una huella hídrica total de 61,5 hm³ durante el periodo de estudio.

Tomates desechados en un recipiente grande en un campo

Los tomates son el cultivo más rechazado. Jaime Martinez Valderrama, CC BI-SA Producir a gran escala para reducir costos

Los bajos precios explican dejar la cosecha en perfectas condiciones para el consumo. Pero ¿qué causa estos precios reducidos? En gran medida la lógica de la eficiencia económica. Para ser competitivos, los fabricantes se esfuerzan por reducir sus costes de producción, lo que les lleva a adoptar modelos de producción a gran escala, que no están exentos de importantes implicaciones sociales y medioambientales.

Lea también: La espiral de la agricultura insostenible: de los milagros económicos a la inseguridad socioecológica

El objetivo es generar grandes volúmenes de producción para reducir el coste unitario. Para lograr esto, los costos se reducen cuando sea posible -especialmente los costos laborales o ignorando las obligaciones ambientales- para compensar las inversiones necesarias en tecnología, infraestructura e insumos agrícolas, que permiten mayores rendimientos por explotación.

Esta dinámica genera una espiral de inversión, deuda, sobreproducción y caída de precios que finalmente atrapa al agricultor en un sistema perverso, en el que sólo aquellos con mayores capacidades financieras logran sobrevivir.

El rechazo a cultivos en perfecto estado no es más que un síntoma de este modelo agrario que favorece la concentración de la producción en un número cada vez menor de agentes y genera numerosas externalidades negativas. En última instancia, esto afecta a la sociedad en su conjunto, no a aquellos que se benefician de la producción a gran escala, como es el caso, por ejemplo, de la necesidad de construir plantas desaladoras después de la sobreexplotación de las aguas subterráneas.

Estas cifras son sólo la punta del iceberg.

El conteo del FEGA corresponde al subsidio (hasta el 5% de la cosecha) que reciben los agricultores para compensar estos bajos precios. Por encima de este porcentaje no hay cobertura, aunque se pueden seguir produciendo rechazos de cultivos.

Una simple comprobación revela el verdadero tamaño de los residuos. En marzo de 2024 apareció en la prensa la noticia del abandono de 300.000 toneladas de limones, el 30% de la cosecha, en Alicante. Los datos de FEGA reflejan que en 2024 se descartaron 132 toneladas en toda la Comunidad Valenciana.

Las sandías yacen en un campo con piedras.

Sandías abandonadas en el Campo de Nijar, Almería. El acuífero en el que crecen ha sido sobreexplotado y destruido por la intrusión marina. Para continuar con el riego se construyó una enorme desaladora en Carboneras. Jaime Martínez Valderrama, CC BI-SA

Dada esta comparación, la gran cantidad de noticias que informan sobre estos vertidos y las imágenes de campos de frutas podridas, parece evidente que este tipo de residuos no es algo puntual o anecdótico, sino un desperdicio inaceptable en un contexto de creciente escasez de agua. En aquel momento se pensaba que los residuos de limón llevaban agua en barco hasta Barcelona debido a la persistente sequía. Nuestra seguridad hídrica está en juego mientras el mercado manda y la eficiencia a la que constantemente se alude sigue desperdiciando agua.


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