Sueño monitorizado: cuando la tecnología de medición del sueño termina empeorándolo

ANASTACIO ALEGRIA
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Durante siglos, dormir fue un acto privado y bastaba con despertar descansado. Hoy, sin embargo, la noche está llena de sensores. Pulseras, anillos y relojes inteligentes registran nuestros movimientos, nuestro pulso e incluso nuestra respiración. El sueño se ha convertido en datos de la experiencia: los convertimos en gráficos, los comparamos y evaluamos. Y cuanto más lo medimos, más parece eludirnos.

La popularización de dispositivos como Fitbit, Apple Watch y Oura ha llevado esta transformación a la vida cotidiana. Cada mañana, millones de personas consultan una aplicación que les asigna puntos. Entonces, en teoría, pueden saber cuántas horas durmieron, cuánto tiempo pasaron en sueño profundo o sueño REM y cuántas veces se despertaron.

El mensaje implícito es claro: si medimos el sueño, podemos optimizarlo.

Esa aparente precisión es, en gran medida, una ilusión. Estos dispositivos no leen el cerebro: infieren el sueño basándose en señales indirectas como el movimiento o la frecuencia cardíaca. En noches tranquilas, pueden hacer una estimación razonable de cuánto hemos dormido, pero su precisión disminuye cuando intentan identificar las etapas del sueño. Les resulta especialmente difícil distinguir entre estados como el sueño profundo y el sueño REM, que sólo pueden medirse mediante pruebas que registran directamente la actividad cerebral, como la polisomnografía.

Además, los márgenes de error no son pequeños. Los estudios científicos muestran desviaciones que pueden superar la hora en la estimación del tiempo total de sueño. Cuando se analizan las diferentes fases, las variaciones son aún mayores.

Dormir no es un examen

Sin embargo, cada vez más personas toman decisiones basadas en estos datos. Ajustan horarios, modifican rutinas y se preocupan por indicadores cuya confiabilidad es limitada. El problema no es sólo técnico, sino también psicológico. Cuando el dispositivo se convierte en referencia, la experiencia subjetiva pierde peso.

Aquí es donde pasa a primer plano un fenómeno cada vez más común: la “ortosomnia”, insomnio que resulta de un intento obsesivo de dormir bien. Estas son las personas que se van a la cama tratando de hacerlo bien, y cuando se despiertan, revisan compulsivamente las métricas para confirmarlas. La ironía es obvia: el sueño no combina bien con el control. Dormir con un dispositivo que evalúa tu noche es en cierto modo como dormir con un monitor al lado de tu cama.

Los datos pueden convertirse en una profecía autocumplida. Creer que hemos dormido bien puede mejorar nuestra percepción de la energía. Si creemos que hemos pasado una mala noche, podemos sentirnos peor, incluso cuando hayamos descansado lo suficiente. Es el efecto placebo y su contrario, el nocebo. En última instancia, la expectativa da forma a la experiencia.

El auge de esta tecnología refleja una tendencia más amplia: la cuantificación de la vida cotidiana. En un mundo obsesionado por el rendimiento, el descanso ha pasado de ser una necesidad biológica a una variable a optimizar. Pero el sueño no sirve como indicador de productividad y no mejora cuanto más lo monitoreamos.

Dormir requiere condiciones relativamente simples como regularidad, suficiente tiempo y un entorno adecuado, pero también algo menos tangible. Nos referimos a la capacidad de soltar el control. Esto es exactamente lo que dificulta el seguimiento constante. Convertir el descanso en objeto de evaluación introduce atención, expectativa y juicio en un proceso que, por definición, requiere lo contrario.

Hay muchas pantallas y falta de confianza.

Por todo ello, el problema no es sólo que los dispositivos cometen errores (que incluso los más sofisticados cometen), sino que transforman la relación que tenemos con nuestro propio descanso. Antes de que despertaras y supieras cómo estabas. Hoy en día, cada vez más personas miran primero la pantalla y deciden cómo se sienten desde allí.

Cuando los datos se enfrentan al cuerpo, los datos casi siempre ganan. Cuando se usa con prudencia, la tecnología puede resultar útil para identificar patrones o mejorar hábitos generales. Pero sus datos no deben interpretarse como mediciones precisas ni reemplazar la percepción subjetiva o el juicio clínico. Sobre todo, conviene evitar una dependencia excesiva de estos indicadores.

En este sentido, quizás la recomendación más razonable en la era de los dispositivos ya no sea medir el sueño, sino recuperar algo que hemos perdido. Es decir, confianza en nuestra propia capacidad para dormir.

Porque el mayor riesgo no es dormir mal una noche, sino empezar a dudar de que sabemos cómo hacerlo. Como resultado, podríamos estar durmiendo para el dispositivo en lugar de para nosotros mismos.

(Una versión de este artículo se publicó originalmente en la revista Fundación Telefónica Telos).


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