Si la mayoría de los adolescentes rechazan el acoso, ¿por qué les resulta difícil defender a la víctima?

ANASTACIO ALEGRIA
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Cuando un grupo de escolares llama a un estudiante “nerd raro” en el pasillo, decenas de compañeros observan la escena. Algunos miran hacia abajo para evitar meterse en problemas. Otros se ríen para esconderse y no perder su estatus en el grupo. Aunque la mayoría sabe que lo que está pasando está mal, pocos darán un paso para defender a la parte ofendida.

Las investigaciones muestran que la mayoría de los adolescentes rechazan los actos de acoso descritos y dicen que intentarían detenerlos. Sin embargo, una cosa es pensar y saber qué es lo correcto, y otra muy distinta actuar contra la violencia cuando llegue el momento.

Defender a una víctima de acoso escolar es un acto moralmente valiente que requiere un complejo proceso de toma de decisiones. Y es que hay determinados perfiles que suelen defender más a la víctima que otros.

Listo para intervenir

Lo confirmamos después de dos años de analizar a más de 3.000 estudiantes españoles de entre 9 y 17 años. A diferencia de la mayoría de los estudios, que ofrecen una instantánea de la implicación conductual, investigamos cómo se desarrolla la implicación en la defensa de las víctimas con el tiempo.

La principal conclusión es que esta implicación es, de hecho, bastante estable: ocho de cada diez adolescentes se perciben a sí mismos como defensores de forma permanente. Es decir, para la mayoría, ayudar a quienes sufren no es una reacción específica, sino un estado de ánimo relativamente consolidado.

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Por el contrario, el 7% de los escolares mantuvo constantemente una actitud pasiva ante la situación, mostrando indiferencia ante el sufrimiento de la víctima.

Además, identificamos dos grupos más pequeños pero particularmente reveladores cuyas actitudes cambiaron con el tiempo. Alrededor del 5% disminuyó su comportamiento defensivo, mientras que el 4% aumentó su participación.

Si la defensa de víctima es una conducta que puede fortalecerse o debilitarse durante la adolescencia, ¿en función de qué factores lo hace? ¿Son características personales o tienen que ver con el contexto?

La pasividad ante el acoso indica aislamiento

Quienes defienden de manera estable tienden a sentirse más integrados en su grupo de pares. También se les percibe como más populares y muestran un mayor respeto por las normas de convivencia. En otras palabras, ayudar a quienes sufren no parece aislamiento social, sino todo lo contrario. Y eso podría generar una dinámica de retroalimentación que permita mantener el comportamiento.

Quienes no suelen salir a defender a sus pares, por el contrario, suelen sentirse menos integrados en el grupo, menos populares y más alejados de lo normativo. Esto sugiere que la pasividad ante el acoso no es simplemente “evitar problemas”, sino que también puede ser un signo de aislamiento y desconexión social y moral.

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Quienes aumentan su participación en la promoción tienden a sentirse más aceptados y populares en su grupo de pares. Estos resultados ponen en duda una idea muy extendida: que intervenir en situaciones de violencia significa poner en riesgo el propio estatus social. Nuestros datos sugieren que, lejos de eso, la defensa de la pareja puede ir de la mano de la cohesión y la popularidad del grupo.

Finalmente, quienes dejan de defender muestran un alejamiento progresivo de lo normativo. Por lo tanto, los adolescentes saben que se espera la defensa de la víctima y que no hacerlo genera una falta de involucramiento en las normas que regulan la convivencia y la dinámica social del grupo de pares.

En conjunto, los resultados dan una idea clara: el clima en el aula importa. Cuando los estudiantes se sienten parte de un grupo y se identifican con las normas que conducen a una convivencia sana y segura, es más probable que ayuden a quienes lo necesitan. Cuando esa relación falla, es más probable que haya silencio.

Complejidad en el corredor escolar

El pasillo de la escuela secundaria no es un lugar neutral: aquí se desarrollan complejas dinámicas de roles, interacción social, criterios morales y gestión de la popularidad. Así que no se trata de convencer a los adolescentes de que defender a las víctimas es lo correcto. Eso ya lo saben. El desafío es crear un ambiente que facilite la acción: que en ese pasillo, en ese aula, haya reglas no escritas, pero con las que todos se identifiquen.

Esto incluye crear un contexto donde el ambiente sea participativo, donde las reglas sean claras y acordadas por consenso. Supone también crear un espacio de diálogo y reflexión conjunta a todos los niveles (profesorado, alumnado, familias) desde el que se puedan analizar las implicaciones de su comportamiento.

Cuando se comparten las normas y el grupo transmite apoyo y tranquilidad, la promoción se percibe como una responsabilidad, lo que los motivará y les dará el coraje para pasar de la intención a la acción real.


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