Reducir la capacidad de protesta de los ciudadanos amenaza la preservación de la naturaleza y la sostenibilidad del medio ambiente

ANASTACIO ALEGRIA
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La conservación de la naturaleza no depende sólo de la biología, la ecología o la legislación ambiental. También depende en gran medida de la capacidad de la sociedad civil para monitorear, condenar y protestar contra actividades que dañan el medio ambiente.

En España, en 2015, la entrada en vigor de la Ley Orgánica 4/2015 de protección de la seguridad ciudadana, conocida popularmente como “ley mordaza”, supuso un cambio de paradigma que afectó negativamente al activismo medioambiental. Al criminalizar las protestas pacíficas y restringir la libertad de expresión, esta ley ha creado un “efecto disuasivo” que debilita la lucha por la conservación de la naturaleza y la lucha contra el cambio climático.

Lamentablemente, España se ha convertido en un ejemplo que varios países europeos (Reino Unido, Francia, Hungría, Alemania o Dinamarca) toman como referencia para endurecer las leyes en materia de seguridad ciudadana y orden público. Varias organizaciones de derechos humanos, como la Comisión de Venecia y el Consejo de Europa, han expresado su preocupación por el “potencial represivo” de las leyes de seguridad ciudadana implementadas por estos estados.

El activismo en el punto de mira

El activismo ambiental es, por definición, una forma de acción política que busca proteger el medio ambiente de amenazas, a menudo causadas por grandes intereses económicos o negligencias administrativas. Históricamente, las protestas y las acciones directas no violentas (como las de ONG como Greenpeace y Ecologistas en Acción o plataformas de base) han sido claves para hacer visible la destrucción ambiental.

Sin embargo, la ley mordaza ha convertido estas acciones en un alto riesgo legal y económico. Las infracciones graves y muy graves previstas por la ley prevén multas de 601 a 600.000 euros. Para muchas personas, e incluso para muchos grupos ecologistas, estas cifras no son sanciones, sino que en realidad se convierten en medidas de “represión social y desmovilización de los ciudadanos”.

Impacto en la acción climática

Cuando un grupo de ciudadanos intenta bloquear la tala, la construcción en un área protegida o la contaminación de un río, muchas veces se enfrentan a una respuesta policial amparada por la nueva seguridad ciudadana. La Ley Mordaza ha planteado varias cuestiones contrarias a la libertad de expresión y de constitucionalidad cuestionable.

Por un lado, está la criminalización de la protesta pacífica: acciones simbólicas clásicas, como encadenarse a maquinaria u ocupar tierras en defensa del patrimonio natural, se castigan con una dureza desproporcionada.

También hubo disparidad al considerar a los activistas terroristas que en 2022 y 2023 participaron en diversas acciones de desobediencia civil no violenta exigiendo mayores y más efectivas medidas políticas en la lucha contra el cambio climático. Tanto Naciones Unidas como Amnistía Internacional recordaron al fiscal del Estado que esta categorización de los activistas climáticos como terroristas viola el derecho a la protesta. Algo que se veía venir tras la ambigua definición legal de que el terrorismo seguía existiendo.

El miedo a sanciones económicas desproporcionadas hace que muchos activistas y organizaciones limiten sus actividades, reduciendo significativamente la presión social sobre quienes destruyen la naturaleza.

Un obstáculo adicional para el ejercicio seguro del derecho a protestar es la dificultad para registrar pruebas. La restricción o prohibición de grabar y difundir imágenes de agentes de las fuerzas de seguridad reprimiendo a manifestantes y activistas hace extremadamente difícil documentar posibles abusos en el desalojo o la represión de la protesta ambiental.

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Efectos sobre la conservación de la naturaleza.

La principal consecuencia de las leyes mordaza es el llamado “efecto disuasorio”. Activistas de diversas organizaciones denunciaron que la ley reprime las protestas, obliga a los conservacionistas a guardar silencio o limitar sus acciones frente a lugares simbólicos como el Congreso de los Diputados o delegaciones gubernamentales.

En el contexto de la emergencia climática y la pérdida de biodiversidad, reducir la capacidad de protesta de los ciudadanos es una amenaza directa a la preservación de la naturaleza y la sostenibilidad del medio ambiente, siempre amenazada por intereses privados.

La supervisión ciudadana es esencial porque las autoridades están sobrecargadas y, en muchos casos, los ambientalistas son los primeros en descubrir actividades ilegales que las autoridades no detectan, ignoran o, a veces, incluso cuestionan.

Al reducir este seguimiento por miedo a las multas, la biodiversidad queda desprotegida y los riesgos medioambientales como el cambio climático o diversas formas de contaminación se vuelven mucho más peligrosos para los ciudadanos.

Durante los más de diez años que lleva vigente esta norma, organizaciones ecologistas han denunciado varios casos en los que el activismo ha sido sancionado al amparo de la seguridad ciudadana. La ley mordaza no afecta sólo a las grandes ONG; Las plataformas locales que luchan contra los megaproyectos (minería, proyectos de implementación no regulados de energías renovables, infraestructuras innecesarias) son sepultadas con sanciones administrativas, lo que paraliza de facto su movimiento en la defensa del territorio.

La ley mordaza bloquea radicalmente las protestas de pequeños grupos o de individuos aislados, que se encuentran completamente indefensos ante esta “nueva” ley.

La ley mordaza nos está socavando a todos

La protección de la naturaleza y la acción climática requieren un entorno democrático fuerte y transparente donde los ciudadanos puedan alzar su voz sin temor a represalias. La ley mordaza funciona como un mecanismo que prioriza el orden público –a veces entendido como la protección de intereses económicos o políticos específicos– sobre el derecho universal a un medio ambiente sano y el derecho a la libertad de expresión.

Mientras la ley siga vigente en las condiciones actuales, el activismo ambiental operará en la sombra de la incertidumbre. Para la verdadera preservación de la biodiversidad en España es imprescindible garantizar que los conservacionistas puedan protestar pacíficamente sin ser criminalizados, asegurando que la protección del territorio siga siendo un derecho ciudadano cuyo uso nos beneficia a todos, y no una actividad de alto riesgo.


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