El pasado 13 de marzo aterrizó en las salas españolas Torrente, Presidente, de Santiago Segura, doce años después de su anterior entrega.
Santiago Segura en el estreno de Torrente Presidente. Sony Fotos España
La película llegó a los cines sin tener pase de prensa ni estrenar tráiler. Su estreno estaba pensado, según Segura, para los fans de la saga y para que nada ni nadie estropee la experiencia del primer visionado, además de cameos, bromas… Explicó en una entrevista que quería evocar algo parecido a lo que sintió cuando se sorprendió al ver a Sean Connery como Ricardo Corazón de León en Robin Hood (191).
La película cuenta la historia del ascenso y caída de José Luis Torrente Galván en sus esfuerzos por liderar el partido político Nok (una parodia del actual Vok), lo que lleva la caricatura a extremos no explorados en películas anteriores. Hasta la quinta parte, su protagonista resultaba moralmente repugnante y encarnaba un estereotipo español arcaico, racista, machista y homofóbico. Sin embargo, aparte del hedor franquista, no estuvo asociado con ningún partido político específico de la época: describió una realidad deformada e irónica que combinaba bien con la tradición grotesca española.
Sin embargo, la sexta parte provocó una polémica que resultó anecdótica en las otras cinco: un retrato crítico de una sociedad dura a través de un personaje despreciado y ambiguo, que funcionó de manera extraordinaria en las películas anteriores, provoca ahora una urgente necesidad de posicionarse políticamente. Pero ¿por qué este sentimiento es más generalizado hoy que hace veintiocho años?
Cambios sociales
Primero, José Luis Torrent no evolucionó, pero sí la sociedad española. No es lo mismo la verdadera opacidad irónica posmoderna de 1998 que la transparencia metamoderna de 2026. Y esto se nota tanto en el personaje como en su recepción por parte del público.

Imagen de la primera parte de la serie Torrent: Torrent, la mano insensata de la ley. IMDB
La impronta irónica con la que se realizó la película, propia de la ficción americana de los noventa -de la que Homero Simpson sería un buen ejemplo- no se ha mantenido de forma tan evidente en la narrativa actual. La independencia entre moralidad y estética no es tan clara y la crítica social de los estereotipos a través de la ironía requiere ahora explicaciones y representaciones más transparentes y literales.
Santiago Segura tuvo que aclarar en varias ocasiones que Torrent es un personaje ficticio, que nada tiene que ver con él. Esta explicación se ha vuelto más común con el paso de los años. Aunque parezca una obviedad, hay espectadores que son incapaces de establecer esa distancia entre autor y personaje; Cuestión aún más compleja si es necesario captar la distancia inherente a su característica ironía.
La ironía se pierde
Esto nos lleva a la segunda razón por la que el protagonista, en su sexto acto, es controvertido: la vacilación del ejercicio irónico hace que un personaje que se presenta como poco glamoroso pueda llegar a serlo, según el contexto. Ésta fue una de las grandes sorpresas de Torrente, el presidente.
En Imitación y experiencia, así como en Concreto universal, el filósofo español Javier Goma explica detalladamente este fenómeno. En la tradición narrativa existen personajes que pueden considerarse modelos a seguir y que combinan diferentes valores sociales, expresando en definitiva una forma de ser. Se trata de casos como el de Aquiles, Sigfrido, Frodo Bolsón o Harry Potter, entre otros.
Por otro lado, hay personajes que no están diseñados para ser imitados ni tomados como referencia. Nacieron con formas modernas de contar historias y hoy disfrutan de cierto éxito. Don Quijote, Hamlet, Fausto o Raskolnikov son algunos de los prototipos que Goma considera excepcionales, cuya actitud no es imitada ni generalizada.
El conflicto surge cuando el espectador invierte la función original de estos perfiles. En primer lugar, cuando un personaje excepcional se convierte en modelo universal. Si esto sucede, caemos en el mimetismo o mala imitación, lo que lleva a la recreación de modelos que no son ni social ni moralmente útiles, elevando lo vulgar a ejemplar.
Esto es lo que sucede con Torrente en su concepción literal: lejos de ser recibido como un ejercicio irónico excepcional, se convierte en un referente excepcional, moral y político, que anula las posibilidades de la ironía y abre el camino a la imitación.
torrente torcido
Quizás el problema descrito ya era tangible en 1998 con Torrente, el estúpido brazo de la ley. Sin embargo, ese parece ser ahora el tema de fondo de su estreno. Torrent, Presidente resultó un éxito de taquilla. Por ello, los conflictos explicados están conectados con líneas políticas que imaginan la película desde dos perspectivas igualmente distorsionadas.
Por un lado, los distintos movimientos políticos y sociales surgidos en los últimos años (MeToo, Black Lives Matter, etc.) hacen que figuras que en los años 90 parecían jactanciosas y populistas a pesar de sus defectos no gocen ahora de la misma atención en algunos sectores de la izquierda. Por otro lado, parte de la derecha cae en el mimetismo y la confusión entre el autor y el personaje, algo que Santiago Segura ha rechazado reiteradamente.
La ironía original queda así desplazada, en crisis. La sociedad, dividida y representada en la película, se revela en una mala interpretación de la saga que pretende permanecer en la ironía posmoderna de los años noventa, pero que ahora es imposible.

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