El 17 de enero entró en vigor un acuerdo internacional que abarca más de la mitad del planeta: el Tratado de Alta Mar, también conocido como Tratado sobre la Biodiversidad fuera de la Jurisdicción Nacional. El manuscrito intenta regular quién puede pescar, las rutas de los grandes barcos, el tipo de proyectos que se pueden realizar en las profundidades del océano y quién se beneficia de los recursos marinos del futuro.
Territorio de nadie y de todos
El mar abierto comienza a una distancia de 200 millas náuticas de cada país, o 370,4 kilómetros de la costa. Ocupa aproximadamente el 64% de la superficie del océano, lo que la convierte en la “zona de no propiedad” más grande de la Tierra. Decenas de miles de barcos mercantes y militares lo cruzan cada año. Sólo la ruta Asia-Europa mueve millones de contenedores, cruzando aguas que no pertenecen a ningún país durante semanas seguidas. Y gran parte de la pesca industrial a gran escala también se realiza allí, lejos de cualquier costa y con un control muy limitado.
Durante décadas, la tecnología aplicada en el mar funcionó más rápido que las regulaciones. Hoy en día, los barcos son auténticas fábricas flotantes. Los arrastreros congelan y procesan el pescado a bordo. Algunos buques portacontenedores tienen más de 400 metros de largo y transportan más de 20.000 contenedores en un solo viaje. Y los científicos trabajan con robots a profundidades de seis mil metros. Pero las reglas para proteger esos espacios seguían siendo débiles y fragmentadas.
El Tratado de Alta Mar nació para cambiar eso. No crea un gobierno global de los océanos, pero sí un marco común para la conservación y el uso sostenible de los ecosistemas marinos fuera de las aguas nacionales. La medida más visible es la posibilidad de crear áreas marinas protegidas en mar abierto. Hasta ahora, más del 90% de las áreas protegidas se encontraban en aguas nacionales, y cada país protegía las suyas. En mar abierto apenas hubo ejemplos, porque nadie tenía una autoridad clara para decidir.
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Nuevas reglas del juego
Según el nuevo tratado, los países pueden proponer zonas basándose en criterios científicos. De aprobarse, se fijarán normas de uso que podrán afectar a las rutas marítimas, a la pesca o a las actividades industriales. El objetivo político es proteger el 30% del océano para 2030. Hoy en día, menos del 8% del océano está protegido de alguna manera, y sólo una pequeña fracción de esa protección es realmente fuerte.
Tomemos por ejemplo la ruta típica entre Shanghai y Rotterdam, que se caracteriza por un cruce de más de 10.000 millas náuticas (18.520 kilómetros), la mayor parte en alta mar. Si parte de esa ruta pasa por un área protegida sensible en el futuro, es posible que la compañía naviera tenga que alterar ligeramente la ruta, reducir la velocidad o demostrar que su paso no daña un ecosistema en particular. No es un cambio dramático, pero es una nueva variable de planificación, junto con el combustible, el tiempo y el costo.
Como novedad, el contrato introduce una evaluación de impacto ambiental en alta mar. Hasta ahora, el proyecto podía llevarse a cabo en aguas internacionales con requisitos medioambientales muy desiguales. Pero bajo el nuevo marco, cualquier actividad que pueda tener efectos significativos deberá estudiarse primero.
Un buen ejemplo de lo que supone esta nueva exigencia es el evidente tendido de cables submarinos. Hoy en día, existen más de 500 cables que cruzan los océanos y transportan más del 95% del tráfico de datos mundial. Muchos pasan por zonas profundas y poco estudiadas. Según el contrato, antes de tender un nuevo cable, será necesario analizar su impacto sobre el fondo marino, las especies sensibles o las zonas ecológicas relevantes y justificar las decisiones técnicas.
Lo mismo ocurrirá con campañas de pesca intensivas o con investigaciones que cambien físicamente el medio ambiente. Ya no será suficiente para hacer algo posible. Habrá que demostrar que se han considerado alternativas y que se han minimizado los daños.
Este aspecto es de gran importancia porque está directamente relacionado con los recursos genéticos marinos, sobre los cuales existe muy poco conocimiento.
En el océano existen bacterias procedentes de manantiales hidrotermales, algas u organismos de aguas profundas con propiedades únicas. Algunos compuestos ya se utilizan en cosméticos o medicamentos contra el cáncer. Una molécula descubierta en el mar puede generar millones de euros.
Hasta ahora, quienes tenían la capacidad tecnológica para encontrar estos organismos podían explotarlos casi sin límite. Pero el acuerdo introduce la idea de compartir beneficios: si esos recursos generan valor comercial, algunos de los beneficios tendrán que compartirse, especialmente con países que no tienen los medios para explorar el océano por sí mismos. Esto no detiene la investigación, pero nos obliga a documentar mejor el origen de los datos y muestras.
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Un acuerdo histórico que nos afecta a todos
El acuerdo también apoya la transferencia de tecnología. Monitorear en alta mar no es barato: requiere satélites, sensores, drones, lanchas patrulleras y análisis masivo de datos. Actualmente, varios países concentran esta capacidad.
El objetivo del nuevo acuerdo es que, con cooperación y formación, más países puedan participar en el seguimiento y protección de los océanos, lo que tendrá un impacto directo en el transporte marítimo. El 90% del comercio mundial se mueve por vía marítima, por donde navegan cada día más de 50.000 buques mercantes. El Mar del Pueblo es tu gran autopista.
El tratado no quiere bloquearlo, pero quiere hacerlo compatible con la protección del medio ambiente. ¿Porque? A medio plazo, algunas rutas podrían atravesar zonas protegidas con normativa especial, lo que obligaría a integrar criterios medioambientales en la planificación de rutas, la velocidad, el consumo y las decisiones operativas. La importancia de demostrar el cumplimiento también aumentará: simplemente afirmar que se han cumplido las normas no será suficiente.
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¿Hay algo que esté exento de regulación por contrato? Sí: la minería de los fondos marinos, que seguirá bajo la jurisdicción de la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (ISA). Sin embargo, las evaluaciones de impacto y las áreas protegidas pueden limitar dónde y cómo pueden tener lugar estas explotaciones. El mensaje implícito es que ya no todo va a ninguna parte del océano.
Tras su entrada en vigor, ahora deberán crearse órganos de gobierno, comités científicos y sistemas de control. La eficacia dependerá de si se dedican recursos reales a monitorear y hacer cumplir las reglas. Sin barcos, satélites y datos, las normas no irán más allá del papel.
Sin embargo, con este acuerdo histórico, alta mar ya no es el “salvaje oeste” del planeta. No tiene dueño, pero tiene reglas claras que garantizan que el océano siga existiendo tal como lo conocemos. Aunque esta pregunta parezca ajena a nuestra vida diaria, afecta lo que comemos, lo que compramos y cómo se mueve el mundo. Más de la mitad de la Tierra está empezando a tener estándares diseñados para durar, no agotarse. Y eso, aunque ocurre lejos de la costa, nos afecta mucho más cerca de lo que pensamos.
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