La actual crisis energética provocada por el ataque de Israel y Estados Unidos a Irán, que se asemeja a la creada en Europa por la invasión rusa de Ucrania, nos recuerda que los combustibles fósiles causan más problemas además de su contribución al cambio climático: su concentración en determinadas áreas geográficas y el poder de mercado que algunas de estas regiones pueden alcanzar, resultan en amenazas a la seguridad energética, que pueden manifestarse en la disponibilidad de estos precios y en su disponibilidad.
En ocasiones como la actual (o como la invasión de Ucrania), el problema es inicialmente de cantidad: el bloqueo del Estrecho de Ormuz impide la salida de petroleros y de GNL (que transportan gas natural licuado, de esos que apenas permitieron a Europa sobrevivir tras el cierre de los gasoductos rusos), reduciendo significativamente la oferta de estas energías en el mercado.
Crisis mundial de precios
Según la Agencia Internacional de Energía, la guerra en Oriente Medio está provocando la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado mundial del petróleo. Frente a una demanda mundial estimada de 100 millones de barriles por día (mbd) de petróleo y 570 mil millones de metros cúbicos (570 mil millones de metros cúbicos) de gas natural licuado, los barcos que pasaban por el Estrecho de Ormuz transportaban un 20% de petróleo y un 21% de gas natural licuado.
Esta menor disponibilidad de oferta se traduce directamente en un aumento del precio, reflejando la escasez. Estos días, el petróleo cotiza a 100 dólares/barril, mientras que el gas natural en Europa ha alcanzado precios de hasta 40-50 euros/MWh (casi el doble de los altos precios que ya teníamos desde la invasión de Ucrania y la recuperación tras la pandemia).
Es importante destacar que esta crisis de precios afecta a todos los países, independientemente de si son productores de combustibles fósiles, aunque de forma asimétrica dentro de los países. Por ejemplo, los consumidores de Estados Unidos, que son básicamente independientes desde el punto de vista energético gracias a la producción de petróleo y gas natural, también sufrirán el aumento de los precios de la gasolina (algo menos del gas natural, que no es un mercado tan global como el petróleo). Es obvio que sus productores aumentarán sus ganancias.
Consecuencias para Europa y España
En el caso de Europa, o de China, no sólo hay un problema de precios, sino también de escasez: esos petroleros que llegaban de Oriente Medio ya no llegan, y habrá que buscar alternativas. Porque estas regiones no tienen recursos propios que puedan movilizar, como los estadounidenses.
Europa depende en un 73% de los combustibles fósiles (90-95% de importaciones) para el suministro de energía. En España, a pesar de los recientes avances en las fuentes de energía renovables, el consumo de energía final sigue siendo 70% fósil (100% importado), y el transporte se impulsa casi en su totalidad con petróleo.
Esto significa que la industria española puede ver amenazado su suministro de combustible, pero sobre todo tendrá que pagar más por su energía, al igual que los hogares. El principal medio de influencia es el precio del gas, tanto directamente como a través del precio de la electricidad (el precio del gas es clave para determinar el precio de la electricidad). Pero el precio del petróleo también afecta a quienes utilizan el transporte por carretera o por aire.
¿Qué podemos hacer?
Lo primero que se puede hacer para mitigar esta evidente vulnerabilidad sería intentar reducir nuestra dependencia de estos combustibles fósiles, de precio tan volátil y concentrados en cantidad. Razón de más para intentar seguir avanzando en la transición energética hacia fuentes descarbonizadas –sin emisiones de CO₂ ni de metano– que afortunadamente no tienen este problema (al menos no en términos de combustible).
De hecho, la respuesta europea a la crisis del gas ruso fue una iniciativa conocida como RePowerEU con los objetivos de promover el ahorro energético, la diversificación del suministro y la producción de energía limpia.
A corto plazo, también podemos pensar en otras medidas para garantizar que el impacto en las familias y las empresas no sea tan severo. La primera sería poner más petróleo y gas en el mercado, liberando las llamadas reservas estratégicas. La Agencia Internacional de Energía ha acordado liberar 400 millones de barriles de petróleo, pero eso equivale a sólo 20 días de suministro a través de Ormuz.
Y la lira también: la Agencia Internacional de la Energía libera 400 millones de barriles de sus reservas estratégicas y provoca un efecto rebote en los mercados
Diversos agentes en España han propuesto otras opciones por si la guerra se prolonga: recortar impuestos, subvencionar el consumo (como los famosos 20 céntimos por litro de combustible implantados en España en 2022), eliminar el precio del CO₂, o volver a la “excepción ibérica” o tope de precio del gas.
Todas estas medidas mejoran algo, pero perturban otras cosas. Por ejemplo, un bono de consumo estimula la demanda (exactamente lo contrario de lo que queremos hacer en tiempos de escasez), excepto que también puede ser captado por los productores no bajando los precios tanto como el bono o aumentando el precio y manteniendo parte del descuento. La capa de gasolina tiene problemas similares. Los recortes de impuestos, por otro lado, son altamente regresivos y benefician más a los ricos que a aquellos con menos recursos.
La Comisión Europea, después de la crisis de Ucrania, propuso una serie de medidas en caso de una emergencia de precios, en parte para intentar imponer algo de sentido común y en parte para evitar que cada Estado miembro librara una guerra por su cuenta (perturbando, por cierto, el mercado único). Su recomendación a corto plazo: que las ayudas se dirijan a consumidores vulnerables y que sean a tanto alzado, es decir, que no haya descuentos, bonificaciones, desgravaciones fiscales, sino que se presente como una ayuda fija que no modifica el precio del producto.
No estaría mal que volviéramos a estas recomendaciones europeas y, como señalé antes, siguiéramos impulsando la transición energética, porque es la mejor manera de evitar aún más miedos en el futuro.
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