Comentarios irónicos que normalizan estereotipos, chistes repetidos sobre determinados colectivos, referencia constante a “lo políticamente correcto” o el uso de jergas específicas que indican familiaridad con un entorno de potencial radicalización (por ejemplo, el uso de palabras como simp)… ¿qué podemos hacer los adultos, en casa y en el colegio, ante estas actitudes de los adolescentes?
Nuestra reacción puede marcar la diferencia. Si respondemos señalando, culpando o prohibiendo, reforzamos el marco que ya rige este perfil de usuario: la idea de que existe una élite moral que silencia a quienes “dicen la verdad”. La estigmatización puede convertirse en el combustible de la identidad.
¿De verdad lo crees?
Cuando escuchamos una expresión, frase o discurso claramente radicalizado o que incita al odio hacia determinados colectivos, debemos ser conscientes de que esas ideas no suelen surgir de los adolescentes que las dicen, sino de lo que las redes quieren enseñarles. Eso no significa que deba ignorarse.
Plataformas como TikTok, YouTube o Instagram no son simples espacios de socialidad; Se trata de entornos diseñados según una lógica de negocio muy específica. Su modelo económico depende de atraer y retener la atención, por lo que siempre priorizan los contenidos polémicos que generan tráfico.
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Por tanto, los mensajes antifeministas, racistas o contra la libertad de identidad sexual no deben entenderse como un fenómeno aislado o únicamente ideológico. Muchos niños que consumen este contenido no lo hacen, al menos inicialmente, porque “odian el feminismo” o el progresismo social en general. Lo hacen porque lo encuentran más, porque está mejorado con algoritmos para activar emociones poderosas (tristeza, frustración, sensación de injusticia) y se articulan en formatos breves y virales que se comparten fácilmente.
Malestar con base real.
Por ejemplo, en el caso del antifeminismo, nos enfrentamos a la siguiente situación. Muchos adolescentes crecen en el contexto de una transformación acelerada de los roles de género sin necesariamente contar con las herramientas simbólicas para interpretar estos cambios.
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Al mismo tiempo que el discurso público plantea –con razón y con urgencia– la necesidad de masculinidades más igualitarias, corresponsables y no violentas, los procesos de socialización masculina siguen anclados en gran medida en la lógica tradicional del éxito asociada con la competencia, la acumulación y la validación a través del estatus. Es decir, reciben constantemente, y de diferentes maneras, planteamientos contradictorios.
Empatizar y escuchar
Desde una perspectiva preventiva, el primer paso debe ser empático. Empatía no significa legitimar posiciones reaccionarias, sino reconocer que detrás de ciertos discursos hay experiencias de desorientación o pérdida de referentes.
Escucharlos, entender sus necesidades y deseos desde su perspectiva, es la mejor manera de prevenir y contrarrestar estos mensajes.
Es importante abrir espacios de conversación, tanto en casa como en los centros educativos, donde se puedan discutir tensiones y conflictos sin que queden reducidos a consignas.
También trabajas la alfabetización mediática desde una perspectiva crítica: entendiendo cómo funcionan los algoritmos, por qué se recomiendan ciertos contenidos periódicamente, qué significa que la plataforma privilegia la interacción sobre la deliberación. Hay experiencias muy interesantes al respecto.
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Gestión de tecnología
Y, sobre todo, supone asumir que no se trata sólo de adolescentes. El ecosistema digital responde a intereses económicos y decisiones políticas. Si las plataformas recompensan el conflicto porque genera clics, estamos ante una cuestión de gobernanza tecnológica y regulación del mercado, no un déficit moral juvenil. Transferir la responsabilidad exclusivamente a las familias o a los propios niños es una forma de hacer invisible esta dimensión estructural.
Hablar, explicar y escuchar no es ingenuidad; Es una estrategia. La radicalización no se desactiva mediante el silencio o los castigos automáticos, sino creando las condiciones para que otras formas de pertenencia y masculinidad sean imaginables y vivas.
Diálogo para la elaboración de pensamientos.
En lugar de presentar la confrontación como una “corrección”, es más útil crear condiciones en las que los adolescentes puedan hablar sobre lo que han visto u oído en línea y sentirse tomados en serio. Mantener conversaciones donde los adolescentes puedan expresarse les anima a desarrollar sus propias ideas en lugar de limitarse a reproducir eslóganes.
A partir de ese punto, se puede trabajar el pensamiento crítico de forma incremental y contextual, animando a las personas a explorar diferentes fuentes por curiosidad y no por obligación. Animarlos a compartir su perspectiva y escuchar sin juzgar mejora la comunicación y les crea oportunidades para mirar más allá de lo que los algoritmos les “enseñan” sin sentir que su identidad está siendo atacada.
A través de nuestras acciones individuales, no podemos cambiar la estructura del capitalismo digital, que utiliza malestares sociales específicos a una edad temprana con fines económicos. Pero lo que está en nuestras manos es pensar en nuestra participación en las redes sociales, en los contenidos que recibimos y ser conscientes de que ningún mensaje radical suele ser aleatorio y espontáneo, sino que es meditado y medido. Al menos hagamos lo mismo, pensemos antes de escribir, compartir o comentar.
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