¿Por qué necesitamos ‘me gusta’? Contribución en tiempos de hiperconexión digital

ANASTACIO ALEGRIA
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¿Estás mirando tu celular esperando un mensaje que no llega? ¿Prefieres mantener la distancia y sólo responder cuando te apetece? ¿A veces buscas cercanía, pero cuando la tienes sientes la necesidad de alejarte? ¿Compruebas una y otra vez quién vio tus historias o a quién le gustaron tus publicaciones?

Estas pequeñas reacciones apuntan directamente a nuestro estilo de apego. Es decir, la forma en que conectamos con las personas y cómo buscamos cercanía y seguridad. Desde la niñez hasta la edad adulta, el apego da forma a nuestras relaciones. Y hoy, en un mundo hiperconectado, también se cuela en nuestros chats, me gusta y ese scroll que parece no tener fin.

Nuestro campamento base

Para explicar mejor la teoría del apego, formulada por John Bowlby, podemos utilizar el senderismo como metáfora.

Cada persona tiene su propio campamento base: un lugar para descansar, recargar energías y sentirse seguro. Ese campo es precisamente la fuente del apego; o en otras palabras, las personas importantes en nuestras vidas. Pero no todos nos relacionamos con ese campo de la misma manera. La frecuencia con la que volvemos a él, la confianza con la que lo dejamos y la forma en que comprobamos si “todavía está ahí” dan forma a nuestro estilo de apego.

Cuando una persona cree que el campamento todavía está disponible, puede explorar la montaña con seguridad y regresar sólo cuando necesite suministros: esta es una conexión segura. Si, en cambio, la mirada se dirige una y otra vez hacia el campamento, como si temiéramos no perderlo de vista, estamos ante un apego ansioso.

BalanceFormCreative/Shutterstock

También hay quienes prefieren mantenerse a distancia y depender lo menos posible de su refugio: el apego evitativo. Y en algunos casos, el acercamiento al campo no es del todo tranquilizador; Es un refugio y, al mismo tiempo, un motivo de preocupación. Ésta es la desorientación típica del apego desorganizado.

Entonces, la forma en que nos relacionamos con ese “campo”, no el campo en sí, determina cómo nos conectamos, cómo buscamos la intimidad y cómo regulamos la distancia y la soledad.

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Un imperativo biológico

El apego es un imperativo biológico tan antiguo como nuestra especie. Su función es sencilla y necesaria para la supervivencia: ayudarnos a sentirnos protegidos y seguros cuando figuras importantes no están presentes.

En la infancia, esto se traduce en buscar el ala de un cuidador; en la vida adulta, llamar a alguien o quedar para tomar un café; y en la era digital, en conseguir Me gusta, verificar o publicar una historia en Instagram.

Acciones cotidianas como desplazarse, consultar publicaciones o comprobar si esa persona está en línea son, en esencia, estrategias para reducir la distancia emocional y mantener una conexión con las personas que nos importan.

Objetos transicionales: mantas y peluches… digitales

Durante la infancia, muchas personas desarrollan un apego intenso a objetos, como mantas o animales de peluche. Son los llamados “objetos de transición”, puentes que tienden a minimizar la polarización entre ausencia y presencia. Simbolizan y aportan cercanía, tranquilidad y seguridad cuando no se dispone de una figura de apego.

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Sin embargo, en este nuevo paradigma digital, estos objetos han cambiado de forma. Las mantas y los animales de peluche han sido reemplazados por teléfonos inteligentes, que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha llamado “animales de peluche digitales”.

Este término se refiere no sólo al dispositivo en sí, sino también a todas las experiencias que permite: un chat fijo con tu mejor amigo, una lista de reproducción en Spotify cuando estás de mal humor o un desplazamiento interminable cuando te sientes nervioso o necesitas escapar y buscar emociones placenteras.

Estas experiencias ofrecen continuidad, previsibilidad y una sensación de disponibilidad permanente, tres ingredientes clave de la seguridad emocional. O, como habrás identificado, una fuente segura de archivos adjuntos. Y, en palabras de Han: “El mundo parece estar a mi disposición digitalmente.

Estilos de apego en el entorno digital

Basta con detenernos un momento y observar el uso de nuestro propio teléfono móvil para poder “autodefinir” nuestro estilo de apego.

¿Revisamos constantemente los mensajes, esperamos respuestas instantáneas o medimos la participación en me gusta y vistas? El teléfono se convierte entonces en una especie de “base segura” portátil: un lugar al que puede acudir para obtener señales de conexión y validación instantáneas. Así, el apego ansioso se manifiesta en el entorno digital.

¿Respondemos a nuestro propio ritmo, nos distanciamos y evitamos la disponibilidad constante? La comunicación digital permite regular la necesidad de espacio personal, mantener la distancia emocional y un control ilusorio ante el miedo al abandono o al rechazo social. Este uso del teléfono inteligente es una evitación del apego.

¿Queremos conectarnos con alguien, pero nos sentimos incómodos o desconfiados cuando lo hacemos? ¿Nos acercaremos y luego nos alejaremos? Esto es lo que define un patrón de apego desorganizado.

El espacio virtual intensifica la dualidad y la ambivalencia al percibir escenarios y realidades paralelas: mi “yo en línea” versus mi “yo fuera de línea”. En este momento nacen nuevas formas de comunicación emocional de las que probablemente hayas oído hablar: fantasmas, bombardeos de amor o migas de pan, entre muchas otras. Y, por supuesto, cada uno haría un artículo completo por sí mismo.

Del mundo real al digital

Al leer este artículo, es posible que haya reconocido varios estilos de apego. Y es normal: aunque suele tener una tendencia dominante, no es algo puramente rígido. Dependiendo del contexto, de cómo nos sentimos o del tipo de relación que tengamos con otras personas, podemos movernos entre diferentes patrones de apego.

En particular, las personas con apego seguro mantienen un uso equilibrado y saludable de sus relaciones virtuales. Utilizan las redes sociales para mantener y fortalecer el contacto, pero mantienen la relación principalmente fuera de la pantalla.

Sin embargo, incluso cuando existe un buen equilibrio en la vida offline, el entorno digital introduce dinámicas que pueden activar comportamientos propios de estilos de apego más inseguros.

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Muchas aplicaciones están diseñadas para generar respuestas ocasionales y satisfactorias: la cantidad de me gusta, reacciones inesperadas o mensajes que llegan sin previo aviso. Además, estas “comunicaciones digitales” introducen aspectos como la ambigüedad, la comparación social o señales emocionales poco claras.

Como resultado, es común desarrollar conductas más impulsivas u obsesivas: revisar el teléfono con frecuencia, prestar atención a las notificaciones o sentir que el dispositivo debe estar siempre a mano, casi como si fuera una extensión del propio cuerpo.

No se trata de un cambio en el estilo de apego, sino que el contexto digital modifica temporalmente su funcionamiento, creando condiciones que favorecen una mayor desregulación emocional y afectiva. Incluso las personas con una base segura pueden experimentar momentos de incertidumbre, ansiedad o tensión en sus relaciones a través de su teléfono inteligente.

Hacia una relación más sana

Los espacios digitales se han convertido en el escenario principal de nuestras relaciones. No reemplazan las relaciones tradicionales, sino que las transforman y reconfiguran.

Observarnos a nosotros mismos sin juzgarnos, darnos cuenta cuando usamos nuestros teléfonos celulares por un deseo genuino de conexión y cuando por ansiedad o necesidad de control, nos da el poder de tomar decisiones en lugar de una reacción automática. Gestos simples pueden marcar la diferencia: separar las comprobaciones en línea, reconocer cuando navegamos por aburrimiento o priorizar el contacto humano sobre las interacciones asincrónicas y superficiales.

Es una oportunidad para tomar conciencia y relacionarnos de una manera más equilibrada en un mundo hiperconectado. Por tanto, el teléfono dejará de ser un “peluche” al que nos aferramos por miedo y pasará a ser una herramienta al servicio de algo profundamente humano: la conexión, la comodidad y el sentimiento de ser parte de algo más grande.


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