Por qué existe la corrupción: monitorear y castigar no es suficiente

ANASTACIO ALEGRIA
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Los casos de corrupción ocurren con una regularidad casi predecible. Los nombres cambian, pero no la lógica detrás de ellos. A menudo se presentan como simples episodios de avaricia o fracasos éticos individuales. Sin embargo, esta explicación es incompleta si no consideramos los contextos institucionales que facilitan estos comportamientos. La corrupción adopta diferentes formas, socava la confianza en las instituciones, afecta la desigualdad y obstaculiza el desarrollo social.

Durante mucho tiempo, la corrupción se explicó como un problema de control (modelo principal-agente). Los ciudadanos o el Estado delegan el poder en funcionarios o políticos, quienes pueden aprovechar esa posición. La solución, según este enfoque, es controlar y castigar más estrictamente.

Esta explicación no es suficiente para entender por qué la corrupción persiste y se normaliza, incluso cuando no corresponde a las necesidades económicas. El modelo supone decisiones racionales e ignora cómo influyen los sesgos, las normas sociales y el contexto institucional. Para comprender y reducir la corrupción, también debemos prestar atención a lo que se llama arquitectura de decisiones: cómo se estructuran y diseñan los entornos y las instituciones en las que operan las personas.

Cómo el entorno influye en nuestras decisiones

La economía del comportamiento muestra que nuestras decisiones están influenciadas por la complejidad del entorno, los sesgos cognitivos y las limitaciones de la atención y la memoria. En muchas situaciones, no tomamos decisiones después de un análisis cuidadoso, sino mediante atajos mentales propios de la racionalidad limitada. El entorno y la forma en que se presentan las opciones tienen una influencia decisiva.

Desde esta perspectiva, el comportamiento corrupto no sólo es inmoral y está relacionado con la codicia, sino que también puede ocurrir cuando es facilitado por incentivos, normas sociales y diseño de procedimientos. Esto no quiere decir que no exista responsabilidad moral o legal, pero es importante reconocer que existen entornos que hacen que el comportamiento inapropiado sea más fácil, más tentador o incluso esperado.

Cuando la corrupción se vuelve normal

Muchos estudios demuestran que tendemos a imitar lo que hacen los demás. Cuando la corrupción parece algo común, aumenta la disposición a aceptarla. Si “todo el mundo lo hace”, nadie quiere ser el tonto honesto excluido. Esto crea una trampa social que se reproduce y normaliza.

Además, el seguimiento y el castigo no siempre reducen la corrupción y, en algunos contextos, pueden incluso aumentarla al convertir la decisión en un cálculo de riesgo estratégico. Cuando la gente sabe que hay inspecciones o sanciones, puede dejar de evaluar el comportamiento en términos morales y empezar a hacerlo en términos de un juego de probabilidad: “¿Me van a pillar o no?”.

En la corrupción política, las respuestas habituales suelen fracasar. Más sanciones penales llegan tarde, más leyes no resuelven el problema y los llamamientos a la ética individual no son suficientes si el sistema empuja en la dirección opuesta. Por lo tanto, las soluciones más prometedoras incluyen reducir la discreción, aumentar la trazabilidad y rediseñar los procesos de toma de decisiones para hacer que la corrupción sea más difícil, visible y costosa.

Además, es crucial evitar que la corrupción sea percibida como algo común, porque, como hemos visto, cuando se considera frecuente aumenta la probabilidad de que ocurra.

Cambiar el contexto para cambiar el comportamiento.

Para explicar por qué el contexto importa, el economista y politólogo estadounidense Herbert Simon recurrió a la imagen de una hormiga en una playa. Si sólo observamos a la hormiga, no entendemos su comportamiento. Para entender esto hay que fijarse en la playa, los montones de arena y los obstáculos que tiene que superar. Del mismo modo, nuestras decisiones sólo se comprenden si prestamos atención al entorno en el que operamos. Como diría Simon, nuestras decisiones son como unas tijeras, cuyas hojas inseparables son nuestras capacidades y nuestro entorno.

Dado que las reformas y los controles legales no han logrado reducir la corrupción de manera sostenible, es crucial rediseñar los contextos de toma de decisiones. Esto incluye medidas organizativas (como la rotación de personal, la reducción de intermediarios o la limitación de interacciones discrecionales) y el uso de políticas públicas de comportamiento, como incentivos: pequeños cambios en los procedimientos que aumentan la transparencia, introducen fricciones en el comportamiento corrupto y facilitan la presentación de informes y el trato justo.

Algunos ejemplos ilustran este enfoque:

Argentina: Los pagos relacionados con programas sociales y ayudas se han digitalizado a través de plataformas como Mercado Pago, reduciendo el uso de efectivo y aumentando la capacidad de seguimiento, lo que limita las oportunidades de corrupción.

Chile: la plataforma Chilecompra estandarizó y transparente la contratación pública, limitando la discrecionalidad administrativa.

Nigeria: Los estudios sobre contratación pública digital (e-procurement) muestran que estos sistemas reducen la discreción y el contacto directo entre funcionarios y proveedores, lo que dificulta las prácticas corruptas.

No se trata de sustituir leyes, sino de fortalecerlas modificando el contexto en el que se toman las decisiones. Si queremos dejar de sorprendernos con cada nuevo escándalo, sería aconsejable mirar menos a las “manzanas podridas” y más al cesto en el que se encuentran: la lucha contra la corrupción requiere un replanteamiento del diseño de nuestras instituciones y del comportamiento que permiten.


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