La mala educación, ya sea real o percibida, puede tener un efecto profundo en la colaboración, la confianza y la cultura del lugar de trabajo. Sin embargo, los juicios sobre lo que consideramos límite no se limitan a palabras o frases específicas que indican falta de respeto, sino que están determinados por el procesamiento emocional del oyente, la atención a señales no verbales y la actitud moral subyacente.
En entornos multilingües, esta complejidad es aún mayor, ya que los malentendidos surgen no sólo de lagunas en el vocabulario o errores gramaticales. De hecho, a menudo tienen más que ver con nosotros mismos (nuestros propios juicios emocionales y morales sobre lo que otros dicen y hacen) que con las palabras que se pronuncian.
Si te comunicas a menudo en tu segundo idioma, a menudo te encontrarás con esto. Es posible que alguien te hable con calma, claridad y sin ningún atisbo de mala voluntad, pero aún así te deje con una sensación desagradable: “No dijo nada malo… pero me pareció grosero”.
Nuestra investigación arroja luz sobre este fenómeno al analizar la intersección entre la pragmática (cómo se usa el lenguaje en contexto), la investigación de las emociones, el bilingüismo y la psicología moral.
En un estudio reciente, publicado en Lingua, examinamos cómo las personas que utilizan su primera y segunda lengua evalúan la incivilidad en las interacciones laborales. Nuestros hallazgos revelan que los juicios de mala educación no son puramente lingüísticos, ni siquiera exclusivamente culturales; Están profundamente conectados con las emociones y la intuición moral.
Evaluación del descortesía en el lugar de trabajo
Reclutamos a 55 hablantes nativos (L1) de inglés y 45 hablantes de español cuya segunda lengua (L2) es el inglés. Los participantes vieron una serie de videos que mostraban interacciones en el lugar de trabajo que involucraban solicitudes, interrupciones, desacuerdos y órdenes. Después de ver cada clip, se les pidió:
Calificarían lo grosera que les pareció la interacción.
Describe las emociones que experimentaron.
Rellenarán un cuestionario para medir sus valores morales.
El uso de vídeo en lugar de diálogo escrito permitió a los participantes responder con tono de voz, expresión facial y gestos; es decir, las mismas señales en las que confiamos en los lugares de trabajo reales. Esto es crucial, ya que investigaciones anteriores muestran que los usuarios de L2 tienden a confiar más en la información visual, como el lenguaje corporal, cuando procesan interacciones en idiomas extranjeros.
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Percepciones de falta de educación
Nuestro estudio reveló dos patrones principales.
En primer lugar, los hablantes de una segunda lengua son más sensibles a la falta de educación. Los hispanohablantes que usaban el inglés como segundo idioma tendieron a calificar las mismas interacciones como más groseras que los hablantes nativos de inglés. Es importante destacar que esto no significa que hayan malinterpretado el idioma.
Una explicación es que los hablantes de una segunda lengua pueden sobrestimar el carácter ofensivo, un patrón observado previamente con el lenguaje tabú o con carga emocional en contextos de L2. Algunos fragmentos también incluían palabrotas o intercambios de tiempo, lo que representaba una posible “señal de alarma” para los destinatarios de la L2 ante situaciones que los hablantes nativos podían interpretar con más matices.
Otra explicación radica en la atención: dado que el procesamiento del habla en L2 implica un mayor esfuerzo cognitivo, es posible que los participantes confiaran más en las expresiones faciales y los gestos. Interpretar estas señales como una indicación de tensión o conflicto podría haber llevado a índices más altos de incivilidad.
También es posible que los hablantes de una segunda lengua sean más sensibles a señales que interpretan como descorteses y más cautelosos ante una posible falta de respeto, tal vez debido a la incertidumbre sobre las normas culturales o pragmáticas.
Otro hallazgo fue que las respuestas emocionales fueron sorprendentemente similares entre los grupos. A pesar de las diferencias en las percepciones de descortesía, ambos grupos informaron respuestas emocionales similares a comportamientos que percibieron como descorteses.
Esto es importante porque cuestiona la idea de que las personas sienten menos emociones cuando usan un segundo idioma. De hecho, las emociones eran igual de intensas en L2 que en L1. Muchas de estas emociones reflejaban moralidad e incluían empatía, enojo por el comportamiento dañino y preocupación por la justicia y el respeto.
Las reacciones emocionales particularmente intensas fueron causadas por acciones que violaron los fundamentos morales del daño y el cuidado (por ejemplo, situaciones en las que alguien fue tratado con falta de respeto o se descuidó su bienestar). Se descubrió que la ira era una de las emociones dominantes, especialmente en vídeos donde los participantes percibían acoso, sexismo u opresión.
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Gestión de entornos de trabajo multilingües.
Nuestros hallazgos tienen numerosas implicaciones, tanto científicas como prácticas.
Primero, descubrieron un marco moral común entre culturas. Las respuestas emocionales a la falta de educación parecen tener sus raíces en valores morales similares en todos los grupos lingüísticos. Esto proporciona un terreno común en el que los empleadores y los formadores interculturales pueden trabajar para fomentar una mejor comunicación.
Nuestro estudio también destaca la necesidad de ir más allá de la competencia lingüística a la hora de aprender y enseñar. Comprender la mala educación no es sólo conocer el vocabulario, sino también interpretar las señales sociales y emocionales en contexto.
Por tanto, los educadores deben formar a las personas para que se comuniquen correctamente. Los estudiantes de una segunda lengua pueden beneficiarse de una discusión explícita sobre cómo los gestos, el lenguaje tabú y el tono emocional pueden malinterpretarse cuando la atención se centra en una sola parte de la interacción.
Este tipo de formación también debe adaptarse a diferentes contextos. Las culturas orientales, por ejemplo, tienden a ser de “alto contexto”, lo que significa que los hablantes pueden preferir un lenguaje indirecto y cauteloso, o lo que los lingüistas llaman “debilitamiento”. Sin embargo, las personas de culturas de “bajo contexto”, como Rusia, pueden encontrar que el lenguaje explícito y directo es más honesto y, por lo tanto, más educado.
Una mayor conciencia de las reglas lingüísticas culturales y personales que siguen nuestros colegas nos permite evitar ofensas involuntarias. Sería imposible aprender las normas lingüísticas de cada sociedad, pero podemos derribar barreras si somos más conscientes de estas diferencias, tanto cuando hablamos como cuando nos hablan en otro idioma.
La moral es importante
Es tentador pensar que los juicios sobre la educación son puramente culturales o lingüísticos. Pero nuestro estudio muestra que las emociones morales (sentimientos instintivos que nos dicen que algo está bien o mal) son fundamentales para la percepción de un comportamiento grosero, incluso cuando se habla en otro idioma.
En particular, los participantes de nuestro estudio hicieron comentarios morales frecuentes y espontáneos sobre lo que vieron, describiendo el comportamiento como misógino, acosador o injusto. Esto muestra que nuestros juicios sobre la descortesía a menudo giran en torno a cuestiones más profundas de orden moral, incluso cuando solo somos observadores de una interacción.
A medida que los lugares de trabajo se globalizan cada vez más, será vital comprender no sólo el lenguaje, sino también las perspectivas emocionales y morales que las personas aportan a la comunicación. Los malentendidos no son sólo errores de pronunciación: pueden surgir de la forma en que interpretamos los gestos, procesamos las emociones y aplicamos el juicio moral a lo que vemos.
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