Por qué a medida que envejecemos nuestro sueño se vuelve más ligero y cómo afecta nuestra salud

ANASTACIO ALEGRIA
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Con el paso de los años es normal notar que nuestro sueño cambia. Dormimos menos horas, nos despertamos más durante la noche y nos cuesta más conciliar el sueño. De hecho, existe la creencia generalizada de que las personas mayores necesitan dormir menos por la noche.

Sin embargo, la evidencia científica sugiere que el problema no es una necesidad reducida, sino una capacidad reducida para producir un sueño profundo y sostenido. El cerebro que envejece todavía necesita descansar, pero es más difícil hacerlo bien. Continúa “durmiendo” pero lo hace de forma más superficial. Es como si el interruptor que mantiene el sueño constante perdiera firmeza con el tiempo.

¿Qué sucede en el cerebro para facilitar el sueño?

Uno de los principales factores del mal descanso con el envejecimiento es la pérdida de estabilidad del sistema que regula el sueño y la vigilia. En el cerebro joven, este sistema funciona como un interruptor: o estamos despiertos o dormidos. A medida que envejecemos, algunas neuronas responsables de promover y mantener el sueño se pierden y otras que mantienen la vigilia también se debilitan. Como consecuencia, el cerebro cambia de estado con mayor facilidad, lo que favorece un sueño más ligero y fragmentado.

A esto se suma el envejecimiento del reloj biológico. El núcleo supraquiasmático, un grupo de neuronas que coordina los ritmos circadianos de todo el cuerpo, sigue funcionando, pero el día se vuelve más corto y más temprano, y su señal también se vuelve menos intensa. Este es el motivo por el que las personas mayores tienden a conciliar el sueño y a despertarse más temprano y explica que el sueño nocturno sea menos consolidado y más sensible a los estímulos externos, mientras que la somnolencia aumenta durante el día. El cerebro recibe una señal menos clara sobre cuándo dormir y cuándo permanecer despierto.

Otro cambio importante afecta a la llamada presión del sueño, que aumenta durante el día y nos hace dormir por la noche, y que depende en parte de una sustancia conocida como adenosina. A medida que envejecemos, el cerebro sigue acumulando fatiga, pero responde menos a esa señal. Aunque la necesidad de dormir sigue ahí, es más difícil traducirla en un sueño profundo e ininterrumpido.

Además, este sueño profundo, necesario para la recuperación cerebral, también se ve directamente afectado por cambios estructurales en el cerebro. Esta etapa del sueño ocurre principalmente en las regiones frontales, las cuales pierden grosor y conexiones con la edad. Como resultado, las ondas cerebrales lentas que caracterizan el sueño profundo se vuelven más débiles y menos frecuentes -especialmente al comienzo de la noche- cuando antes eran abundantes.

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Durante el sueño, el cerebro también envía señales breves que ayudan a consolidar los recuerdos del día. Con la edad, estas señales disminuyen y se vuelven menos alineadas con el sueño profundo. Esto contribuye a que el aprendizaje y la memoria sean menos eficientes, incluso en personas mayores sanas.

Finalmente, el envejecimiento afecta las conexiones que permiten que diferentes regiones del cerebro funcionen sincrónicamente durante la noche. Aunque las neuronas que crean el sueño todavía están presentes, sus señales se propagan menos. El resultado es un sueño menos profundo, más fragmentado y menos reparador.

Es importante señalar que si bien el sueño de las personas mayores sanas es más frágil, estos cambios no necesariamente implican problemas cognitivos, sino que se consideran parte del envejecimiento fisiológico del cerebro.

No todo es biología

A estos cambios biológicos se suman factores no estrictamente cerebrales, que afectan decisivamente al sueño de una persona mayor y que muchas veces interactúan con los mecanismos neurobiológicos ya descritos. La pérdida de rutinas diarias, como horarios de trabajo regulares, actividad física estructurada o exposición constante a la luz natural, debilita las señales externas que ayudan a sincronizar el reloj biológico, aumentando la fragmentación del sueño.

En este período de la vida, los trastornos del sueño como el insomnio y la apnea obstructiva del sueño son más comunes y fragmentan el sueño. Al mismo tiempo, una mayor carga de enfermedades crónicas, como dolores persistentes, enfermedades cardiovasculares o respiratorias, trastornos del estado de ánimo, introduce despertares nocturnos adicionales y reduce la continuidad del descanso.

A esto se suma el uso frecuente de fármacos que, aunque necesarios, pueden cambiar la arquitectura del sueño: desde hipnóticos y ansiolíticos que modifican el descanso profundo, hasta antidepresivos, betabloqueantes o diuréticos que interfieren en el inicio, la estabilidad o la continuidad del sueño.

Juntos, estos factores actúan como moduladores que no explican el envejecimiento del sueño por sí solos, pero pueden intensificarlo y hacerlo clínicamente relevante cuando se impone a un cerebro ya vulnerable.

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Cuando el sueño ya no es “normal”: deterioro cognitivo y demencia

En los últimos años, se ha acumulado cada vez más evidencia sobre los efectos nocivos de la falta de sueño y los trastornos del sueño en la salud del cerebro. Dormir mal no sólo se asocia con un peor rendimiento cognitivo a corto plazo, sino también con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia a largo plazo.

Este creciente interés se ha centrado en el sueño de las personas mayores, una etapa de la vida en la que el descanso cambia casi universalmente. Sin embargo, uno de los mayores desafíos actuales es trazar una línea clara entre los cambios del sueño que forman parte del envejecimiento normal, sin consecuencias físicas o mentales negativas, y aquellos que pueden representar una manifestación temprana de procesos neurodegenerativos aún subclínicos. En el caso de una persona que comienza a notar un deterioro de las características del sueño con la edad (más despertares, más superficiales, etc.), no existen biomarcadores que permitan determinar si se trata de cambios normales esperables con la edad o en realidad son una manifestación de procesos neurodegenerativos.

Aunque es normal que el sueño sea más fácil con la edad, algunos cambios van más allá de lo esperado y pueden indicar un envejecimiento cerebral poco saludable. Uno de los principales signos de alerta es la marcada y progresiva fragmentación del sueño, con múltiples despertares nocturnos prolongados y una sensación persistente de descanso no reparador, incluso cuando el tiempo total en cama es el adecuado. A diferencia del envejecimiento normal, en estos casos el sueño pierde estabilidad y continuidad.

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Otro signo relevante es la aparición o rápido empeoramiento de una somnolencia excesiva durante el día, especialmente cuando interfiere con las actividades diarias o parece desproporcionada con el número de horas dormidas. Este patrón indica una pérdida de la capacidad del sueño para cumplir su función reparadora.

Desde un punto de vista neurocognitivo, resulta especialmente preocupante la coexistencia de alteraciones del sueño con cambios cognitivos sutiles, como dificultades de memoria reciente, atención o aprendizaje, incluso si todavía no cumplen los criterios de deterioro cognitivo. Las investigaciones muestran que esta combinación puede reflejar los procesos neurodegenerativos iniciales.

También se consideran señales de alarma los cambios cualitativos del sueño, no su simple acortamiento: desaparición casi completa del sueño profundo, clara reducción del sueño REM o inversión progresiva del ritmo sueño-vigilia, con mayor actividad nocturna y somnolencia diurna. Estos patrones no son típicos de un envejecimiento saludable.

Por último, merece atención la creciente necesidad de hipnóticos o sedantes para dormir, al igual que la repentina pérdida de eficacia de tratamientos que antes eran eficaces. En estos casos, el problema no suele ser sólo el insomnio, sino un cambio subyacente en los mecanismos del sueño del cerebro. Todos estos signos por sí solos no permiten diagnosticar una enfermedad neurodegenerativa, pero indican la conveniencia de evaluar el sueño como posible marcador temprano de riesgo, especialmente cuando los cambios son recientes, progresivos y asociados a cambios cognitivos.


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