Orcos, rugidos y música élfica: fonosimbolismo en acción

ANASTACIO ALEGRIA
8 Lectura mínima

En los caminos oscuros de Mordor, las palabras no sólo cuentan lo que sucede, sino que nos hacen sentir que el lugar es amenazador. Este es uno de los lugares descritos en la novela El Señor de los Anillos, en la que JRR Tolkien describe con maestría los gruñidos de los orcos o el aullido de un viento feroz entre las ruinas de Minas Morgul, donde el propio sonido de las palabras parece adaptarse a la dureza y oscuridad del paisaje. ¿Por qué, sólo por cómo suenan, algunos términos causan más preocupación que otros?

En el campo de las palabras

Durante mucho tiempo, la lingüística asumió que la relación entre la forma de las palabras y su significado era esencialmente arbitraria. Nada en el sonido de una mesa nos hace imaginar un mueble de cuatro patas y tablero. Sin embargo, esta idea comenzó a cuestionarse cuando se observó que tendemos a asociar sistemáticamente ciertos fonemas con conceptos relacionados con el tamaño, la textura, el movimiento e incluso estados emocionales.

Esta relación entre cómo suenan las palabras y su significado se conoce como fonosimbolismo.

Experimentos que ponen a prueba nuestra intuición

Si todo esto fuera sólo intuición literaria, bastaría con atribuirlo al talento de Tolkien. Pero la ciencia ha demostrado que estas asociaciones no son sólo una impresión subjetiva.

Los experimentos encontraron que la mayoría de las personas asocian sonidos suaves y redondeados, como en la palabra inventada bouba, con figuras que muestran formas curvas, mientras que los sonidos agudos y agudos de una nueva palabra, como kiki, se asocian más fácilmente con formas puntiagudas.

Las vocales y consonantes también muestran patrones similares. La vocal /i/, cerrada y anterior, se asocia sistemáticamente a palabras que expresan conceptos relacionados con objetos pequeños, ligeros o con connotación afectiva positiva. En muchos idiomas, términos relacionados con diminutivos, delicadeza o cercanía contienen este sonido: desde mini y chikuito en español, hasta palabras como pequeño o pequeño en inglés. Esto no es casual: al pronunciar /i/, los labios se estiran y se activa el músculo cigomático, mismo músculo que participa en la sonrisa, lo que refuerza la asociación con emociones placenteras. Además, existe una similitud entre el sonido agudo /i/ y las vocalizaciones producidas por los animales pequeños y sus crías –de mayor frecuencia y menos intensas–, que los humanos tendemos a percibir como inofensivas o incluso adorables.

Rivendel, el hogar de Frodo, es uno de los nombres fantásticos que Tolkien creó para El Señor de los Anillos. Su sonido evoca una sensación de belleza y serenidad. El Señor de los Anillos / New Line Cinema. Advertencia: animales peligrosos

Las consonantes no se quedan atrás. El fonema vivo y agudo /r/ aparece a menudo en palabras que se refieren a animales peligrosos, acciones violentas o sonidos aterradores. Esto sucede en idiomas muy diferentes, como el inglés (gruñido, rugido), el español (rouger) o el japonés (クルル, gururu), donde ciertos sonidos vibratorios se asocian igualmente con la fuerza o la agresión.

¿Por qué tantos rugidos, gruñidos y criaturas aterradoras “suenan” igual? Algunos investigadores sugieren que ciertas características acústicas activan respuestas de advertencia profundamente arraigadas en nuestro pasado evolutivo. En esta línea, las consonantes sibilantes, como /s/ o /ʃ/, se caracterizan por un roce continuo que recuerda al silbido que emiten algunos animales peligrosos para el ser humano, como las serpientes.

¿A qué huele una palabra?

Pero las asociaciones no se limitan a la vista o el oído. ¿Qué te parecería un olor agradable? ¿Y repulsivo? Cuando se pide a los participantes que relacionen palabras inventadas con olores, surgen patrones consistentes: se considera que ciertos sonidos son más compatibles con olores suaves o dulces, mientras que otros se asocian con olores fuertes o desagradables. Algo similar ocurre con el tacto, donde los sonidos suaves se asocian con superficies lisas o blandas, mientras que los sonidos agudos se asocian con texturas rugosas o duras.

Aunque la arbitrariedad sigue siendo una propiedad dominante del lenguaje, el fonosimbolismo no es ni una peculiaridad del lenguaje ni una curiosidad cultural aislada. Es una pista de que algunos aspectos del significado, a pesar de su diversidad, están respaldados por experiencias corporales y perceptivas compartidas.

Mientras tanto, ¿qué está pasando en el cerebro?

¿Qué sucede cuando escuchamos o leemos una palabra que “suena” como lo que significa? Los estudios que utilizan técnicas de neuroimagen muestran que cuando leemos palabras positivas, se activan tanto las regiones involucradas en el lenguaje (la circunvolución temporal superior o la circunvolución frontal inferior) como las áreas asociadas con el procesamiento emocional, incluida la amígdala.

Lo más interesante es que estas redes no funcionan de forma aislada. Cuando las palabras que expresan emociones agradables contienen la vocal /i/, como win, aumenta la comunicación entre los dominios lingüístico y emocional. Sin embargo, este aumento no se observa en palabras positivas que contienen vocales como la o, como en el caso del género. Esto se debe a que esta letra aparece con mayor frecuencia en palabras que expresan significados negativos.

Así, nuestro cerebro también tiene en cuenta cómo suenan las palabras a la hora de acceder a su significado, lo que potencia o disminuye la emoción que experimentamos al leerlas.

Sonidos de la Tierra Media

Después de todo, no es de extrañar que Tolkien tuviera tanto cuidado con el sonido de sus mundos. Así que basta con leer “¡Ob, globurz crash power!” imaginar a los orcos gruñendo o la atmósfera lúgubre de Mordor llena de amenazas y peligros. Por otro lado, “A Elbereth Gilthoniel o menel palan diriel” evoca elfos y lugares llenos de paz, familiaridad y belleza, como Rivendell o Lothlorien. Quizás por eso, al entrar en la Tierra Media, entendemos muchas cosas antes de que el texto nos las explique.


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