‘Nosotros el pueblo de Venezuela’: el camino constitucional para superar la ocupación y avanzar hacia la soberanía

ANASTACIO ALEGRIA
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Luego de una operación militar estadounidense que incluyó atentados con bombas y el arresto de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, quienes fueron trasladados a Nueva York para enfrentar cargos de narcoterrorismo, el presidente Donald Trump anunció el 3 de enero de 2026 que Estados Unidos gobernaría temporalmente Venezuela hasta que se lograra una transición segura, adecuada y razonable. La declaración abre un dilema que va más allá de los hechos militares. ¿Bajo qué modelo de gobierno se ejercerá ese poder, dentro de qué límites y cómo es compatible con el principio de soberanía popular que estructura el constitucionalismo latinoamericano?

La mayoría de las constituciones de la región, incluida la venezolana de 1999, proclaman que la soberanía reside en el pueblo, acompañada de catálogos de derechos y limitaciones al poder. Ese lenguaje resuena con la tradición estadounidense, cuya Constitución comienza con “Nosotros el Pueblo”, una fórmula que afirma que la fuente del poder no es el gobierno sino la ciudadanía, y que cualquier gobierno es legítimo sólo si opera bajo reglas y limitaciones claras. Si esa idea sirve como fundamento del constitucionalismo, también funciona como estándar para evaluar cualquier transición, incluso una que se presente como liberación.

La libertad no se mide por quién cae

En América Latina la palabra liberación tenía significados opuestos. Puede asociarse con transiciones democráticas que desmantelaron dictaduras, pero también con episodios en los que se utilizó la fuerza para imponer gobiernos, reorganizar instituciones y cerrar el pluralismo. Por eso la memoria cultural del continente insiste en la intuición básica. La libertad se mide no sólo por quién cae, sino por lo que queda en pie. En otras palabras, un resultado puede celebrarse y aun así producir consecuencias institucionales inesperadas.

Parte del debate público se centró en el derecho internacional y el uso de la fuerza. La Carta de las Naciones Unidas prohíbe la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, con excepciones como la legítima defensa contra un ataque armado o la autorización del Consejo de Seguridad. Este marco busca evitar que el poder militar se convierta en el método normal de reconfiguración de los gobiernos.

Pero también vale la pena aclarar un punto conceptual. La fuerza no es un elemento natural del derecho; Esa es tu última excepción. El sistema jurídico se define no sólo por sancionar, sino por ordenar conductas y generar expectativas comunes. Si la ley se redujera a penas, sería un mecanismo puramente represivo. Y la represión difícilmente puede ser la base de la reconstrucción institucional de un país que ha experimentado muchos años de coerción estatal.

Este punto se conecta con la discusión sobre la democracia. Los países del mundo dicen ser democráticos según diferentes modelos. Y la democracia no se agota con el proceso de recuento de votos. Además, en América Latina el gobierno no se elige a través de colegios electorales como en Estados Unidos, y la experiencia histórica ha demostrado que puede haber elecciones sin plena libertad, con censura, tribunales encarceladores o persecución de la oposición, incluso con violencia contra los candidatos. Por lo tanto, el debate en Venezuela debe centrarse en qué tipo de democracia quiere restaurar.

Un modelo de democracia

Aquí es donde la democracia representativa se vuelve central. El sistema interamericano, a través de la Carta Democrática Interamericana, propone un modelo que no reduce la democracia a un evento electoral, sino que la conecta con el Estado de derecho, los derechos fundamentales y el pluralismo político. Su premisa es clara. Sin instituciones que puedan limitar el poder ejecutivo (el presidente), la democracia se convierte en una etiqueta vacía. La democracia representativa requiere separación de poderes, justicia independiente, prensa libre, competencia real y garantías efectivas para la oposición. También requiere consideración. No se trata simplemente de un gobierno de la mayoría, sino de un sistema que escucha y protege la disidencia. El desafío que Venezuela tendrá que enfrentar es el chavismo.

Esta definición vuelve a poner en tensión las declaraciones de Trump sobre el liderazgo de Venezuela. Si la democracia se basa en la soberanía popular, una transición impulsada desde el exterior sólo puede justificarse si está estrictamente orientada a devolver al pueblo la capacidad de tomar decisiones, con fronteras verificables y con la apertura efectiva del pluralismo. De lo contrario, la transición corre el riesgo de convertirse en una administración de facto hasta nuevo aviso, una fórmula que históricamente ha degradado a los países latinoamericanos, incluso cuando se anuncia como un puente.

Autodeterminación de los pueblos

Esta discusión también está relacionada con el principio de autodeterminación del pueblo. Diversos instrumentos internacionales reconocen que las personas tienen derecho a determinar libremente su condición política y su desarrollo. Pero esa autodeterminación se vuelve insuficiente si se vacían las instituciones internas y se trata a la oposición como a un enemigo. La Declaración sobre los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 sostuvo que donde no hay garantía de derechos o separación de poderes, no hay constitución. Traducido al presente, sin control y pluralismo, hablar de la voluntad del pueblo puede ser una ficción.

El régimen venezolano ha sido condenado por graves violaciones de los derechos humanos. Reconocer esto es esencial para entender por qué muchos celebran su caída. Pero la transición democrática no se define destituyendo al gobernante, sino restableciendo las condiciones institucionales para que el pueblo decida sin miedo, sin censura y sin coerción. Esa norma no debería exigirse de forma selectiva. Esto se aplica a todos los actores externos que quieran liderar la transición, ya sea Estados Unidos o alguna otra potencia.

La pregunta final no es sólo quién gobernará Venezuela, sino también qué significa gobernar en nombre del pueblo. “Nosotros el pueblo” no es un eslogan. Ésa es la norma constitucional. La transición venezolana será la forma de restaurar la soberanía bajo las fronteras, o será una potencia excepcional que luego promete democracia. De esta diferencia depende el futuro del pueblo venezolano y la credibilidad de la democracia representativa en América Latina.


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