‘No dicen tías, dicen chupetes’: ¿se debe corregir a los niños cuando aprenden a hablar?

ANASTACIO ALEGRIA
7 Lectura mínima

“No habla”, “No habla bien”, “Habla raro”, “No habla mucho”… ¿Quién no se ha preocupado por si todo irá bien cuando un niño o una niña empiece a pronunciar sus primeras frases?

A menudo, los adultos escuchan atentamente (y en muchos casos con preocupación) cada una de sus palabras. No es raro que las madres y los padres busquen una segunda opinión, ya sea en las aulas de la primera infancia o en los consultorios de los terapeutas del habla. Sin embargo, lo que a menudo se interpreta como un problema es en realidad una parte normal y necesaria del aprendizaje de idiomas.

Hablar diferente no es hablar peor

Cuando un niño dice “tete agua”, “perro grande por allá” o dice una palabra de una manera que suena extraña para los adultos, es fácil centrarse sólo en lo que falta, en lo que consideramos “incorrecto”. Sin embargo, desde el punto de vista del desarrollo del lenguaje, no es importante que estas formas se parezcan al habla de los adultos, sino que cumplan su función principal: comunicar.

Las investigaciones sobre el lenguaje infantil han demostrado desde hace mucho tiempo que los niños pueden comunicarse eficazmente, porque el aprendizaje del lenguaje se basa primero en el uso y la interacción, y sólo más tarde en las reglas.

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Consideremos, por ejemplo, las interacciones entre madres, padres y bebés de seis meses. Mediante gestos, miradas, sonidos o expresiones faciales, los adultos suelen identificar la causa del llanto y responder adecuadamente a sus necesidades. Muchos niños ya desde muy pequeños muestran preferencias claras, maneras propias de reaccionar y una personalidad inicial.

Comunicación efectiva sin reglas

A continuación presentamos el ejemplo de Nerea y César, dos hermanos de tres años. Esta grabación procede del Koine Corpus of Children’s Speech, un repositorio online accesible que reúne miles de interacciones espontáneas de niños de entre 18 y 53 meses, grabadas en guarderías de Galicia. Tales fragmentos nos permiten observar cómo funciona la comunicación incluso cuando el lenguaje aún no se adapta a las formas adultas.

En esta breve interacción, Nerea y César apenas hacen declaraciones complejas. Sin embargo, la comunicación funciona perfectamente. Cuando César le ofrece el libro a su hermana para que juegue con él y Nerea se lo devuelve, ambos dejan clara su intención: no quieren “jugar a cuentos” en ese momento. La salida de César del lugar y el gesto de negación de Nere refuerzan ese mensaje sin necesidad de palabras elaboradas. La interacción entre los niños también es clave para el aprendizaje.

¿Qué pasa en la mente de los niños?

Desde los primeros meses de vida, los bebés son participantes activos en la comunicación, sensibles a las intenciones de quienes los rodean. Incluso antes de dominar el vocabulario o la gramática, aprenden a interpretar miradas, gestos y tonos de voz y los utilizan para dirigir la atención, pedir algo, rechazar una sugerencia o compartir una experiencia. En resumen: comunican lo que quieren a través de la interacción con los demás.

A medida que avanzan en el aprendizaje, los niños comienzan a descubrir patrones en lo que escuchan. Generalizan los patrones, los prueban y los ajustan poco a poco. Por eso es común que digan formas que no corresponden a los adultos. Cuando un patrón no funciona, lo reformulan; Cuando funciona, lo conservan.

Este proceso no es sólo lingüístico, también es fundamentalmente cognitivo. Aprender a hablar implica la coordinación de la memoria, la atención, la percepción y el control de la acción. Por eso, muchas veces los niños saben perfectamente lo que quieren decir, pero aún no tienen los recursos formales para expresarlo como los adultos.

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Menos correcciones, más comprensión

Los niños no aprenden a hablar porque alguien les diga una y otra vez lo que están haciendo mal. Aprender a hablar es, ante todo, una experiencia compartida. Por lo tanto, cuando hablamos con niños pequeños, los adultos tendemos a ajustar naturalmente la forma en que nos expresamos, por ejemplo, usando frases más simples, repitiendo palabras importantes y cambiando la entonación para entendernos mejor.

Esta forma de hablar no empobrece la lengua: al contrario, la hace más accesible y facilita que los niños comprendan y participen en la conversación sin sentirse juzgados. Por ejemplo, cuando un bebé llama “gatito” a su manta, muchos padres empiezan a utilizar el término “¿Quieres un “gatito”?

Debemos entender que los niños están inmersos en el proceso de aprendizaje. Este término (“gato”) no es un error, es un proceso que poco a poco les ayudará a consolidar el lenguaje de los adultos (manta).

Una forma de mejorar el aprendizaje del lenguaje es integrarse en el mundo comunicativo del niño: “Sí, tu manta, ‘gato’, está sobre la cama. De esa forma el niño escucha de forma convencional sin sentirse corregido ni cuestionado”.

Otro ejemplo muy común ocurre cuando un niño dice “aquí” mientras señala un juguete. En lugar de exigir (“Coche, coche, se llama coche”), un adulto puede responder: “Sí, es un coche rojo. El coche hace un zumbido”. Confirma la intención comunicativa y al mismo tiempo ofrece un modelo más completo y rico.

Monitorear el aprendizaje de idiomas implica escuchar lo que los niños quieren decir y responder a ello, en lugar de centrarse en cómo lo dicen. Comprender este proceso ayuda a reducir preocupaciones innecesarias y recuerda que hablar diferente no significa hablar peor, sino parte del camino hacia aprender a comunicar.


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