Más allá del ‘cuento’: la educación sexual depende de todos

ANASTACIO ALEGRIA
8 Lectura mínima

Ninguna generación ha tenido tal acceso a la información. Sin embargo, esto no mejoró nuestro bienestar emocional o relacional. Tener el mundo en la palma de la mano no garantiza construir relaciones sanas, poner límites, reconocer emociones, entender el consentimiento…

De hecho, el acceso a tanta información ha creado una contradicción: circulan más mensajes que nunca, pero faltan herramientas para interpretarlos críticamente, darles significado y convertirlos en aprendizajes para construir relaciones saludables.

La conversación concreta en el aula difícilmente resiste el aprendizaje informal y constante que genera la pornificación digital, concepto de la experta española Mónica Alario, que señala cómo la pornografía se ha infiltrado en la cultura digital.

El currículum sexual invisible

La sexualidad se construye a través de múltiples fuentes y estímulos. El aprendizaje no se produce sólo cuando un adulto toma la palabra; Se construye en el silencio, en la incomodidad percibida con ciertos temas o en los comentarios cotidianos que escuchamos en casa, en la escuela y en los medios.

Encontramos modelos de relación en series, películas y redes sociales, donde la empatía se diluye ante la lógica del consumo. En plataformas como Instagram o TikTok las relaciones se muestran como escaparates: gestos de cariño convertidos en contenidos o rupturas narradas para atraer visitas. Esta lógica de presentación también da forma a las primeras ideas sobre la sexualidad.

Leer más: La pornografía miente: por qué no sirve para aprender

Este flujo de contenidos facilita el acceso temprano a la pornografía, cuyo contenido dista del cuidado y consentimiento mutuo y se sustenta en dinámicas de violencia y explotación sexual.

Expectativas y sobreestimulación.

Todo ello sigue una narrativa diseñada para sobreestimular el cerebro, que moldea las expectativas de los más jóvenes y condiciona su respuesta neurológica mucho antes de su primera experiencia física.

Y, sin duda, el aprendizaje también proviene de cómo responde la sociedad a los incidentes de violencia sexual. Cuando los principales medios de comunicación interrogan a la víctima o analizan lo que hizo, envían un mensaje pedagógico muy poderoso. Esta narrativa de ridículo o duda es profunda porque les enseña a desconfiar y a mantener silencio en lugar de promover la preocupación.

La paradoja de la vigilancia

Es habitual que las familias y los profesores se señalen entre sí cuando algo sale mal. Las familias se sienten abrumadas por el mundo digital y las escuelas se sienten incapaces de manejar más cargas de trabajo educativo.

Parece que por mucho que sigamos un dispositivo o demos un discurso en clase, no es suficiente. Y aquí es donde aparece lo que podemos llamar la paradoja de la vigilancia. Creer que proteger el entorno doméstico protege al menor.

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En un mundo hiperconectado, la educación de los adolescentes depende de lo que consumen y comparten sus amigos. De poco sirve que un joven no tenga un teléfono móvil si el código de conducta en su grupo de iguales lo marca el último vídeo viral o la pornografía.

Al darse cuenta de que el problema radica en el entorno y no en la familia a nivel individual, la culpa se convierte en una responsabilidad compartida.

‘Mi hijo no hace eso’

En los talleres con familias escucho a menudo la frase: “Mi hijo no ve estas cosas, no le dejo el móvil. Mi respuesta a esto siempre es doble”.

Primero, que la educación sexual debería ser para todas las personas: para quienes tienen el entorno actual, pero también para quienes no. Si lo dejamos en manos de cada familia reproducimos las desigualdades y dejamos fuera a quienes viven en el silencio o la desinformación. En una misma aula puede haber adolescentes que hablan abiertamente de límites y consentimiento y otros que nunca han tenido ese espacio. La educación sexual debe garantizar que nadie dependa de la suerte o del contexto para acceder a las herramientas de atención.

En segundo lugar, debemos entender que estos niños y niñas están conectados entre sí y se influyen mutuamente. Ninguna familia es una isla.

Un ejemplo claro lo vemos en las niñas: aunque consumen menos pornografía, ésta afecta a su sexualidad. Sus deseos y prácticas se construyen en relación con los niños que formaron su perspectiva a partir de ese modelo.

Protégenos juntos

La organización social actual, marcada por el individualismo, nos aleja de la comunidad y nos obliga a trasladar la responsabilidad a “otros”: la escuela, la tecnología o la familia. La violencia que vemos en la sexualidad es un reflejo de nuestra sociedad, no sólo de quienes la perpetran.

Para ello, debemos entender que la educación sexual no ocurre en una burbuja, sino en un tejido social donde cada hilo cuenta. Una sesión única en la escuela puede profundizar el cumplimiento, pero lo que realmente sostiene ese aprendizaje es lo que sucede fuera del aula: en la familia y en entornos informales donde los jóvenes socializan; lo que circula en las redes y lo que los adultos transmiten en el ámbito digital. La sexualidad se aprende principalmente allí, en la vida cotidiana. Los adultos son responsables de los patrones de relación que mostramos.

Fuera del entorno hogareño

El reto es comprometernos con el desarrollo saludable de todos: no sólo de nuestros hijos, sino también de sus amigos y de todos los menores que pasan la mayor parte de su tiempo en el entorno digital.

Preguntémonos qué discursos circulan, qué imaginarios se normalizan, qué herramientas tienen los jóvenes. Ayudémosles a acercarse progresivamente a la autonomía digital antes de que surjan conflictos y sigámoslos en su uso. Esto obliga a los adultos a conocer códigos, lenguajes y plataformas -por ejemplo, cómo funcionan TikTok, Twitch o Instagram-, a no intervenir a partir de titulares virales o alarmas descontextualizadas y a hablar de relaciones, poder, intimidad, exposición, responsabilidad…

Necesitamos entornos (familiares, escolares, comunitarios y digitales) donde los jóvenes puedan entenderse, expresarse y pedir ayuda. Cuando toda la sociedad está involucrada, la sexualidad ya no está marcada por la lógica del consumo y puede vivirse con respeto.


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