El término “redes sociales” se ha fosilizado en nuestro vocabulario, una inercia lingüística que esconde una realidad tecnológica y sociológica muy diferente. Sin embargo, las redes sociales, tal como fueron concebidas, están muertas. Lo que consumimos hoy son plataformas comerciales de entretenimiento masivo, construidas sobre una arquitectura que ya no busca la conexión entre las personas, sino la retención de la atención frente a un espectáculo interminable y en gran medida amateur.
Para comprender esta muerte es necesario echar una mirada retrospectiva a la arqueología de Internet. En sus inicios, plataformas como Six Degrees y, más tarde, MySpace o el primer Facebook, tenían una misión clara: trasladar la gráfica social del mundo físico al entorno virtual. El objetivo era establecer conexiones, ya sea con conocidos o con extraños de ideas afines, y la interacción era básicamente conversacional. El usuario estaba construyendo activamente su red y el contenido que consumía era, estrictamente hablando, lo que esa red generaba. Publicar una foto o un estado fue una invitación al diálogo, una conexión que fortaleció la relación entre las personas.
De una red de contactos a una fuente de interés
Sin embargo, en el paradigma actual, la cercanía emocional o relacional con el creador del contenido es irrelevante. Lo que importa es la capacidad de ese contenido para retener al usuario durante un microsegundo. El algoritmo de TikTok, por ejemplo, no premia la amistad: se centra en mostrar contenidos basándose en microseñales (tiempo de visualización, repeticiones, pausas).
Esto ha convertido a los usuarios en observadores pasivos de un flujo continuo de videos cortos, memes y opiniones de personas con las que no tienen ni tendrán una conexión real. Facebook e Instagram han pasado de organizarse en torno a “las personas y cuentas que sigues” a mostrar “contenidos más relevantes recomendados por sistemas de inteligencia artificial”, es decir, “máquinas de descubrimiento”. La metáfora ya no es la de un club social, sino la de un catálogo.
Cuando el objetivo es mantener
Este cambio cambia los incentivos. Publicar “para los tuyos” tiene menos sentido si la distribución depende de un sistema que premie la probabilidad de consumo en lugar de la calidad de la conexión. En la práctica, la relación avanza hacia mensajes privados, grupos pequeños y contenidos efímeros, mientras que lo público se ha convertido en sólo una ventana.
En este escenario la conversación existe, aunque ya no sea la principal unidad económica. Lo que se monetiza es la atención sostenida. Y ahí es donde entra la saturación publicitaria: a más minutos, más impresiones, más segmentación, más datos recogidos de los usuarios.
Contenido gratuito, anuncios caros
La transformación tiene una lógica empresarial impecable. Las plataformas alojan y distribuyen una gran cantidad de contenido generado por los usuarios que, en su gran mayoría, no cobra nada. Ese contenido es abundante, renovable, adaptable y barato. La plataforma vende publicidad alrededor (y dentro) de esa producción extranjera, sin asumir los costos de los grupos de medios tradicionales: editoriales, licencias, producción, derechos.
La monetización se está extendiendo incluso a territorios que antes parecían “refugios seguros” para las comunidades sociales. Meta ya ha anunciado la introducción de publicidad y suscripciones en WhatsApp, aunque se centra en la pestaña “Noticias” y no en el chat. El movimiento es simbólico: el mensaje, donde aún se conserva la intimidad de la relación, también se integra en la lógica del producto comercial.
Incluso LinkedIn, el último bastión de una red social puramente profesional, ha comenzado a contaminar su feed con contenido “inspirador” y recomendaciones algorítmicas que poco tienen que ver con la red directa de contactos de un profesional, buscando aumentar el tiempo dedicado a la aplicación a expensas de la relevancia laboral.
YouTube y pruebas obvias
Vale la pena incluir una aclaración en este debate: YouTube ha sido llamado mil veces red social, sin nunca serlo. Es, ante todo, una plataforma de entretenimiento con capa social. Puedes comentar, suscribirte, dar me gusta o chatear en vivo, pero el centro del sistema no crea contactos, consume videos. Curiosamente, muchas redes se han convertido en “YouTubes”: mantienen funciones sociales, pero su corazón son las recomendaciones algorítmicas de retención.
La paradoja es que las propias plataformas reconocen indirectamente que el cambio es profundo. Meta ha comenzado a probar funciones para restablecer las recomendaciones de Instagram, y recuerda que existen alternativas como el feed “Seguidos” en orden cronológico. Si necesitamos un botón para gestionar nuestra propia experiencia es porque un algoritmo ya no es un asistente: es, por defecto, el director de programación.
¿Deberíamos dejar de llamarlas redes sociales?
En el contexto español, esta realidad es tangible con datos. El Estudio de Redes Sociales de IAB España 2025 arroja una luz muy clara sobre el cambio de paradigma: la principal motivación de los usuarios españoles para utilizar estas plataformas ya no es “estar en contacto con amigos”, sino “divertirse”, el objetivo citado por más del 80% de los encuestados.
Fenómenos como la Liga del Rey o el auge de los streamers españoles no son más que la profesionalización de este entretenimiento dentro de plataformas que ya funcionan como nuevas cadenas generalistas.
En definitiva, en un momento en el que se propone vetar el acceso a menores de 16 años, hay que empezar a llamar las cosas por su nombre. Seguir llamando a las redes sociales Instagram, TikTok o X es un error categórico. Son plataformas de entretenimiento algorítmicas donde la interacción humana queda relegada a un segundo plano, siempre subordinada al imperativo comercial de mirar la pantalla el mayor tiempo posible.
La red, entendida como tejido humano, está rota. Lo que queda es una audiencia global fragmentada, solitaria y constantemente entretenida.
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