Las fuentes de energía renovables son necesarias pero no suficientes para un futuro justo y sostenible

ANASTACIO ALEGRIA
7 Lectura mínima

Escuchamos que la energía renovable puede salvar el planeta. Pero suponiendo que de hoy a mañana toda la demanda energética pudiera cubrirse con fuentes renovables, ¿sería eso suficiente para garantizar un futuro sostenible?

La respuesta es no. Y el motivo no es tecnológico, sino económico. El sistema mundial opera según un modelo basado en la producción ilimitada, el consumismo y el crecimiento constante. Mientras este modelo permanezca intacto, ninguna fuente de energía podrá impedir que sigamos agotando los recursos del planeta.

Una adicción que nos define y asfixia

Todos los grandes avances tecnológicos desde la Revolución Industrial han dependido de los combustibles fósiles. El carbón, el petróleo y el gas natural se han convertido en el motor de todos los aspectos de nuestras vidas. Pero su influencia va más allá de lo técnico: el control de estos recursos ha dado forma a alianzas, ha provocado conflictos y ha condicionado el ascenso y la caída de naciones enteras.

El coste medioambiental es ahora indiscutible. Casi el 80% de las emisiones de CO₂ provienen de la quema de combustibles fósiles, acelerando el calentamiento global cuyas consecuencias son cada vez más visibles: olas de calor, sequías, inundaciones, incendios forestales y aumento del nivel del mar. Estos fenómenos no sólo amenazan a los ecosistemas, sino que también exacerban la inestabilidad social, los desplazamientos forzados y los conflictos.

El desafío es doble: reducir las emisiones y al mismo tiempo satisfacer la creciente demanda mundial de energía.

Y la lira también: los riesgos de acelerar la instalación de fuentes de energía renovables a expensas del medio ambiente

Fuentes de energía renovables, demanda insaciable

La luz solar que recibe la Tierra en una hora sería suficiente para cubrir todo el consumo energético del año. Y la tecnología para utilizarlo avanza rápidamente: las células solares de silicio alcanzaron una madurez inimaginable hace dos décadas, nuevas tecnologías como las células de perovskita prometen procesos de fabricación más simples y el coste de los dispositivos fotovoltaicos ha caído más de un 90% en la última década.

Pero la demanda de energía sigue creciendo exponencialmente, mucho más rápido que la solución. La pregunta entonces no es sólo cómo producimos energía, sino cuánta necesitamos y por qué la necesitamos en cantidades cada vez mayores.

El motor del problema: producir más, consumir más, crecer siempre

El modelo económico capitalista depende absolutamente del crecimiento constante. El progreso se mide a través del producto interno bruto (PIB). Más producción, más consumo, más PIB. Pero como dicta la lógica y sostienen investigadores como Tim Jackson y Jason Hickel, el crecimiento material infinito en un planeta con recursos limitados es físicamente imposible.

Los datos lo confirman: el uso de energía y el PIB siguen estrechamente vinculados a nivel mundial, y los intentos de “desacoplar” el crecimiento del uso de recursos han resultado ineficaces. Sí, producimos más eficientemente, pero el sistema exige que siempre produzcamos más.

La economía conoce bien esta paradoja: el efecto rebote. Cuando la tecnología se vuelve más eficiente, reduce el costo por unidad de uso, lo que en última instancia estimula un mayor consumo general. La eficiencia por sí sola no puede hacer frente a un sistema cuya supervivencia depende de que gastemos cada vez más.

Este efecto alcanzaría incluso a la propia energía solar. Si volvemos al supuesto inicial de que toda la demanda está cubierta por fuentes de energía renovables, el problema no desaparecería. Impulsada por el modelo económico, la gente consumirá más y la industria producirá más, fomentando la extracción de materiales sin límite aparente.

Todo esto nos acerca a lo que se define como sobrepasar los “límites planetarios”: estamos extrayendo más de lo que el planeta puede regenerar. La huella material de la economía global se ha triplicado desde 1970. El precio a pagar es la degradación ambiental y la explotación de las regiones más vulnerables, todo bajo la promesa de una prosperidad que nunca llega a todos.

Además: ¿Qué pasará con las plantas solares cuando termine su vida útil?

La energía no sólo debe ser limpia; tiene que ser justo

La justicia nunca debe quedar fuera. Los materiales para fabricar paneles solares y baterías, como el indio, la plata, el cobre, el cobalto o las tierras raras, no surgen de la nada. Se extraen en los países del Sur Global, en condiciones laborales inseguras y con poca supervisión ambiental.

Las minas de cobalto en la República Democrática del Congo, las minas de sal de litio en Argentina, Bolivia y Chile, la explotación de tierras raras en el sudeste asiático o la explotación de oro en Sudán muestran cómo la demanda de materiales “verdes” puede reproducir dinámicas coloniales.

Si bien los costos humanos y ambientales se concentran en el sur global, los beneficios económicos fluyen hacia el norte global. Si la expansión de las fuentes de energía renovables reproduce este modelo extractivo, la transición energética se convertirá en una nueva forma de explotación en lugar de progreso colectivo.

Cambiar la fuente no basta: hay que cambiar el sistema

El progreso científico es esencial, pero el desafío energético va mucho más allá del laboratorio. Tiene sus raíces en un modelo que recompensa la acumulación, normaliza el consumismo y externaliza sus costos en los ecosistemas y comunidades más vulnerables. Cambiar la fuente de energía es necesario, pero no suficiente.

El desafío energético no es sólo un problema técnico con una solución técnica: es un problema sistémico. Requiere que reconsideremos qué entendemos por progreso, para quién producimos y a qué costo. Las decisiones que se tomen hoy a nivel político, económico y estructural definirán no sólo la trayectoria del cambio climático, sino también la naturaleza del mundo que resulta de esta transformación. La energía renovable sin cambiar el sistema económico es una promesa vacía de un futuro sostenible.


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