La violencia que aprendemos a mirar: series juveniles y responsabilidad social

ANASTACIO ALEGRIA
8 Lectura mínima

Las series se han convertido en uno de los recursos culturales más influyentes de nuestro tiempo. No sólo porque acumulan millones de visualizaciones, sino porque intervienen directamente en la forma en que la sociedad interpreta la violencia, el sufrimiento y la responsabilidad colectiva, como ocurre en el caso de la adolescencia. Ya no se trata sólo de productos de entretenimiento: se trata de historias con efectos sociales mensurables.

Tráiler de la serie Adolescencia.

Se puede observar una tendencia significativa a partir de investigaciones académicas sobre comunicación, ética y cultura digital: muchas de estas narrativas construyen un marco estético y emocional en el que la violencia deja de ser un evento excepcional y se integra a la vida cotidiana.

No se muestra de forma explícita ni espectacular, sino envuelta en una estética cuidada, íntima e incluso amable. Esta combinación de imágenes ingeniosas y contenido profundamente inquietante no es inocente. Un ejemplo de este marco estético aparece en secuencias cotidianas ambientadas en espacios domésticos o escolares, filmadas con iluminación tenue, planos estáticos y tempo lento.

En la adolescencia, escenas aparentemente triviales (una conversación en la cocina, un viaje en autobús o un tranquilo pasillo de la escuela) se convierten en un entorno en el que impregna el malestar, sin necesidad de representar directamente la violencia. La paz visual contrasta con la seriedad de lo que se sugiere, integrando el conflicto a la cotidianidad y naturalizando su presencia.

Belleza visual en el consumo de drogas

Algo similar ocurre en Euphoria, donde situaciones de abuso, autolesiones o consumo de drogas se integran en escenas de gran belleza visual, con fotografías estilizadas, colores saturados y escenas cuidadosamente coreografiadas.

Tráiler de la tercera temporada de Euphoria

La violencia y el malestar no aparecen como pausas excepcionales en la historia, sino como parte de la vida cotidiana de los personajes, envueltas en una estética que resulta emocionalmente atractiva para el espectador, incluso cuando presenta experiencias profundamente perturbadoras.

La evidencia científica sugiere que estas producciones operan a través de una ambivalencia ética estructural: invitan al espectador a empatizar intensamente con el dolor, pero no le brindan suficientes herramientas para interpretarlo críticamente o ubicarlo dentro de un marco claro de responsabilidades sociales, institucionales o políticas. El resultado es una experiencia emocional intensa, pero moralmente abierta y ambigua.

En este tipo de narrativa, presente en varias series juveniles recientes, la violencia avanza hacia el silencio, los primeros planos de rostros destrozados, la culpa que no encuentra razón ni solución y el desamparo de la familia, la escuela y el gobierno. Este patrón no se limita a un solo título, sino que se repite en producciones que integran el conflicto en la experiencia cotidiana de los personajes.

Estar motivado para seguir consumiendo

No se invita al espectador a comprender las raíces del conflicto ni a cuestionar los sistemas que lo producen, sino a sentir, conmoverse y seguir observando. El sufrimiento se transforma en un recurso narrativo eficaz, capaz de provocar atención, conversación y consumo continuado.

Este modelo se ajusta a la lógica de las plataformas digitales, donde el impacto emocional duradero, la ambigüedad y el debate maximizan la durabilidad y la rentabilidad.

En este sentido, las plataformas no actúan simplemente como mediadores culturales: funcionan como agentes de socialización, influyendo en la forma en que se normalizan la violencia, el malestar y la fragilidad institucional.

Un aspecto particularmente relevante del análisis, destacado en estudios recientes, es la forma en que estas narrativas sustituyen la responsabilidad. En lugar de localizar la violencia en causas estructurales claramente identificables, construyen una culpa difusa que recae simultáneamente sobre familias, escuelas e instituciones abrumadas. Esta distribución emocional de la responsabilidad crea una sensación de impotencia colectiva que, lejos de activar el debate público, puede contribuir a la parálisis social.

Desde la perspectiva de las políticas públicas, el riesgo no está en retratar una realidad desagradable, sino en acostumbrar a los ciudadanos, especialmente a los jóvenes, a convivir con ella sin claves de interpretación. Cuando la violencia se consume como una experiencia estética, la línea entre la empatía y la trivialización se debilita. Y cuando esa frontera se erosiona, la capacidad crítica de la sociedad se ve afectada.

En el Reino Unido, este debate ya ha comenzado a extenderse a la educación. Algunas series juveniles recientes como Adolescencia han sido recomendadas o utilizadas como material de apoyo en contextos escolares para abordar temas como la violencia juvenil, la salud mental o la convivencia, asumiendo que su impacto emocional puede estimular la reflexión y el diálogo.

Sin embargo, diversos análisis advierten que, sin una mediación pedagógica clara y objetivos formativos definidos, este tipo de iniciativa corre el riesgo de mezclar el poder emocional del relato con una intervención educativa eficaz, derivando hacia la ficción de responsabilidades correspondientes a las políticas públicas y a la acción institucional.

Por lo tanto, la alfabetización mediática ya no puede tratarse como una habilidad secundaria o técnica. Es necesario integrarlo explícitamente en las políticas educativas públicas: incluir la ética audiovisual en los currículos, fortalecer la formación docente para la lectura crítica de narrativas digitales y promover una mayor corresponsabilidad de las plataformas como actores culturales con impacto social. No se trata de censura o prohibición, sino de formación de ciudadanos críticos en un ecosistema mediático dominado por las emociones.

Responsabilidad de las plataformas

Además de la alfabetización mediática, este debate también pone en duda las propias plataformas. Como actores centrales en la circulación y promoción de contenidos, su responsabilidad no se limita a brindar acceso, sino que incluye decisiones editoriales, sistemas de recomendación y políticas de visibilidad que influyen directamente en qué narrativas se consumen y en qué condiciones. La inclusión de criterios éticos en estos procesos es parte del debate público en curso sobre la gobernanza de la cultura digital.

En este sentido, la transferencia del conocimiento generado por la investigación académica al debate público se vuelve esencial para dotar a la ciudadanía de herramientas críticas frente a narrativas audiovisuales cada vez más influyentes.

Porque cuando la violencia se vuelve normal en las pantallas, el riesgo real es que haga lo mismo con nuestra forma de entender el mundo.


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