La mayoría de los suplementos son innecesarios, posiblemente peligrosos y generan un gran negocio.

ANASTACIO ALEGRIA
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Si Super Mouse mantuviera la cabeza en alto, no podría estar más orgulloso de ver el éxito de su recomendación después de ochenta años. Sus palabras, “…y no olvides supervitaminizar y mineralizar”, resuenan hoy mientras disfrutamos de una disponibilidad de alimentos sin precedentes.

Sin embargo, actuamos como si este hábitat de sobreabundancia no fuera suficiente. Cada vez más personas recurren a la suplementación, mientras que cada vez más profesionales de la salud siguen los consejos de Super Mouse.

La ciencia es clara: el uso de suplementos suele ser innecesario, costoso y no inofensivo. Además, los embajadores que los promueven suelen participar en diversas actividades ilegales.

Existen diversas situaciones concretas en las que la suplementación estaría indicada de forma protocolaria, como por ejemplo los déficits secundarios (cuando a pesar de una ingesta adecuada y por condiciones subyacentes no se produce una adecuada digestión, absorción, transporte o aprovechamiento de los nutrientes), el vegetarianismo o el embarazo, que aquí no se cuestionan.

Origen

A principios del siglo XX se sentaron las bases de la fisiología y se describieron las funciones de diversas sustancias. Hacia 1910 se identificó la primera vitamina, la tiamina, y en 1948, la última, la cobalamina. Eran tiempos difíciles en los que las guerras, las recesiones y las depresiones tomaron la forma de hambre severa y deficiencias nutricionales. Esto justificó el aumento de la suplementación: en ausencia de alimentos suficientes, los suplementos eran buenos.

Hoy debería ser diferente: los suplementos no aportan nada que no podamos obtener de los productos alimenticios, y los tenemos en abundancia. Sin embargo, el marketing nos ha vendido una falsa ilusión: llevamos siete décadas surfeando la ola del nutricionismo, convencidos de que, además de la comida, lo que importa son los nutrientes.

Marco legal

Los conocidos popularmente como “suplementos” y legalmente conocidos como “suplementos dietéticos” están sujetos a normativa alimentaria. Al contrario de la opinión de muchas personas y profesionales de la salud, de ellos no se puede decir más que lo que se le puede atribuir a la alimentación. Fuera de la popular –pero equivocada– perspectiva hipocrática, los alimentos no son legalmente medicamentos y, por tanto, tampoco lo son los suplementos.

Pero estos últimos tienen un truco ganador: se venden en forma de cápsulas, pastillas, polvos, ampollas, goteros, etc., que se parecen inequívocamente a los medicamentos. Su presentación, junto con ciertos mensajes publicitarios, nos induce a creer que estamos adquiriendo un medicamento para combatir la astenia, la alopecia, la debilidad, la impotencia, la obesidad, los dolores articulares, la menopausia, etc.

Además, a diferencia de los medicamentos, no es necesario demostrar eficacia clínica para comercializarse. Basta con cumplir con las leyes alimentarias, así como con la mermelada de albaricoque. Así lo dice el RD 1487/2009: “Las empresas encargadas de la producción, transformación, envasado, almacenamiento, distribución, importación y comercialización de complementos nutricionales están sujetas a lo dispuesto en el Registro Sanitario General de Alimentos”.

Riesgos

Un estudio reciente de más de 20.000 usuarios de suplementos no encontró datos objetivos que justifiquen su uso. Aunque los usuarios informaron sentirse mejor después de tomarlo, ninguna variable analítica lo confirmó. Pero hay algo peor que la ineficiencia.

Dada la falta de control sobre su composición (a diferencia de los medicamentos), no es raro que algunos suplementos contengan sustancias no declaradas, dosis incorrectas o incluso medicamentos, lo que da lugar a productos falsificados. Esto es sólo la punta del iceberg: algunas publicaciones han cuantificado la adulteración deliberada con inhibidores de la fosfodiesterasa 5 en suplementos “naturales” para aumentar la eficiencia sexual en más de un 80%; o en más de un 20% en suplementos para adelgazar (de nuevo “naturales”) con sibutramina.

Y en el caso de los productos para mejorar el rendimiento deportivo, la revisión encontró casos de adulteración con sustancias dopantes entre el 14 y el 50% de las muestras. Estos ejemplos resaltan el riesgo para la salud pública de la falta de control sobre los suplementos en general.

Negocio

Existe un amplio ecosistema de fabricantes y laboratorios que ofrecen una amplia gama de suplementos listos para usar. Este no es el sistema tradicional de los laboratorios que comercializan sus productos, sino más bien un sistema de empresas que venden sus formulaciones para que otros puedan mostrar su imagen. Estos intermediarios ofrecen catálogos con infinidad de textos prediseñados, así como la posibilidad de personalizar packaging, etiquetado y mensajes comerciales, centralizando el negocio en la identidad de quien da el rostro.

La organización belga de periodismo de investigación sin fines de lucro Journalismfund Europe destacó este marco y reveló lo fácil que es crear su propia línea de suplementos en cuestión de días. Su estudio fue denominado “Influencer” como traficante de pastillas.

El proceso es sencillo: elegir categorías de productos, como suplementos deportivos (la creatina y las proteínas del suero son clásicos), productos de vitalidad (como el bisglicinato de magnesio) o productos antiinflamatorios o para la salud de la mujer. A partir de ahí, la productora se encarga de la parte técnica y regulatoria, mientras que la marca visible (prescriptor-influencer) se centra en su promoción, la mayoría de las veces en las redes sociales.

La conclusión es que, legalmente, estos productos están regulados como alimentos, no como medicamentos: no existe ningún requisito para demostrar su eficacia. Sí, deberá registrarse cuando corresponda como operador de alimentos y asumir obligaciones fiscales. Pero no se requiere una calificación de salud específica, ni de ningún tipo, para comercializar su marca de suplemento.

El valor intrínseco de un suplemento se concentra en la historia: promesas de “alta calidad”, “formulación patentada” o “ingredientes premium” que buscan diferenciar productos prácticamente idénticos. En este mercado, la capacidad de construir una historia atractiva en torno a los suplementos supera el compromiso con su eficacia.

el problema

El 90% de las afirmaciones de salud de los influencers relacionadas con la promoción de suplementos en Instagram son inaceptables. Este fue uno de los resultados de una evaluación realizada por el centro oficial de control alimentario alemán. Además, son ilegales dentro de la UE, empezando por el Reglamento 1924/2006. Esta norma prohíbe expresamente (artículo 12) las recomendaciones comerciales provenientes de cualquier profesional sanitario.

En España, cerca de la mitad de las resoluciones y dictámenes de Autocontrol de Publicidad del año pasado estuvieron relacionados con delitos relacionados con influencers. En el último caso, una empresa farmacéutica fue acusada de promocionar un complemento “para la defensa” infringiendo tres normas: el Decreto 1924/2006, el Real Decreto 1907/1996, sobre publicidad (…) con supuestos fines sanitarios y la Ley 17/2011, de seguridad alimentaria y nutrición.

El problema es que la capacidad real de vigilancia hoy está muy por detrás del volumen de mensajes en las redes y medios de comunicación, por lo que la mayoría de estas acciones ilegales nunca serán denunciadas y casi ninguna será perseguida.


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