La literatura infantil no necesita espacios seguros, sino espacios ‘valientes’

ANASTACIO ALEGRIA
7 Lectura mínima

Imaginemos que un libro infantil es una casa. En su interior hay espejos donde niños y niñas se reconocen, ventanas que muestran otras vidas y puertas que invitan a mundos diferentes. Pero no todas las habitaciones son cómodas. Hay espejos que devuelven imágenes distorsionadas, ventanas que muestran situaciones injustas y puertas que conducen a duras realidades.

¿Qué hacemos cuando leer nos resulta incómodo? ¿Separamos la infancia de estas historias o las seguimos para leerlas críticamente?

Estas son algunas de las preguntas que plantea Zoom Out, un proyecto Erasmus+ que aborda las desigualdades en las escuelas a través de la literatura infantil.

En nuestro trabajo con las escuelas, notamos que, como en algunos libros, existen desigualdades en las aulas. Quitar esos libros no significa que desaparezcan. En cambio, hablar sobre ellas y crear espacios donde los estudiantes puedan pensar, nombrar y hacer preguntas puede servir para visibilizar las desigualdades actuales y pensarlas colectivamente.

Lo que no se puede decir en clase.

Muchos niños y niñas no tienen el lenguaje ni el espacio para hablar de las desigualdades que los afectan. Esto quedó demostrado durante uno de los talleres.

Al pedirles a los estudiantes que se dibujaran a sí mismos durante una adaptación de la actividad Mapa de Quién soy yo, un niño comenzó a decir “Soy negro…” y se tapó la boca. Miró al gerente del taller y lo corrigió: “Lo siento, no puedes decir negro; elegiré marrón”.

Aprendí en la escuela que “negro” era un insulto. Su malestar surgió de la dificultad de nombrar parte de su experiencia sin temor a utilizar una palabra racista equivocada. La cuestión no era el dibujo, sino los límites del lenguaje socialmente aceptado en la escuela, por nombrar algunos.

¿Cerrar el libro o abrir el debate?

Situaciones como ésta plantean una pregunta recurrente en las aulas: ¿qué hacemos con libros que describen el racismo, como Tintín en el Congo, el sexismo, como Cenicienta, o el colonialismo, como Robinson Crusoe? En muchos casos, estos textos se dejan de lado porque se consideran problemáticos, obsoletos o difíciles de trabajar en clase.

En este marco suele aparecer la idea de “protección”, entendida como la necesidad de evitar determinado contenido o conversación. Pero como pregunta la escritora Laura Murat: ¿qué sabemos realmente sobre la fragilidad de los niños?

¿Espacios seguros, espacios confinados?

Estos pensamientos surgieron en las escuelas que participaron en Zoom Out. El concepto de “espacio seguro” nos ayuda a situar estas tensiones. Esto nació de movimientos sociales que buscaban espacios sin hostilidad para poder hablar, “definirse” y trabajar por la justicia social. En educación, se utiliza para describir entornos donde los estudiantes se sienten aceptados y protegidos emocionalmente.

Estos espacios son esenciales pero pueden resultar limitantes si se entiende la seguridad como la ausencia de conflicto. En la práctica educativa, todo aprendizaje requiere riesgo: plantear preguntas difíciles, descubrir algo incómodo o afrontar los propios prejuicios. Cuando evitar este riesgo se convierte en la norma, se puede crear una falsa sensación de seguridad que impide abordar cuestiones complejas o cuestionar los sistemas de poder.

De espacios seguros a espacios “valientes”

Ante estas limitaciones, en pedagogía, Brian Arao y Christy Clemens proponen el concepto de “espacios valientes”. Es decir, entornos donde el conflicto es generativo, los errores no se castigan y el malestar es una condición necesaria para el aprendizaje.

A partir de las reflexiones dentro de Zoom Out, entendemos un espacio valiente como un espacio donde los niños y niñas pueden nombrarse sin miedo, hacer preguntas sin juzgar, señalar la injusticia aunque no sepan solucionarla o cambiar de opinión.

buscar estrategias

A partir del trabajo con las escuelas, el proyecto ha permitido identificar prácticas sencillas (complementadas con una guía y un banco de recursos) que promueven estos espacios de lectura valiente:

Utilice espacios flexibles que fomenten dinámicas no jerárquicas. Los círculos literarios son una gran fuente de inspiración.

Establezca reglas, enfatice la responsabilidad en el diálogo, dé forma a las expectativas y utilice técnicas de mediación para monitorear las emociones. Permitir que algo moleste, sorprenda o enfade también forma parte de la lectura.

Contextualizar antes de leer, explicando momento histórico y autoría. Conocer los conocimientos previos de los estudiantes es fundamental para entender desde qué lente interpretarán el texto.

Crear oportunidades de diálogo con preguntas abiertas. Por ejemplo, “¿Qué voces faltan? ¿Qué pasaría si lo dijéramos de otra manera?”

Identificar y llenar los vacíos de representación con una colección de libros que refleje la diversidad del aula en términos de género, origen, origen étnico, etc.

En los talleres de Zoom Out notamos pequeños gestos. Entre ellos se encuentran estudiantes que cuestionan estereotipos, conectan historias con su entorno y hacen preguntas. El objetivo no es dar respuestas cerradas, sino seguir el desarrollo de una visión propia, cuidadosa y crítica de la desigualdad.

Coraje para no cerrar el libro.

Abrir espacios valientes no garantiza conversaciones amables. En otro taller, un niño explicó por qué no le gustan las personas sin hogar. Los comentarios racistas, sexistas o excluyentes ocurren cuando se crean espacios donde los estudiantes pueden hablar libremente. Pese a ello, la experiencia de los talleres indica que es mejor que estos comentarios aparezcan que queden tapados pero latentes.

La casa de la literatura infantil debe ser un lugar donde sus lectores se reconozcan, pero también donde puedan ver las grietas de sus paredes. En Zoom Out defendemos que no se trata de cerrar las puertas de habitaciones incómodas, sino de seguirlos cuando deciden abrirlas.


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