La dictadura de Franco empezó a desconfiar de las ciudades… hasta que las necesitaron

ANASTACIO ALEGRIA
9 Lectura mínima

El 1 de abril de 1939, Francisco Franco retransmitió desde Burgos un reportaje radiofónico que ponía fin a la Guerra Civil Española: “Hoy, con el Ejército Rojo capturado y desarmado, las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”.

Los ganadores ganaron todo el territorio. Sin embargo, para ellos las ciudades seguían siendo, por decir lo menos, territorio hostil. No es casualidad que la mayoría de las grandes ciudades españolas permanecieran leales a la República.

Por ello, a la conquista le siguió la depuración y reparto del botín de posguerra cantada por Joaquín Sabina en De puris i oro:

“Los nacionales ya pasaron

Estaban afeitando a la señora Cibeles

Volvieron a su cuidado

gente normal

durante la conga, en los burdeles

“El pelotón descansó en San Blas.”

Gran revés

El rechazo y el miedo a la gran ciudad encontraron su traducción en los sucesivos intentos de la dictadura por frenar la migración interna: buscaba promover el control social, eliminar posibles tentaciones opositoras y, sobre todo, aliviar la tensión por la escasez de alimentos y vivienda. La miseria desafió la visión que los vencedores querían proyectar de sí mismos y de la España que emergió tras la victoria, envuelta en el oropel de una grandiosa retórica imperial.

Sin embargo, el régimen de Franco fracasó en su intento. Para miles de españoles, huir a la gran ciudad y refugiarse en el anonimato de la ilegalidad era una alternativa –precaria si se quiere– para sobrevivir a los difíciles tiempos de la posguerra. Fue retratada de forma cruda (y sin que los censores lo detectaran) en la película Surcos de 1951. Por otro lado, la política de control de alquileres alivió la situación de las familias alquiladas, pero no pudo ofrecer una solución para el resto, lo que provocó un aumento de los problemas de hacinamiento, subarriendo y chabolas.

Una escena de Surcos, de José Antonio Nieves Conde.

Aunque la dictadura logró reorientar sus alianzas internacionales y someter cualquier oposición o disidencia interna relevante, la debacle económica resultante de la política ideológica y delirante de autarquía amenazó su continuidad. Nuevamente surgieron protestas en las ciudades cuando el aumento de las tarifas del tranvía provocó una huelga en Barcelona en marzo de 1951.

A pesar del clima represivo, la población se negó a utilizar el transporte público durante dos semanas: la venta de billetes cayó de una media diaria de 834.734 a sólo 500. Los disturbios finalmente provocaron la primera huelga general desde 1939 en todo el cinturón industrial de Barcelona y afectaron a una huelga de tranvías en Madrid y a los trabajadores de Navarra, en el País Vasco.

Modernización autoritaria

La dictadura de Franco se vio obligada a reformar su política económica, cuyo punto de no retorno fue el Plan de Estabilización de 1959.

Tres elementos fueron claves para su éxito: los ingresos del turismo, la inversión extranjera y las remesas de los emigrantes. La liberalización económica aceleró los movimientos internos y externos de la población, provocó profundos cambios en la sociedad española (como la inclusión de las mujeres en la economía formal en puestos subordinados y auxiliares, por la necesidad de mano de obra barata) y, sobre todo, tuvo que reconocer el papel fundamental del mundo urbano como base de cualquier economía compleja y mercado laboral diversificado.

La afluencia a las grandes ciudades superó sus límites municipales, ampliando la metropolitanización iniciada a principios del siglo XX. Las ciudades españolas pasaron del 19,11% de la población en 1940 al 36,78% en 1970. Esta expansión tuvo un carácter claramente clasista: los sectores de menores ingresos y los emigrantes no cualificados recién llegados fueron expulsados ​​a las periferias. Sólo en Madrid había en 1960 más de 72.000 cuarteles (en los que vivían más de 180.000 personas). Como ocurre actualmente con la inmigración extranjera, se buscó la explotación laboral, pero se buscó que la pobreza y la marginalidad fueran invisibles, para ocultar la sangrante desigualdad de este rápido crecimiento.

El barrio chabolista que ocupaba las calles de Jaime el Conquistador, Fernando Poo y Torres Miranda de Madrid, con bloques de viviendas al fondo. Juan Miguel Pando Barrero. Archivo Pando, IPCE, Ministerio de Cultura y Deportes

A mediados de los años cincuenta, la política oficial de construcción masiva de viviendas se caracterizaba por bloques adosados ​​y aislados, de mala calidad, con importantes defectos y sin ningún tipo de infraestructura. Sin embargo, supusieron una mejora notable respecto al cuartel, al generalizar el suministro de agua corriente, eliminar las aguas residuales e instalar estufas de gas butano.

A finales de los años sesenta, el desarrollo propició modelos de colmenas más altas, ligeramente más grandes y con mejor equipamiento, al estilo del barrio madrileño de la Concepción o de la Mina barcelonesa, pero con importantes problemas de hacinamiento y congestión. La intensa actividad constructora hizo que la propiedad de viviendas cayera del 49% en 1950 al 63,4% en 1970. Y, sin embargo, en 1975 se estimaba que entre 200.000 y 300.000 personas todavía vivían en 100.000 o 150.000 chozas.

Las ciudades surgen

Después de cuarenta años de dictadura, Franco ya no era el protagonista de “La ciudad no es para mí”, perdido en un ambiente que no sentía como el suyo. Es cierto que creía dominar el ecosistema urbano del mismo modo que controlaba los nombres de las calles o condicionaba el espacio público. De hecho, fue sintomático que el último aquelarre -con el dictador moribundo- se celebrara el 1 de octubre de 1975 en la Plaza de Oriente de Madrid, repleto de una manifestación “espontánea” de apoyo.

Sin embargo, la realidad de las ciudades españolas era otra. El despertar de la sociedad de consumo (la tríada mágica de televisión, frigorífico y SEAT 600, incluso a costa de multiplicidad de empleos y deudas) empezó a abrirse camino entre las clases urbanas dispuestas a olvidar años de pobreza. Pero las nuevas generaciones, hartas de la moral católica nacional del Pacífico y de la falta de libertades, alentaron una respuesta a la dictadura.

Operador pinta Seat 600.

Operador de pintura Seat 600. Juan Miguel Pando Barrero. Archivo Pando. IPCE, Ministerio de Cultura y Deportes

Ante la desproporcionada represión gubernamental, el movimiento vecinal (con un importante papel femenino), el mundo universitario, el sindicalismo (con el peso fundamental de las nuevas comisiones obreras) y el catolicismo popular, entre muchos otros, llevaron a una creciente politización de demandas originalmente sectoriales.

La posibilidad de un régimen franquista sin Franco se desmoronaba a pasos agigantados, y el descontento popular impedía su continuidad. La sociedad urbana lideró la transformación que se reflejó en los nuevos ayuntamientos democráticos surgidos en las elecciones municipales de 1979, impulsores de planes urbanísticos que ya estaban sujetos al escrutinio público y a la participación ciudadana. Sin embargo, la larga sombra del corrupto sistema dictatorial se arrojó sobre el desarrollo de numerosas ciudades con la llegada del nuevo milenio.

Pero esa es otra historia.


Descubre más desde USA TODAY NEWS INDEPENDENT PRESS US

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Comparte este artículo
Deja un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

es_ESSpanish

Descubre más desde USA TODAY NEWS INDEPENDENT PRESS US

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo