El presidente interino de Perú, José Gerry, fue criticado y destituido por el Congreso del país en febrero después de sólo cuatro meses en el cargo. Fue destituido por faltas éticas tras varios escándalos y reemplazado por el actual presidente interino José María Balcázar.
Gerry fue el último de una lista de presidentes peruanos que fueron destituidos de su cargo antes de completar su mandato. Su destitución se produjo menos de dos meses antes de las próximas elecciones generales, previstas para el 12 de abril.
Las elecciones se caracterizan por el número récord de partidos y candidatos a la presidencia. Al menos 36 candidatos compiten por el cargo más alto del país y ninguno de ellos obtuvo más del 10 por ciento.
Estos dos elementos –el juicio político a Gerry y el número récord de candidatos presidenciales– no son coincidencias. Más bien, son síntomas de una profunda crisis institucional.
Durante la última década, la inestabilidad ha definido el panorama político de Perú, a medida que sucesivos congresos y presidentes se han visto envueltos en una lucha por el poder.
¿Cómo se puede explicar este persistente tira y afloja? ¿Y hay alguna esperanza de un cambio de rumbo?
Una crisis compleja
El presidente interino de Perú, José Gerry, habla ante legisladores en un congreso en Lima, Perú, en enero de 2026. (Foto AP/Martin Mejía)
Gerry fue el tercer presidente que no completó su mandato desde las últimas elecciones de Perú en 2021. Su predecesora, Dina Boluarte, fue derrocada por el Congreso en octubre de 2025 en medio de acusaciones de corrupción y críticas por su manejo de la creciente inseguridad. Antes que ella, Pedro Castillo, elegido en 2021, fue destituido y encarcelado tras un intento de golpe de Estado.
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Este patrón de rápida rotación presidencial no carece de precedentes: durante el período 2011-2016, cuatro presidentes también ocuparon sus cargos en rápida sucesión. La inestabilidad a largo plazo es causada principalmente por tres mecanismos clave: la fragmentación social, la fragmentación política y la normalización de las medidas de emergencia.
La sociedad peruana ha perdido muchas de las narrativas compartidas (las historias a través de las cuales entendemos la sociedad) que alguna vez ayudaron a organizar el conflicto político y la representación. Las identidades de clase y la división entre izquierda y derecha, que anteriormente habían estructurado las relaciones sociales y las elecciones electorales, se estaban erosionando constantemente.
En su lugar surgió un paisaje fragmentado de identidades en competencia: regional, de género, étnica y profesional. Ninguno de ellos es lo suficientemente fuerte como para formar por sí solo la base de la política nacional.
Esta fragmentación social se refleja en la fragmentación política. El sistema de partidos de Perú prácticamente ha desaparecido, dando paso a partidos personalistas, una alta rotación entre los políticos y vínculos débiles entre representantes y votantes.
La forma en que funciona la política ha cambiado debido al comportamiento más oportunista de los miembros del Congreso que saben que tendrán carreras cortas debido a las malas relaciones con los electores.
En la última década, el Congreso ha dependido cada vez más de herramientas como la censura. Como resultado, el conflicto político ya no se resuelve mediante negociaciones o ciclos electorales, sino mediante el colapso institucional.
Democracia bajo presión

El Palacio Legislativo en Lima, Perú, en febrero de 2026. La democracia en Perú se está erosionando no debido a los tiranos, sino porque sus vigas de soporte se están hundiendo desde adentro. (Foto AP/Guadalupe Pardo)
Estos elementos resultan en una forma especial de regresión democrática, concepto que significa el debilitamiento de las instituciones que conforman la democracia. Tendemos a pensar en las democracias en dificultades como países donde los líderes se vuelven cada vez más autocráticos y buscan aumentar su poder.
El presidente estadounidense Donald Trump es un buen ejemplo de ello. Desde el comienzo de su segundo mandato, ha utilizado varias instituciones gubernamentales como armas para atacar a sus oponentes políticos, tomar medidas enérgicas contra la inmigración e imponer aranceles. Sin embargo, el retroceso en el Perú actual funciona de manera diferente.
Debido a la fragmentación política y la normalización de medidas extremas como la censura, el Perú no sufre la concentración del poder en manos de una sola persona. En cambio, el país está experimentando una dilución del poder en manos de políticos afiliados a partidos que en gran medida han dejado de representar los intereses del pueblo y que actúan sólo en función de sus propios intereses a corto plazo.
La democracia se está erosionando no a causa de los tiranos, sino porque sus pilares de apoyo se están hundiendo desde dentro.
Es poco probable que veamos muchos cambios en esta situación en el futuro cercano. Muchos de los elementos que normalmente se necesitan para revertir el retroceso democrático no están presentes hoy en el Perú.
Por ejemplo, es poco probable que veamos la elección de una coalición pro democracia fuerte y unida apoyada por una sociedad civil ingeniosa. Las próximas elecciones son las más divisivas de la historia, con un número récord de candidatos presidenciales y un electorado profundamente dividido.
Además, el Estado peruano enfrenta una crisis de legitimidad: la mayoría de los ciudadanos no confían en el gobierno, creyendo que favorece a las élites políticas y económicas en lugar de los intereses del público.
Es poco probable que otras elecciones y otro presidente resuelvan el problema central de Perú: la erosión de las instituciones que alguna vez conectaron a los ciudadanos, los partidos y el Estado. Sin reconstruir los mecanismos de representación y rendición de cuentas, es más probable que las propias elecciones reproduzcan la inestabilidad que la resuelvan.
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