La amenaza que el extractivismo y las mascotas representan para la Amazonía y la salud global

ANASTACIO ALEGRIA
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Los beneficios que las personas obtienen de la naturaleza se denominan servicios ecosistémicos. Algunas son muy fáciles de entender, como las materias primas o la energía, pero otras son menos obvias, como el ciclo del agua, la descomposición de residuos, la polinización o la protección contra infecciones.

Alrededor del 60% de las enfermedades que afectan al ser humano son zoonosis, es decir, se transmiten entre animales y humanos. Además, el 75% de las enfermedades nuevas o emergentes también entran en esta categoría.

Los ecosistemas bien conservados actúan como una barrera natural contra estas patologías. Por un lado, mantienen a las personas separadas de los animales salvajes y, por otro, promueven procesos que reducen la propagación de patógenos. Un ejemplo de esto es cuando los depredadores eliminan animales enfermos, que suelen ser más débiles. Además, si hay una gran variedad de especies en un ecosistema, los patógenos se diluyen entre las diferentes especies animales y es menos probable que lleguen a los humanos.

¿Qué sucede cuando se altera el equilibrio?

Las selvas tropicales, como las de la Amazonia, África ecuatorial o el sudeste asiático, son puntos críticos de biodiversidad, regiones que albergan una concentración excepcional de especies endémicas y únicas, pero que están seriamente amenazadas por las actividades humanas. Al mismo tiempo, contienen muchos microorganismos capaces de provocar enfermedades.

Y estos ecosistemas están siendo cambiados por el extractivismo. Tras el descubrimiento de un recurso, uno de los primeros cambios suele ser la construcción de carreteras. Permitieron la extracción de materias primas y propiciaron la llegada de personas, animales domésticos y nuevas actividades económicas a zonas antes aisladas, lo que favoreció la circulación de enfermedades.

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Incluso cuando los recursos naturales se agotan, la gente tiende a quedarse y con el tiempo se establecen más comunidades. Para cultivar la tierra, se talan o queman árboles, creando un patrón de deforestación en espiga, con la carretera original como eje principal. Esto aumenta la presión sobre el medio ambiente: se caza más, la población crece y aparecen nuevos asentamientos.

Además, en muchas de estas zonas va acompañada de otros problemas como la pobreza, la falta de infraestructuras o la poca presencia gubernamental.

Consecuencias ambientales y de salud

Otra consecuencia de este fenómeno es que el contacto entre humanos, animales domésticos y animales salvajes es cada vez más estrecho. Como resultado, se pierde el beneficio de un ecosistema saludable. La dinámica natural está cambiando: los grandes depredadores, que han eliminado a los animales enfermos, están disminuyendo.

Al mismo tiempo, están evolucionando especies más generalistas, organismos capaces de prosperar en una amplia gama de condiciones ambientales y utilizar una variedad de recursos alimentarios. Los vectores artrópodos también están aumentando y transmiten enfermedades como mosquitos, garrapatas o chinches que se sienten atraídos por los nuevos asentamientos humanos. El cóctel perfecto para aumentar el riesgo de transmisión de enfermedades.

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Las mascotas como puentes epidemiológicos en la Amazonia

En la Amazonía, las mascotas, especialmente los perros, juegan un papel clave en este proceso. Los perros suelen seguir la caza, moverse libremente y su alimentación depende en parte de lo que pueden encontrar por sí mismos. Esto les lleva a entrar en contacto directo con animales salvajes, tanto en forma de depredadores como de presas. A pesar de ello, siguen formando parte del entorno doméstico y mantienen un estrecho contacto con los humanos.

Por estas razones, las mascotas pueden actuar como un puente entre la vida silvestre y las enfermedades humanas. Al alimentarse de animales salvajes o al entrar en contacto con sus restos, orina o heces, pueden infectarse con diversos patógenos, como rabia, toxoplasmosis, leptospirosis o parásitos intestinales, entre otros. Pero la transmisión también funciona en sentido contrario. Las mascotas pueden transmitir enfermedades a los animales salvajes, como el moquillo, el parvovirus, la leucemia y la inmunodeficiencia felina o sarna.

Además, muchos vectores invertebrados, como pulgas, garrapatas y mosquitos, pican tanto a animales como a humanos. Si estos insectos se infectan pueden transmitir leishmaniasis, dirofilariosis o babesiosis, entre otras enfermedades graves. En muchos casos, las mascotas actúan como amplificadores del patógeno, facilitando su propagación.

El Amazonas es enorme y todavía poco explorado en muchas zonas. Sin embargo, la mayoría de las investigaciones se han realizado en áreas periféricas.

Esto se debe a que son más asequibles, pero también a que están más degradados y estresados. Precisamente por eso son zonas epidemiológicamente especialmente importantes. Pero todavía sabemos poco sobre lo que sucede en el interior mejor conservado. ¿Qué podría pasar en comunidades remotas o aisladas?

Conservación, salud e impacto planetario.

Cuando el territorio está protegido, por ejemplo a través de parques nacionales o cediendo su gestión a comunidades indígenas, se reducen las actividades de extracción. Como resultado, también se reduce el riesgo de transmisión de enfermedades. Por tanto, es importante aplicar el enfoque “Una sola salud”, que tiene en cuenta la relación entre la salud humana, animal y ambiental.

También es necesario mejorar la vigilancia de las enfermedades y seguir estudiando áreas menos conocidas. Y esto requiere la cooperación entre científicos, veterinarios, autoridades sanitarias y organizaciones medioambientales.

Puede parecer que lo que sucede en la Amazonía está muy alejado de nuestra realidad cotidiana. Sin embargo, en el mundo actual, los problemas locales pueden tener consecuencias globales. Las pandemias recientes han demostrado que la destrucción de la naturaleza puede facilitar la aparición y propagación de enfermedades. Por tanto, la protección de los ecosistemas no sólo es importante para la preservación de la biodiversidad, sino también para la protección de la salud global.


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