Imagínese caminando con gafas de sol. La notificación se ilumina en la lente derecha. Sin el uso del teléfono móvil ni una conversación, con un movimiento de muñeca o la intención de mover un dedo, las gafas descartan un mensaje o te permiten responderlo… tal vez, mientras reproduces tu canción favorita. El dispositivo comprende la secuencia con sólo pensar en ella, antes de que los músculos hayan terminado de contraerse.
No es ciencia ficción. Estamos pasando del “internet de las cosas” al “internet de los cuerpos”. Y en este escenario, las gafas inteligentes ponen sobre la mesa el debate sobre los derechos neuronales o neuroderechos. Un ejemplo es el Ray-Ban Meta Display, que ha evolucionado desde simples cámaras montadas en soportes hasta sofisticados equipos equipados con inteligencia artificial. Tienen una pantalla “head-up display” (Head Up Display o HUD), un cristal transparente que presenta información al usuario, de modo que éste no tiene que cambiar su punto de vista para verla. Su trabajo se integra con la Neural Band, una Meta pulsera que detecta señales eléctricas de los nervios humanos.
“Ponte las gafas de IA de Meta y verás el mundo como nunca antes lo habías visto”, promete Meta. Cuando la IA lee los nervios
La vía metaneural intercepta señales del cerebro a la mano a través del sistema nervioso periférico. Utilizando algoritmos de inteligencia artificial, decodifica la intención y la traduce en comandos digitales.
Su atractivo radica en el control de realidad aumentada sin contacto, conseguir una productividad fluida o superar barreras de movilidad. Sin embargo, al abrir esta puerta, entregamos datos neuronales que pueden revelar nuestras acciones, estados emocionales, niveles de estrés y fatiga e incluso reacciones a estímulos publicitarios.
Meta explica cómo usar su Neural Band. ¿Qué son los neuroderechos y por qué son importantes ahora?
Ante estas tecnologías de seguimiento de la actividad cerebral, la comunidad científica -liderada por Rafael Juste- propuso un marco de derechos humanos, los neuroderechos, para proteger la privacidad mental y la integridad del cerebro.
En este contexto, gafas con inteligencia artificial y franjas neuronales como las del Meta comprometen cinco neuroderechos básicos propuestos por la fundación NeuroRights Initiative:
-Privacidad mental: proteger los datos neuronales del uso no consentido. Si una banda revela reacciones a los anuncios, ¿es privado?
-Identidad personal: evitar que la tecnología cambie el yo. Al conectar la biología con los algoritmos predictivos, se difumina la línea entre la voluntad y la sugestión de la inteligencia artificial.
-Libre albedrío: guardar decisiones sin manipulación. Un sistema que reconozca los impulsos nerviosos podría impulsar decisiones.
-Igualdad de acceso: regular el aumento cognitivo para evitar la brecha entre “humanos aumentados” y “naturales”.
-Protección de sesgos: evitar la discriminación por patrones neurobiológicos.
La IA multiplica los riesgos
El problema no está sólo en los equipos, sino también en la inteligencia artificial que los controla. Al combinar lo que ven las cámaras de las gafas (el mundo exterior) con lo que la persona siente (su mundo interior), la IA multimodal puede hacer inferencias profundas.
Si, por ejemplo, la IA detecta a través del cinturón neuronal que la atención está disminuyendo, puede modificar lo que se ve en las gafas para volver a encenderla, manipulando la dopamina.
Esto abre el problema de la “caja negra”: la complejidad de los algoritmos en ocasiones imposibilita a sus creadores explicar determinadas predicciones, dejando al usuario indefenso ante una posible manipulación subconsciente.
Más allá de la meta
Meta no está solo en esta carrera. El ecosistema tecnológico se divide entre enfoques invasivos y no invasivos, todos los cuales presentan desafíos para el neuroderecho.
Apple, con su Vision Pro, apuesta por el seguimiento ocular. Las pupilas son una ventana al sistema nervioso que revela interés o carga cognitiva.
Apple explica cómo desplazarse con los ojos utilizando su Apple Vision Pro.
Las empresas de interfaz mente-máquina Neuralink y Synchron representan el lado invasivo. Neuralink implanta chips en la corteza cerebral mediante cirugía robótica, mientras que Synchron utiliza un “stent” a través de los vasos sanguíneos. Sus propósitos iniciales son médicos, pero su objetivo de simbiosis con la IA plantea riesgos éticos.
¿Será posible la telepatía gracias al chip Neuralink?
Por su parte, Snap y NextMind están explorando interfaces que leen la corteza visual desde la parte posterior de la cabeza para seleccionar objetos digitales. En concreto, Snap está desarrollando unas gafas inteligentes que se integran en su ecosistema de realidad aumentada.
¿Evolución o “mercancía neuronal”?
El futuro de estas tecnologías oscila entre dos escenarios. Optimistic, donde la neurotecnología erradica enfermedades como el Alzheimer, permite a las personas con parálisis comunicarse y revoluciona la educación. Y un escenario distópico, donde los impulsos nerviosos se convierten en una mercancía, creando un “panóptico neuronal” que permite monitorear y castigar los estados internos de un individuo.
La diferencia entre ambos futuros dependerá de la normativa. Chile fue pionero en reformar su constitución para proteger la integridad mental. España, a través de su Carta de Derechos Digitales y Spain Neurotech, ha marcado una hoja de ruta ética. La Unión Europea, con su ley de inteligencia artificial, prohíbe las técnicas subliminales que cambian el comportamiento. Pero todo está en la fase inicial ante los enormes avances tecnológicos.
Las gafas que prometen liberar a las personas de las pantallas de los móviles son también las que nos hacen pagar el precio asociado a la soberanía de nuestra propia mente. Como sociedad, debemos asegurarnos de que la tecnología siga siendo una herramienta para explotar, y no al revés.
Al mismo tiempo, es urgente mejorar estrategias y acciones que permitan a la sociedad alfabetizarse digitalmente de manera más eficiente y rápida, con el fin de generar conciencia sobre este tipo de tecnologías y sus riesgos.
La regulación es clave
El futuro de estas tecnologías parece desarrollarse entre dos escenarios. En uno optimista, donde la neurotecnología erradica enfermedades como el Alzheimer, permite comunicarse a personas con parálisis y revoluciona la educación adaptándose al ritmo de cada alumno. Y un escenario distópico, donde los impulsos neuronales humanos se convierten en un bien comercial, creando un “panóptico neuronal” que permite la vigilancia y, en última instancia, castiga ciertos estados internos del individuo en el trabajo o la escuela.
La diferencia entre ambos futuros dependerá de la normativa. Chile fue pionero mundial en reformar su constitución para proteger la integridad mental. España, a través de su Carta de Derechos Digitales y la creación del Centro Nacional de Neurotecnología (Spain Neurotech), también ha trazado una hoja de ruta ética, aunque no vinculante. Por su parte, la Unión Europea, con su ley sobre inteligencia artificial, prohíbe las técnicas subliminales que modifican el comportamiento, lo que supone un freno directo al abuso del neuromarketing. Pero todo esto está en la etapa inicial antes del vertiginoso desarrollo tecnológico.
Las gafas que prometen liberar a las personas de las pantallas de los móviles son también las que nos hacen pagar el precio asociado a la soberanía de nuestra propia mente. Como sociedad, debemos asegurarnos de que la tecnología siga siendo una herramienta para explotar, y no al revés.
Al mismo tiempo, es urgente mejorar estrategias y acciones que permitan a la sociedad alfabetizarse digitalmente de manera más eficiente y rápida, con el fin de generar conciencia sobre este tipo de procesos.
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