‘Funcionales’, ‘metabólicos’… Apellidos que no necesitan formación

ANASTACIO ALEGRIA
7 Lectura mínima

Cuando hablamos de formación, conviene recordar que estamos hablando de una práctica muy arraigada en la historia de la humanidad. Desde la antigüedad, los ejercicios físicos han sido un compañero constante del ser humano.

Grabado de Susruta. Colección Bienvenida/Wikimedia Commons, CC BI

Un ejemplo de ello es el caso de Susruta, un médico indio que prescribía el ejercicio físico como herramienta terapéutica allá por el siglo VI a.C. Sus recomendaciones, sorprendentemente cercanas a los principios respaldados por la ciencia actual, abogaban por la práctica regular sin alcanzar el umbral medio de agotamiento.

Del mismo modo, en la antigua Grecia, Aristóteles, fiel a su doctrina del medio, sugería un entrenamiento moderado: ni en exceso ni en deficiencia, sino en la medida justa para fortalecer el cuerpo sin perjudicar su fuerza.

A la luz de lo anterior, se puede afirmar que la formación no es nueva en absoluto; todo lo contrario. Y aquí es donde se revela el verdadero dilema. En nuestra sociedad, dominada por el deseo de vender, lo nuevo se convierte en sinónimo de valor.

Por eso, los apellidos se imponen constantemente en cosas comunes –la formación–. Porque, por supuesto, llamar simplemente “entrenamiento” “entrenamiento” ya no gana a los oídos ávidos de noticias.

todo es igual

Estos apellidos no responden a una necesidad ideológica, sino de marketing. En otras palabras, lo que Susruta y Aristóteles ya habían prescrito hace siglos regresa ahora recalentado a un mercado que nunca está a dieta de compradores confundidos.

Por eso hoy puedes encontrar tantos apellidos innecesarios para “formación” como lo intentes. Todo sea para (re)llenar el concepto. Tomemos por ejemplo el famosísimo “entrenamiento funcional”, esa joya de pleonasmo donde cabe preguntarse: ¿existe el entrenamiento no funcional? ¿Uno diseñado para ser inútil? ¿Anti-entrenamiento?

Lo mismo ocurre con las versiones de “entrenamiento metabólico o mitocondrial”. ¿Cuál es el punto de esto? ¿Existe algún entrenamiento que pueda aislar el metabolismo y las mitocondrias?

Y, por supuesto, no podía faltar una de las últimas ofertas del mercado: el “neurotraining”, una supuesta revolución que estimula el sistema nervioso. Era como si antes de su llegada, todo el entrenamiento se llevara a cabo con el cerebro apagado y los nervios en espera. Es decir, como si el movimiento corporal no fuera siempre una sinfonía neurológica en acción.

queremos creer

Estos apellidos que se imponen constantemente en la “formación” van creciendo por diversos motivos. Entre ellas, quizás una de las más importantes es que por naturaleza los seres humanos no somos escépticos; La incredulidad requiere un esfuerzo mental considerable.

A esto se suma otra dificultad importante: la dependencia del terreno. Nuestra capacidad de ser escépticos se limita al área de conocimiento que dominamos. Es decir, no sólo es complejo ser escéptico, sino que sólo podemos serlo cuando sabemos lo suficiente como para dudar de manera significativa. Nadie puede dudar de lo que es completamente desconocido.

Entonces, si un gurú de los músculos dice que está haciendo neuroentrenamiento cuántico con activación mitocondrial hipermetabólica, y no tenemos idea de qué están haciendo las mitocondrias, es difícil contradecirlo. ¿Qué otra opción tenemos?

Una viñeta satírica que muestra el peso de mentiras que conlleva la formación.

Una viñeta satírica que muestra el peso de mentiras que conlleva la formación. JRMora, autor proporcionado (no reutilizar)

Teniendo en cuenta lo anterior, nos encontramos ante un estancamiento del lenguaje, que surge precisamente de su capacidad para ejercer el poder. El científico estadounidense Alan Sokal lo demostró en un famoso fraude en el que logró publicar un artículo académico gracias a su apariencia ideológica y estilo discursivo, pero sin rigor, lógica y fundamento. Un gran ejemplo de cómo el lenguaje puede pretender decir algo sin decir nada.

Falsas dicotomías

Sin embargo, el verdadero problema surge cuando nos damos cuenta de que el habla es en sí misma un modo de acción. Las palabras no definen simplemente la realidad; le dan forma. Entonces, cuando alguien dice “esto es entrenamiento

Con el tiempo, estos apellidos acaban dando forma a lo que llamamos ciencia. No olvidemos que el lenguaje utilizado en el campo del conocimiento es el que construye su propia realidad (“El significado de una palabra es su uso en el lenguaje”, como diría el filósofo Ludwig Wittgenstein). Cada disciplina crea así su propia jerga. El problema es que cuando el lenguaje científico empieza a llenarse de términos vagos, el juego se vuelve confuso.

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Un ejemplo de confusión lingüística en el ámbito de la formación se da cuando a partir de un único concepto -en este caso “formación”- se generan categorías separadas artificialmente. Por ello, es habitual escuchar a la gente hablar de “entrenamiento para la salud” y “entrenamiento para el rendimiento” como si fueran ámbitos independientes. Sin embargo, esta distinción es ilógica, porque mejorar la salud implica mejorar el desempeño. Tanto es así que, si una persona pierde su musculatura, y por tanto su capacidad para caminar, lo que necesita para recuperar la salud es aumentar la fuerza de sus piernas, es decir, mejorar su rendimiento.

Algo similar ocurre cuando fragmentas el concepto de entrenamiento de fuerza y ​​resistencia. La paradoja es evidente: el maratón, prueba de resistencia por excelencia, no lo gana el más resistente, sino el más rápido, el que aplica más fuerzas en menos tiempo; es decir, el más fuerte.

Esta tendencia a distorsionar el lenguaje confirma lo que Wittgenstein ya había advertido: la necesidad de aclarar el uso de las palabras para evitar confusiones conceptuales. Porque, no lo olvidemos, cuando el lenguaje pierde precisión, genera malentendidos. Las soluciones a esto pueden ser múltiples, pero quizás la más sencilla sea mirar hacia atrás, fijarse en Susruta y Aristóteles, y entender la formación como ellos la entendieron: en una palabra.


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