¿Es compatible la crianza positiva con una mala comunicación de pareja?

ANASTACIO ALEGRIA
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Una noche, una madre cuida con paciencia y amor a su hija de siete años, la sigue hasta la cama y le cuenta una historia. Su padre le da las buenas noches después de hablar brevemente con ella sobre las anécdotas del día y los planes familiares para el fin de semana. Al cabo de unos minutos, en la cocina, el tono entre los dos padres cambia radicalmente. Uno se queja al otro de que alguna tarea no se ha completado y la respuesta es claramente defensiva y hostil. Para ellos es una interacción normal cuando la chica no está presente, no es una pelea por un motivo importante.

Esta forma de comunicación negativa es común en muchos hogares españoles, como observamos en nuestro reciente estudio entre 310 padres y madres de la región de Murcia. En una cultura como la española, que suele valorar el papel de la familia como espacio de afecto y comprensión, la convivencia cotidiana, el estrés y la falta de tiempo parecen configurar patrones de comunicación muy diferentes.

Y lo más interesante es que los padres muestran simultáneamente un alto nivel de cariño, apoyo y comunicación positiva hacia sus hijos. Esta paradoja –mucho cariño hacia los niños, poca calma entre los adultos– es una de las claves de la dinámica familiar actual.

Cuando pelear se convierte en un hábito

En España, diversos estudios han evaluado la comunicación entre parejas, midiendo los niveles de respeto, la calidad del diálogo o la capacidad de gestión de conflictos. Algunos de sus resultados apuntaron a cuestiones de interés como:

El estilo de comunicación negativo recibió las puntuaciones más altas entre los participantes.

Muchos padres admitieron que gritan cuando discuten, insultan en momentos de tensión y muestran poca paciencia.

También se identificó una tendencia a comunicar negativamente más que positivamente respecto a la pareja.

Estas respuestas no representan casos aislados: representan el patrón más común. En parejas que llevan más de 40 años juntas, el estilo negativo prevalece aún más.

Este tipo de comunicación refleja tensiones acumuladas, dificultad para manejar el estrés diario y patrones de interacción que se vuelven normales con el tiempo. Si bien no implica conflictos graves, sugiere que la convivencia suele estar sustentada en una dinámica llena de reactividad emocional. Es decir, en respuestas muchas veces agresivas, inmediatas y mal medidas.

Mostramos lo mejor de nosotros hacia nuestros hijos

Paradójicamente, cuando se analizan las prácticas parentales positivas, los resultados son mucho más favorables. Los padres obtienen puntuaciones más altas en dos dimensiones: afecto y reconocimiento, donde se destacan acciones como mostrar cariño, celebrar los logros o aumentar la autoestima; y actividades compartidas, como pasar tiempo con la familia, apoyar actividades extracurriculares o compartir comidas.

En estas áreas, las familias muestran un desempeño altísimo. Esto sugiere que aunque la comunicación entre adultos tiene tensiones, los niños reciben una experiencia emocional cálida y afectuosa.

Las puntuaciones más bajas, por otro lado, se centran en el manejo del estrés y la comunicación, especialmente en mantener la calma en tiempos de conflicto. También en la implicación familiar organizada, como la resolución conjunta de problemas o la planificación familiar.

Esto refleja la dificultad para mantener la compostura en el día a día. La crianza de los hijos requiere energía emocional que a menudo compite con las demandas laborales, económicas y personales, lo que resulta en respuestas impulsivas o tensas, especialmente en los adultos.

Y liras también: habilidades de gestión de conflictos, cruciales para las parejas adolescentes

La relación entre la comunicación conyugal y la paternidad

El estudio también examinó la relación entre los estilos de comunicación y los principios positivos de crianza. Aunque las correlaciones fueron débiles, se identificaron asociaciones consistentes. Un estilo de comunicación negativo se asocia con peores resultados en la implicación familiar, las actividades conjuntas y el control del estrés; mientras que un estilo de comunicación positivo se asocia con un mejor nivel de afecto, reconocimiento y regulación emocional.

Esto significa que, aunque los niños ganan afecto, la relación entre adultos repercute en toda la experiencia de crianza: la falta de coordinación, la frustración o la comunicación tensa dificultan establecer reglas con calma o responder con coherencia al comportamiento de los niños.

Proteger el bienestar psicológico de los niños

Las preguntas abiertas del estudio nos permitieron conocer las principales preocupaciones de los padres respecto a sus hijos. Los más mencionados fueron proteger o fortalecer su autoestima, respeto y confianza en sí mismos; educarles en valores como la responsabilidad, la empatía o el trabajo duro; ayudarles a gestionar sus emociones, incluida la frustración y el autocontrol; Los sigue y tiene buena comunicación con ellos y los protege de influencias negativas como amigos, pantallas o riesgos sociales.

Esta preocupación refleja que las familias están muy centradas en proteger el bienestar psicológico de sus hijos, incluso más que en cuestiones académicas o disciplinarias. El clima emocional se percibe como el eje central del desarrollo del niño.

Por ejemplo, ante el comportamiento inadecuado de sus hijos, los padres generalmente optan por hablar, explicar, razonar y buscar soluciones comunes. Es menos probable que recurran a estrategias más verticales como gritar, castigar o reprender. La convivencia de ambos estilos muestra una transición: las familias intentan educar a través del diálogo, pero el estrés cotidiano activa en ocasiones respuestas más reactivas.

Comunicarse mejor: bueno para todos

El estudio ofrece una conclusión clara: somos muy amables con nuestros hijos, pero nos cuesta comunicarnos tranquilamente entre adultos. La comunicación negativa no significa falta de amor, sino falta de herramientas para gestionar el estrés, el cansancio y la vida cotidiana. Fortalecer la comunicación dentro de la pareja -con formación, conciencia emocional y espacios de diálogo- puede ser la clave para mejorar el bienestar familiar en su conjunto.

Por otro lado, estudios recientes confirman que la exposición de los niños a formas hostiles de conflicto entre sus madres y padres afecta la forma en que ellos, a su vez, reconocen y procesan las emociones. Los conflictos persistentes se asocian con actitudes más desafiantes o agresivas en niños y adolescentes.

La violencia doméstica también es un factor de riesgo de acoso (tanto para agresores como para víctimas), así como sentimientos de soledad y timidez en la adolescencia.

Es muy importante cuidar el entorno familiar y gestionarlo a través de una comunicación asertiva, comprensiva y amable entre los padres. Asimismo, también es necesaria la aplicación de esta forma de comunicación con hijos e hijas, porque ambas prácticas contribuyen a un mejor desarrollo y una mejor salud mental.


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