¿Error de tipografía? Será culpa del diablillo.

ANASTACIO ALEGRIA
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El escritor Antonio Muñoz Molina afirmó que el corrector es una figura que “sabe hacer realmente lo que parece obvio, que sabe mirar un texto palabra por palabra, con una atención muy aguda, un lápiz afilado y accesible, con una mezcla de proximidad y distancia, amor por la palabra justa y lucidez clínica para detectar errores”.

Bueno, los correctores tienen un santo “laico”. La Fundación Litterae (emblema de los correctores argentinos) propuso a Erasmo de Rotterdam, nacido el 27 de octubre de 1466, como patrón de los correctores. Este humanista pasó a la historia por sus libros, tratados y ensayos, pero durante un tiempo también trabajó como corrector. En realidad, su preocupación por el lenguaje fue una constante en su vida. Actualmente, el Día Internacional del Castigo coincide con su fecha de nacimiento.

Mesero de Titiville

Pero además de tener un protector, los correctores tienen dos demonios.

Presentación del titivil del siglo XIX en el siglo XIX. Wikimedia Commons

La labor de los escribas y copistas fue muy importante en la Edad Media. Cuando aún no existía la imprenta, los libros debían copiarse a mano, lo cual era una tarea difícil, ya que estos amanuen se veían obligados a pasar muchas horas trabajando en interiores, con sólo velas o lámparas de aceite para iluminarse. Esto, junto con el aburrimiento y el cansancio, les hacía cometer múltiples errores que eran considerados una ofensa grave, especialmente si se trataba de textos religiosos. Sin embargo, se les ocurrió la excusa perfecta: un demonio llamado Titivil.

La primera mención de este demonio aparece en el Tractatus de penitentia, de Johannes Galensis, publicado hacia 1285: “Titiville recoge fragmentos de estas palabras con las que llena su costal mil veces al día. De hecho, se le representa llevando un manojo de sílabas y letras que los escribas olvidaron escribir”.

El error más famoso es el de la Biblia del pecador, escrita por el rey Carlos I de Inglaterra, en 1631. Según esta versión, el séptimo mandamiento sugería “cometer adulterio” porque el corrector olvidó anteponer “no”. Este error condenó a la hoguera todas las copias de aquellas Biblias, aunque algunas lograron sobrevivir.

Tittiville siguió haciendo lo suyo cuando se inventó la imprenta. Así, en la novela El sueño del gramático de Eva Díaz Pérez Francisco, hija de Antonio de Nebri (1444-1522), narra la aventura humanística de su padre, a quien le tocó vivir la revolución que propició la aparición del invento de Gutenberg.

La mención de Titivillus en esta historia es un ejemplo de la popularidad alcanzada por este diablo, que era definido como “un demonio que vivía en todas las casas de los moldeadores y que registraba los errores de los tipógrafos como antiguamente lo había hecho con los monjes escribas en los monasterios”. Luego nos enteramos de que él también “visitaba todos los talleres de imprenta y llevaba en su bolso los errores que se habían acumulado durante el día en el trabajo del oficial. Aquella bolsa que llevaba al carajo y que mi padre decía que estaba llena de errores, porque eran muchos errores de sus correctores”.

Bibliofas

Poco se ha dicho de otro diablo tipográfico mencionado en el Diabolicón, un catálogo de diablos de todo tipo elaborado por Jorge Ordaz Gargalo. Son los bibliofas quienes, “desde los tiempos de Gutenberg, han ido barajando imprentas, linotipias y minerva, cambiando letras y subvirtiendo palabras”.

Como ejemplo de su picardía, Ordaz Gargalo alude a las erratas aparecidas en un texto devocional del mercedario Maximin de Uclés, titulado Rosa Mística, o el jardín primaveral de flores femeninas en honor a la Santísima Virgen María. En él, en lugar de “mujeres puras que a veces podían, modestamente…”, decía “putas que follaban peces, públicamente…”. Cuando se dieron cuenta de esto, ya era demasiado tarde y se vendieron pocas copias. Los que quedaron en el almacén, como es fácil de adivinar, fueron destruidos.

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Demonios 2.0.

Estos demonios se han adaptado a los nuevos tiempos y campan a sus anchas por las pantallas de ordenadores (y móviles). Por tanto, sigue siendo válida la observación de Juan Caramuel (1606-1682) en su Syntagma de arte typographica, reproducido en La mano invisible. Confesiones de un corrector iconoclasta (2019), Antonio Martínez Fernández: “Por mucho esmero, por mucho cuidado que se haga la corrección, no es posible librar al libro de este defecto.

De ahí, como explica Caramuel, “surgió la leyenda de que el inventor de la tipografía condenó a muerte a la primera persona que publicó un libro sin errores”. Y añade: “sin embargo, los compositores quedaron contentos, seguros de que nadie tendría que temer jamás los rigores de esa ley”.


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