En lugar de una pantalla, una ‘cesta de tesoros’: Elinor Goldschmidt y su propuesta para el desarrollo infantil

ANASTACIO ALEGRIA
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Un bebé de entre seis y doce meses se sienta, se agacha, alcanza un objeto, lo gira, lo golpea, lo sacude, lo mira, se lo lleva a la boca y vuelve a empezar sin dudar. A primera vista, puede parecer “simplemente jugar”. En realidad, estás haciendo algo mucho más relevante: construir las bases neuromotoras y cognitivas sobre las que se sustentará tu futuro aprendizaje.

La pregunta no es menor: ¿de qué es capaz el niño en esta etapa… y qué le ofrecemos para que pueda desplegarlo?

Elinor Goldschmidt con su hijo Mark. Dariopadovani/Wikimedia Commons, CC BI

El principio básico del desarrollo infantil es que el cerebro temprano no está organizado por información abstracta, sino por experiencia corporal. El esquema sería: experiencia → sinapsis → pensamiento → aprendizaje.

Este vínculo es especialmente sensible en la primera infancia, entre los 0 y los 3 años. Y es aquí donde el trabajo de la pedagoga británica Elinor Goldschmidt (1910-2009) resulta hoy más relevante que nunca.

¿Qué hace un niño pequeño cuando nadie le “enseña” a jugar?

Para entender por qué Goldschmied sigue siendo relevante, basta con observar de cerca al niño. El bebé no “consume” estímulos: actúa. Explora, prueba, toca, agita, adivina… y decide. Decide qué objeto recoger, cuánto tiempo sostenerlo, qué pasa si lo dejas caer, si es pesado, si hace ruido, si hace frío o calor.

En el fondo se activa una pregunta tan sencilla como estructurar: ¿qué es esto? E, implícitamente, otras igualmente importantes: ¿a qué te dedicas? ¿qué estás buscando? ¿Qué te interesa? ¿Qué estás estudiando? ¿Qué piensas?

Objetos con peso, textura y volumen.

El desarrollo no se produce mediante instrucciones externas, sino mediante una investigación interna constante. Y esa exploración requiere un mundo receptivo: objetos con resistencia, con peso, con textura, con volumen y con variación real. Cuando la experiencia se empobrece, cuando el niño pasa demasiado tiempo inmóvil ante estímulos visuales rápidos, no sólo se pierde movimiento. Se pierden oportunidades de atención profunda, coordinación y autorregulación.

Investigaciones recientes apoyan esta idea. Se ha demostrado que una mayor exposición temprana a las pantallas se asocia con un peor desempeño en funciones ejecutivas como la atención sostenida y el control inhibitorio, procesos estrechamente relacionados con el aprendizaje posterior. Desde una perspectiva neuroeducativa, esto no es un efecto directo de la tecnología, sino más bien un desplazamiento de las experiencias corporales activas necesarias para el desarrollo cognitivo.

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Una propuesta pedagógica sencilla y precisa

Goldschmidt formuló una idea que, leída hoy, parece pensada para la era digital: si queremos proteger el desarrollo temprano, debemos ofrecer situaciones en las que el niño pueda explorar con todo el cuerpo, libremente y con materiales bien elegidos. Su propuesta más famosa, la cesta del tesoro, corresponde precisamente a este principio.

No es una actividad o comercio conspicuo. Es una situación pedagógica cuidadosamente preparada. Una cesta baja, estable y sin asa, presentada como una propuesta única, sin competir con otros estímulos, sin distracciones constantes.

En el interior, una deliberada selección de objetos, no juguetes cerrados ni electrónicos, que ofrecen múltiples posibilidades de acción. Goldschmidt fue especialmente preciso en la elección de los materiales. La cesta funciona si los artículos se seleccionan con prudencia. Nada vale la pena.

Materiales cuidadosamente seleccionados

El adulto no dirige el juego, pero diseña las condiciones: elige los materiales y cualidades que permitan una exploración rica, segura y variada. Los materiales cotidianos y naturales (madera, metal, tela, cuero, vidrio, cerámica o papel) ofrecen lo que una pantalla no puede: peso, temperatura, rugosidad, elasticidad, olor y sonidos reales. Esta variedad no es decorativa; Es el mecanismo que obliga al sistema sensorial y motor a adaptarse, ajustarse y compararse.

Los objetos no están ahí para entretener, sino para responder. Para abrir experiencias. Permita que el niño descubra por sí mismo lo que puede hacer con el mundo. Esta propuesta forma parte de un enfoque conocido como juego heurístico, centrado en la exploración autónoma de materiales cotidianos y naturales en la primera infancia.

Experiencias motoras y funciones ejecutivas.

Desde el punto de vista cognitivo, estas experiencias activan procesos de resolución de problemas, memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva. Investigaciones recientes muestran que las experiencias motoras ricas y variadas a una edad temprana se asocian con un mejor desarrollo de las funciones ejecutivas, especialmente cuando involucran la toma de decisiones y la variabilidad motora.

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Experimento contra la ‘diversión’

Cuando ofrecemos un vídeo en pantalla para que el niño no se “aburra”, este estímulo intenso no requiere ajuste de postura, coordinación del cuerpo ni regulación del propio movimiento. Por ello, organismos como la Organización Mundial de la Salud insisten en limitar estrictamente el uso de pantallas en los primeros años de vida y priorizar el juego activo, el sueño y la interacción con el entorno físico.

La propuesta de Goldschmidt se sustenta no sólo en los objetos, sino también en el rol del adulto. Éste selecciona los materiales, prepara el entorno y garantiza la seguridad, pero no dirige la acción. Observar, registrar e interpretar.

Esta presencia estable y discreta favorece la autonomía y la autorregulación. Cuando un adulto interviene constantemente, el niño depende de una regulación externa. Por tanto, si de repente un adulto no está disponible, el niño lo exige y se “aburre” solo. Pero cuando el entorno es rico y la intervención se adapta, el niño mantiene la atención, explora más profundamente y construye su conocimiento.

La arquitectura del cuerpo del pensamiento.

Un niño que pasa mucho tiempo inmóvil delante de un dispositivo no sólo pierde movimiento. Pierde contacto con lo que estructura el pensamiento temprano: la exploración manual y oral, la coordinación corporal, la gravedad, el desequilibrio, la repetición y la creación. En un sentido funcional, pierde parte de la arquitectura corporal del pensamiento.

Por esta razón, la pedagogía de Elinor Goldschmidt no es una mirada al pasado, sino una respuesta profundamente contemporánea. La primera infancia no se construye con píxeles. Está construido con manos ocupadas, objetos reales, libre movimiento y conexiones humanas estables.

Goldschmidt lo dejó claro. La ciencia actual lo demuestra. La decisión ahora es educativa.


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