El feminismo no baila solo, sus reivindicaciones deben tener en cuenta el contexto social de las mujeres

ANASTACIO ALEGRIA
8 Lectura mínima

“No se puede hablar de feminismo universal; no se puede separar la lucha feminista de la lucha social”.

Annie Ernauk

editorial de virus

¿Es lo mismo ser blanca, una mujer racializada (es decir, que sufre racialización por el color de la piel o la religión) o una inmigrante? Para reflexionar sobre este tema, nos adentramos en la novela autobiográfica Tal como existimos del escritor francés de origen marroquí Kaoutar Harchi.

Nacida en una familia de inmigrantes, su escritura está fuertemente marcada por sus padres de clase trabajadora y el hecho de que ella es musulmana. El libro narra sus años de formación, desde la niñez hasta la universidad, y el desarrollo intelectual que forjó su conciencia social.

El éxito escolar le permite ingresar a la universidad y comenzar a estudiar sociología. Gracias a ello conoce la teoría de la reproducción, de los sociólogos franceses Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron. Esto explica lo difícil que es realmente el progreso social porque las desigualdades continúan transmitiéndose de generación en generación a través del sistema educativo y las normas sociales.

La literatura permite al receptor ver algo de una manera diferente a la de un documental o el trabajo de un sociólogo. Por ello, este texto va más allá de la singularidad biográfica para revelar el “nosotros” que refleja el grupo al que pertenece -la inmigración magrebí- y las condiciones de vida.

Migración y feminismo

La emigración/inmigración, como señala el sociólogo Abdelmalek Sayad, es un proceso político y social que define a sus individuos por una doble pertenencia, que a su vez genera una doble ausencia: no son plenamente reconocidos ni en la sociedad de origen ni en la de destino. Por tanto, los escritos de Harchi pretenden insertarlos de nuevo en la historia, dándoles una vida y un lugar que no tenían.

El autor dedica la novela a los padres y madres inmigrantes para disipar el mito que los convierte en padres que descuidan a sus hijos e hijas. En su caso, su madre decide llevarla a un colegio católico para sacarla del barrio, convirtiendo el lugar en un gran triunfo para sus padres y también en su gran desgracia. La escuela reproduce todas las desigualdades, y allí ella toma conciencia del sexismo y el racismo, porque es la única musulmana de la clase.

La historia presta especial atención a su madre y a todas las madres inmigrantes, aquellas que no siempre pueden hacerse cargo de sus propios hijos porque se ven obligadas a cuidar de los hijos de otras personas. Es una consecuencia del capitalismo racial, término definido por la politóloga francesa Françoise Verges como “la posibilidad de extraer valor de la explotación del otro, que tiene una orientación racial y que da valor económico a los ‘blancos’ en la economía capitalista”. Verges señala que las luchas feministas no pueden ser universales, porque deben resolverse teniendo en cuenta las peculiaridades históricas y culturales de las mujeres que provienen de antiguas colonias o de la diáspora.

Harchi también muestra el dominio que sufren las niñas por su origen humilde y su fe musulmana, ya que los datos muestran que las mujeres no viven su condición de la misma manera dependiendo de la clase social a la que pertenecen y si son raciales o no.

La intersección de la opresión

Con un enfoque sociológico, el texto describe identidades complejas, aquellas que concentran múltiples opresiones en una misma persona. Para comprender esta cuestión es útil el concepto de interseccionalidad, acuñado por la abogada afroamericana Kimberle Crenshaw.

Crenshaw puso el ejemplo de las trabajadoras negras de General Motors, que sufrieron una doble exclusión: sexismo por ser mujeres (y no poder acceder a determinados puestos) y racismo por ser negras (y ni siquiera poder hacer los mismos trabajos que las mujeres blancas).

La interseccionalidad desafía el modelo de una “mujer” universal y ayuda a comprender las experiencias de las mujeres pobres y racializadas y, más ampliamente, cualquier otra experiencia de dominación que resulte de intersecciones entre sexo/género, clase, raza o discapacidad. Nos permiten comprender la diversidad social y ser más inclusivos.

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No es lo uno ni lo otro, sino uno más el otro.

No se trata de competir entre discriminaciones, sino de comprender cómo se entrelazan las opresiones. En el caso de las mujeres de origen o cultura musulmana en Francia -y más ampliamente en Europa- no se trata de demostrar que son mujeres por un lado y musulmanas por el otro, sino musulmanas permanentes. Por tanto, es comprensible que, en lo que respecta al velo, como señala la socióloga Rose Marie Lagrave:

“Dependiendo de vivir en un país teocrático como Irán, o en países cuyas constituciones separan Iglesia y Estado, quitarse el velo es, en el primer caso, un acto de subversión, mientras que en el segundo puede ser una reapropiación del estigma que discrimina a las mujeres con velo; en ambos casos, son gestos políticos de autoafirmación”.

Dos mujeres musulmanas pasean por Barcelona.

Dos mujeres musulmanas pasean por Barcelona. agsaz/Shutterstock

El texto de Kaoutar Harchi, en la frontera entre lo literario y lo sociológico, nos permite presentar debates actuales en torno a la inmigración, el racismo o la meritocracia. Introduce un debate dentro del feminismo y señala que hay que prestar atención a la discriminación que sufren muchas mujeres árabes o musulmanas residentes en Europa que exigen ser reconocidas como ciudadanas. Al mismo tiempo, el libro cuestiona la idea eurocéntrica de modernidad e igualdad.

Analizar las formas en que se entrelazan los diferentes tipos de opresión y la crítica al “feminismo blanco” es un punto de encuentro entre un enfoque interseccional y el feminismo decolonial. Aunque esta perspectiva de estudio llegó tarde a España y Francia, es necesario tener en cuenta para estudiar, por ejemplo, temas como la brecha salarial no sólo entre mujeres y hombres, sino también entre blancos y no blancos. La inseguridad de las mujeres racializadas y migrantes no se debe sólo al patriarcado sino también a la estructura que las hace vulnerables.

Ya lo dijo la filósofa feminista estadounidense Angela Davis:

“No se puede luchar por la igualdad de las mujeres sin reconocer que las mujeres, oprimidas como tales, también lo están por su origen racial y social”.


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